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 Nº 1281. 15 de febrero de 2019

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Política / Virginia Miranda

Rivera pierde, Casado arriesga y Abascal gana

El precio de una foto

Las diferentes versiones que han circulado sobre la fotografía de Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal en la concentración de Colón exigiendo a Pedro Sánchez la convocatoria de elecciones demuestran la importancia que los tres líderes le conceden a la imagen y las distintas lecturas que se extraen para cada uno de ellos. Situándose en el centro de la imagen, el líder del PP busca una analogía política a riesgo de consolidar la dispersión de voto en la derecha. Intentando la distancia física, el líder de Ciudadanos no consigue evitar aparecer en un mismo plano con un partido que podría hacerle perder apoyos por la izquierda. Y consiguiendo la ansiada imagen, el líder de Vox da un nuevo salto en su meteórica campaña hacia las instituciones a costa de sus aliados frente al independentismo y contrincantes en las urnas.


Abascal, Casado y Rivera acusaron a Pedro Sánchez de haber claudicado ante los independentistas y le exigieron unas elecciones donde los tres habrán de competir. / EUROPA PRESS

Con tres competidores por la derecha, la alternativa de Cs es crecer por el centro a costa del voto socialista descontento con Sánchez y la foto con Vox no ayuda Casado confía en liderar mayorías con Cs y Vox pero corre el riesgo, también a nivel interno, de que ambos partidos ganen representación institucional a costa de la del PP

Las inexactitudes del manifiesto leído por tres periodistas en la concentración de la madrileña plaza de Colón contra las presuntas cesiones del Gobierno a los independentistas catalanes, como la inexistente aceptación de las 21 exigencias que Quim Torra le habría planteado a Pedro Sánchez en el Palau de Pedralbes el pasado 20 diciembre –máxime cuando el Ejecutivo dio por rotas las negociaciones dos días antes–, quedaron en anécdota informativa cuando los periodistas gráficos captaron la imagen más buscada y con más contenido político de la jornada.

En declaraciones oficiales, PP, Ciudadanos y Vox restan importancia a la foto. Pero dirigentes, periodistas y politólogos han extraído de ella una lectura en clave electoral con enorme significado para tres partidos que, aliados en asuntos como la política territorial o económica, se disponen a competir por los mismos votos.

La incomodidad de Albert Rivera fue visible y, en el relato que las tres formaciones hicieron después a la prensa, quedó aún más patente; mientras PP y Vox aseguraron que la foto se había pactado y en ella debían aparecer los líderes de los tres partidos que se sumaron a la convocatoria de populares y ‘naranjas’, lo que incluía a UPN, Foro Asturias, el PAR, UPyD y Vox, desde Cs dijeron que no había ningún acuerdo para la foto final, que el presentador les pidió que subieran al escenario y ellos lo hicieron como el resto de “equipos”.


Complicaciones por el centro

La presunta desorganización provocó una ‘avalancha’ de personas en el espacio habilitado sobre la plaza de Colón, poniendo distancia entre el líder de la formación naranja y Santiago Abascal sin poder evitar que el gran angular de los objetivos les sacara en un mismo encuadre; Cs llevaba dos meses esquivando a Vox y, después de haberlo logrado incluso para investir presidente de Andalucía al popular Juan Manuel Moreno Bonilla, se topaba de bruces con una situación indeseable de la que, por resistencia y por casualidad, se libraron sus líderes en Cataluña, donde peor traducción habría tenido la imagen con el partido ultra.

Así, el candidato a la alcaldía de Barcelona con el apoyo de Ciudadanos, Manuel Valls, acabó viajando a Madrid para participar en la concentración pero no se sumó a los compañeros que arroparon a Rivera en el escenario. También se libró de aparecer en la foto la líder de la oposición en el Parlament y portavoz de la Ejecutiva nacional, Inés Arrimadas, que no llegó a tiempo por un retraso del avión que tenía que llevarla a la capital desde Barcelona.

En el PSOE sí celebran la imagen tal y como se publicó en los medios. Porque confían en que la presencia de Vox movilice a la izquierda en las urnas y porque esperan recuperar a los votantes que Ciudadanos les arrebató en las últimas convocatorias electorales tras ver la imagen de derechización que arrojó la concentración de Colón donde, en medio de la homogeneidad de las banderas de España, la formación naranja intentó dar una nota de color y de diferenciación; mientras comparecía Albert Rivera ante la prensa, simpatizantes y cargos del partido hondeaban tras él y a la vista de las cámaras banderas de la Unión Europea y del colectivo LGTBi.

Con tres competidores en el espacio de la derecha, la alternativa de Ciudadanos es crecer por el centro a costa del voto socialista descontento con la política territorial de Pedro Sánchez. Tras el pacto andaluz a dos bandas –Ciudadanos y PP por un lado, PP y Vox, por otro, en busca de un mismo resultado–, Rivera ha tratado de evitar verse asimilado en un tripartito de derechas con Pablo Casado en el vértice de la pirámide. De ahí que cargue contra el “sanchismo” pero no contra el socialismo.

“Los partidos constitucionalistas, PP, PSOE y Cs, vamos a tener que llegar a gobiernos de coalición como ocurre en el resto de Europa”, decían a El Siglo desde la formación hace unas semanas, señalando que ahora “el PP está pensando en cómo parecerse a Vox y el PSOE en cómo parecerse a Podemos” mirando “más a sus extremos que al centro”. Un centro cuya fisonomía, desde la irrupción del partido de Abascal en el Parlamento andaluz y su interacción por remoto con la formación de Rivera, es más difícil definir.


Guerra de interpretaciones

Porque en esa ya tradicional disputa por los votos de centro, Pablo Casado también se ha atribuido la hegemonía en un espacio que, durante los extintos años del bipartidismo, decantaba la balanza electoral a uno u otro lado del espectro político. Pero, en este caso, el líder del PP ha ignorado a los socialistas –un partido al que hace tiempo dejó de incluir en el grupo de los “constitucionalistas”– y se ha erigido en líder del centro político, situando a Ciudadanos y su izquierda y, a Vox, a su derecha. Una ubicación ideológica que responde fielmente a la iconografía de la foto de Colón donde, atendiendo al lenguaje gestual, el presidente de los populares parecía el más satisfecho con su poder de la convocatoria.

Porque igual que con las cifras, también ha habido una guerra de interpretaciones de la foto aérea. Según la Delegación del Gobierno hubo 45.000 asistentes. Según los organizadores PP y Cs, 200.000. Un número que, de ser el más aproximado, es más discreto que el de las manifestaciones independentistas en Cataluña –la Delegación de Gobierno del PP cifró en 350.000 personas la asistencia a la Diada de 2017–, por poner un ejemplo antitético.

Portavoces del PP han destacado estos días el mérito de haber convocado a tantas personas en sólo tres días. En el PSOE y en Podemos hablaban de “pinchazo” de la convocatoria. No tanto por la precipitación como porque la unidad de España no parecía estar en riesgo –y menos desde que el viernes anterior el Gobierno diera por rota la negociación con la Generalitat– y el relato sobre la traición de Pedro Sánchez al orden constitucional habría perdido fuerza.


Más a repartir

Por otra parte, el pacto andaluz y el miedo a meterse en charcos de los que luego no sepa salir –“no nos podemos meter con los votantes de Vox porque son nuestros votantes”, decían hace unas semanas fuentes del PP a esta revista– están provocando que Casado se una en un abrazo fraternal a su competencia más directa en busca de pactos postelectorales que pueden no salirle tan bien como espera. Porque no ha despejado la amenaza del sorpasso naranja y porque el avance de Cs y la entrada de Vox en las instituciones será fundamentalmente a costa de diputados y concejales del PP, con el inevitable malestar a nivel interno que provoca verse desalojados del poder.

Y si Rivera pierde y Casado arriesga, el ganador no puede ser otro que Abascal. El antiguo diputado vasco popular dio un portazo a Mariano Rajoy y saluda el ascenso de su sucesor, un contrincante con fair play con el que todo han sido ventajas. Porque aunque el líder del PP no aceptara sus exigencias más controvertidas y descabelladas para hacer presidente de Andalucía a Moreno Bonilla, le ha dejado colarse en la agenda política y mediática de la derecha durante más de dos meses y le ha permitido arrogarse en la concentración de Colón una parte de esa España de las banderas por la que lleva más de un año librando su particular batalla con el presidente de Ciudadanos. Todo por el bien de esa anhelada mayoría de derechas.

Lo de que Vox haya empezado a acaparar la atención en el juicio del procés como acusación popular ya es otra cosa. Por eso y porque los partidos arrancan motores para la gran campaña que se avecina, comienzan la competición. Eso sí, sin salirse ninguno de ellos de su carril. Porque, el que se mueva, no sale en la foto.

Comienza la campaña con Cataluña en el foco

Los españoles “pueden votar otro Pedralbes, otro lazo amarillo en Moncloa, o a un partido que tiene preparado el 155”. Pablo Casado, que defendió la “posición firme” que ha mantenido estos últimos meses porque gracias a ella “hemos tumbado el Gobierno de Sánchez”, anunció durante su comparecencia en Génova tras al adelanto electoral de Pedro Sánchez que “a partir de ahora voy a hacer una campaña en positivo”.

A pesar de manifestar esa voluntad el líder popular no ahorró en críticas al presidente, al que acusó de mentir desde que llegó a Moncloa y de ser un lastre para las expectativas electorales de sus barones. Y, tras enumerar los ejes de su programa –“lo primero que vamos a hacer es bajar impuestos”–, centró buena parte de su intervención en Cataluña, donde la derecha va a llevar la campaña a las elecciones generales.

Los comicios del 28 de abril van de decidir si “España sigue siendo rehén de los partidos que quieren destruirla” o confía en el “liderazgo del PP” mediante acuerdos “con otras formaciones políticas” para hacer frente al “desafío separatista”, dijo Casado, quien llegó a asegurar que, “si no hubiera sido por nosotros”, los Presupuestos que presentó el Gobierno habrían tenido “la contrapartida de la autodeterminación”.

Desde el Congreso, Albert Rivera apeló a su vocación de ocupar el centro ideológico durante buena parte de su intervención. “Ha llegado el momento de una nueva etapa política alejada del bipartidismo y de dividir a los españoles entre rojos y azules”, dijo, postulándose al frente de “un Gobierno liberal, constitucional y europeo que haga las reformas necesarias para que España entre en el siglo XXI por la puerta grande y ocupe en la UE el lugar que merece”.

“Es la hora de abrir una nueva etapa tras 40 años de PP y PSOE pactando con los nacionalistas”, añadió, introduciendo el que también será eje de la campaña de Ciudadanos al acusar a Pedro Sánchez de haber dejado “las puertas abiertas y puentes tendidos con los independentistas y populistas para reeditar un nuevo Gobierno ‘Frankenstein’”.

Así, y tras pedir “llenar las urnas de votos naranja para mandar al PSOE a la oposición”, el líder de Cs coincidió con Casado para decir que “no hay que ser muy listo para ver que Sánchez reeditará si puede su pacto con los nacionalistas”.

La primera reacción de Santiago Abascal llegó vía Twitter. El líder de Vox celebró lo que llamó el fin de una legislatura “infame” que, dijo, comenzó con un Gobierno “incapaz y cobarde” y continuó con un Gobierno “ilegítimo y traidor”, en alusión a los mandatos de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. “España, otra vez, ha sido más fuerte que sus enemigos”, señaló con su habitual lenguaje bélico, y “reconquistará su futuro” el 28 de abril.