Cultura Sarachu Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1276. 11 de enero de 2019

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

César Sarachu, actor

“El lenguaje está secuestrado
y se le ha perdido el respeto”


Hasta que hizo ‘Reikiavik’, de Juan Mayorga, César Sarachu pasó 25 años sin interpretar teatro en España, pero subió a las tablas con grandes actores y directores europeos, haciendo teatro en francés, inglés y sueco. Y ha vuelto. Ahora encarna a “un anarquista honrado, serio y consecuente”, en la sensacional película ‘Tiempo después’, de José Luis Cuerda, recién estrenada. E interpreta el monólogo ‘Intensamente azules’, una de las obras más complejas de Juan Mayorga, que se representa en el Teatro de La Abadía de Madrid. “El lenguaje está secuestrado y se le ha perdido el respeto”, afirma.


Fotos SERGIO PARRA

“La auténtica bomba de relojería actualmente es un neoconservador al que lo único que le interesa es ser cada vez más absurdamente rico”   “En ‘Tiempo después’ interpreto a un anarquista honrado, serio, consecuente, y muy enamoradizo”

¿Cómo se explica que usted no aprobara la prueba para entrar en la Escuela de Arte Dramático? Hasta que interpretó ‘Reikiavik’, de Juan Mayorga, usted llevaba 25 años sin subir a un escenario en España.
No me admitieron porque hice una prueba realmente mala. Yo era ya entonces mucho mejor actor de lo que demostré en ese examen. Realicé una elección de textos garrafal, porque eran textos que estaban muy lejos de mí, del actor que yo era en aquel momento. Se me secó la garganta mientras hacía la prueba y casi no podía articular palabra. Todavía recuerdo la cara de Alonso de Santos, y creo que también estaba en el tribunal Williams Layton, y se quedaron los pobres… porque yo no era capaz ni de articular palabra. De modo que no resultó raro en absoluto que no me escogieran. De lo cual me alegro porque esta circunstancia es lo que después me llevó a París y a trabajar con Lecoq. Que yo creo que profesionalmente es de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Muchas veces he pensado que yo estaba destinado a que las cosas fueran así. Ahí empezó todo. Yo buscaba una escuela de teatro, porque sentía que necesitaba una formación sólida como actor. Y al no poder entrar en Madrid, me fui a París. Y de París me marché a Suecia, porque conocí a la que sería mi mujer. Y una vez allí hice contactos con la escuela sueca que me condujeron a trabajar en Londres. Digamos que una cosa te va llevando a otra, y de pronto transcurren 25 años de tu vida en los cuales has tenido la oportunidad de trabajar con profesionales fantásticos, has tenido la oportunidad de trabajar en muchos idiomas, en inglés, en sueco, en francés, pero llega el momento en el que de alguna manera te planteas volver a trabajar en tus raíces, volver a trabajar en tu lengua materna. En tu país. Y la verdad es que ha transcurrido mucho tiempo. Pero aquí estoy, de vuelta. Y me he encontrado con Juan Mayorga, que me está dando la oportunidad de trabajar en España, en mi lengua, y de trabajar con personajes preciosos, tanto el Waterloo de ‘Reikiavik’ como este personaje de ‘Intensamente azules’, resultan muy interesantes para un actor.

¿Cuál es la principal dificultad que debe superar un actor para interpretar un monólogo tan complejo como ‘Intensamente azules’?
Lo más difícil ha sido encontrar cuál sería la manera adecuada para contar un texto de estas características, que yo considero que, en un principio, no es un texto claramente teatral. La pelea grande ha consistido en hallar cómo contamos este texto. En un principio no sabíamos si íbamos a hacer un drama, una comedia, o si iba a ser una mezcla entre ambos géneros, y al final, poco a poco, nos inclinamos hacia la comedia. Comedia que incluso en momentos es técnica de payaso. Porque el texto tiene su carga filosófica, su complejidad, pero hay también mucho humor. Y vimos que el texto llegaba muy bien contándolo con humor. Creo que esa ha sido la principal dificultad y también el hallazgo más grande.

Se dice en la obra: “El orden de las palabras es esencial”.
En la obra hay muchas reflexiones sobre las palabras, y yo creo que también hay numerosas reflexiones sobre  la verdad, que es un tema que actualmente está puesto en cuestión. Vivimos en la época de la posverdad, que ahora es la forma en la que llaman a la mentira. El lenguaje está secuestrado y en peligro de perder una de las cualidades que para mí son más importantes: se le está perdiendo el respeto. Y, de repente, lo que significaba una determinada palabra, ahora no sabes si significa eso, si significa lo contrario, o qué demonios significa. ¿Dónde estamos? Antes uno decía una cosa y tenía un valor. Pero ahora ese valor está más puesto en duda. Uno puede decir una cosa y al día siguiente decir lo contrario y aquí no pasa nada. Y yo considero que ‘Intensamente azules’ se refiere a todo esto con humor. La obra habla de muchas cosas y el espectador es quien debe sacar sus conclusiones. El orden de las palabras es esencial, y hace referencia al respeto a la palabra, y también al respeto al lenguaje.

En ‘Intensamente azules’ hay permanentes referencias a Schopenhauer, el filósofo del pesimismo, y ya en la primera frase el protagonista dice: “En el kiosco, las portadas anunciaban el diluvio”.
El diluvio tiene en la Biblia ese carácter de castigo que Dios manda al hombre porque se ha portado mal. Pero yo creo que en esta obra el diluvio tiene un sentido de esperanza. Sobre todo con unos personajes que van por la vida con gafas de nadar. Yo lo veo así. El diluvio no es ningún elemento extraño ni ningún enemigo, el autor lo describe en el sentido de aportar algo al mundo y de verdad crear un medio en el cual este personaje pueda estar a gusto con sus gafas de nadar intensamente azules, y pueda seguir viendo el mundo como por primera vez con esas gafas graduadas de colores. No considero que esta obra tenga un final apocalíptico. Es verdad que Schopenhauer es el filósofo del pesimismo. Pero creo que si el personaje empieza asustándose al leer el libro ‘El mundo como voluntad de representación’, de Schopenhauer, poco a poco va observando también cierta esperanza en ese texto, y Schopenhauer es también un pesimismo bastante optimista, y que se puede leer perfectamente a Schopenhauer tomando helado de fresa.

¿Hasta qué punto en ‘Intensamente azules’ hay una mayor presencia del teatro del absurdo que en otras obras de Juan Mayorga?
No lo sé. Sería casi una pregunta también para Juan. No hay un hilo, un conflicto, este texto no tiene un carácter tan teatral, es casi anárquico, con un perfil como de cuento, en el cual vemos cómo el héroe se ve envuelto en escenas diferentes, con personajes alguno de ellos muy sorprendente, como el rey de España, o con otros personajes que encuentra el protagonista en su recorrido que tienen algo en común con él. Como los que halla en ese bar que “tiene forma de raíz cuadrada de menos uno”, en el que tres personas, que también llevan puestas gafas graduadas de nadar, dicen “cosas terribles sobre el mundo citando a Schopenhauer”. Yo no sé si está el mundo del absurdo, pero desde luego sí aparece el mundo del misterio, que está muy presente en todo el teatro de Mayorga. Aquí también. Es reconocible el misterio. Y el humor, insisto, otra de las constantes del teatro de Juan. Y creo que se ve a Juan Mayorga detrás de este texto. Eso es muy interesante. A mí, desde el principio, me pareció ‘Intensamente azules’ un texto difícil, un gran reto ponerlo en escena. Pero la obra me gustó muchísimo por lo que tiene también de imaginativo y de juguetón.  

En ‘Tiempo después’, la película de José Luis Cuerda, su personaje enamora a Méndez, que interpreta Blanca Suárez, y además a usted le pega un tiro un cura. Hay en la película personajes que vuelan y otro que se aparece después de muerto. En definitiva, se retuerce al máximo el argumento, ¿no?
Trabajar con José Luis Cuerda ha sido sensacional. Mi personaje me gustó desde el principio. Se trata de una película coral, con muchos actores. Mi personaje tiene mucho que ver con el personaje central de la historia, José María, que lo hace Roberto Álamo, un hombre que quiere vender su zumo de limón en el edificio de los poderosos. Y mi personaje también está muy relacionado con el de Blanca Suárez, Méndez. Y yo sentí mucho esta relación entre nosotros tres, como una especie de Don Quijote, Sancho y Dulcinea. Una relación, en este caso, en la que Sancho ha adoptado en parte el papel de Don Quijote y es el que va por delante. El que abre camino. Y Blanca es como Dulcinea. Tanto Don Quijote como Sancho están enamorados, cada uno a su manera, de Dulcinea. He disfrutado mucho del personaje, porque dentro de esa manera de escribir de José Luis Cuerda, ese absurdo, yo considero que mi personaje da igual que esté ubicado en el año 9.000, porque es muy realista. Yo lo veo muy realista, muy anclado en la tierra. Un personaje enormemente humano, reflejo de la fuerza que tiene la escritura de José Luis Cuerda, que le puede dar la vuelta a los personajes, pero parte de ellos tienen un sentimiento detrás que es muy serio, y dicen cosas con mucha verdad. Así lo experimenté con mi personaje, que creo que es un anarquista honrado, serio, consecuente y muy enamoradizo.

En la película hay constantes referencias al desarme ideológico de la izquierda. Y a la lucha de clases. José Luis Cuerda, en alguna entrevista, ha afirmado que la izquierda “ahora está mejor de lo que estaba y peor de lo que podría estar”. ¿Qué piensa usted?
Leí hace poco que ahora hay lucha de clases pero al revés. Que actualmente los que ostentan el poder son los que de verdad tratan de defender sus privilegios. Quiere decirse que aquí estamos con el problema número uno, que hay bastantes más problemas, pero en mi opinión el principal reside en cómo cuidamos este planeta nuestro que nos estamos cargando. Porque la Tierra es la casa que tenemos. Pero, sin embargo, la gente que de verdad es responsable, la gente que tiene el dinero, que controla las grandes empresas, está defendiendo su clase y, paralelamente, algo que yo no logro explicarme, no se dan cuenta de que están destrozando el planeta. Aunque seguro que son conscientes de ello, pero están ahí defendiendo su clase y sus privilegios. Y ésos son de verdad los que ahora están en la lucha de clases. Y los que antes estábamos en la lucha de clases, los pobres, estamos la mayoría ahí, dejados de la mano de Dios, sobreviviendo como se puede. La lucha de clases está ahora patas arriba, dada la vuelta.

Los trabajadores pobres

El personaje del alcalde en ‘Tiempo después’, afirma: “Un parado es una bomba de relojería”.
La auténtica bomba de relojería actualmente es un neoconservador al que lo único que le interesa es ser cada vez más absurdamente rico. Esa es la auténtica bomba de relojería. No creo que un parado lo sea. Hombre, desde luego estar creando una clase social que está sufriendo tanto y que vive tanta penuria, abandonada, esta nueva clase social, que son los trabajadores pobres, constituye una auténtica tragedia. Pero yo creo que la auténtica bomba de relojería es la gente que tiene los medios para crear una sociedad más solidaria, más en la que, digamos, todo el mundo disponga de la riqueza que hay, y esa gente se niega a soltar nada. Existe una ambición y una especie de tacañería desmedida por ser cada vez más rico, que está llevando al mundo a la tragedia. Ante esta situación resulta difícil ser optimista. Yo espero que cambie.