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Suplemento especial
30 de noviembre de 2018

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Suplemento Especial / Tribuna

Un diálogo con nuestro presente

Joan Navarro
Sociólogo, socio y vicepresidente de Llorente y Cuenca

 

“Negar la utilidad de la Constitución es tan absurdo como negar la necesidad de adaptarla a nuestro tiempo”” “Debates como el de la ‘memoria histórica’ no suponen un ajuste de cuentas con un pasado, obvio es decirlo, que ya no existe, si no un diálogo con nuestro presente”

Nuestra Constitución es ya parte de nuestra mejor historia, fruto de un acuerdo de sectores ideológica y vitalmente enfrentados que decidieron dirimir sus diferencias de una manera civilizada y homologable a las democracias europeas mejor asentadas. Pero también es nuestro presente, es la norma básica que, con plena vigencia, determina buena parte de nuestro día a día, ordena nuestras divergencias y expresa nuestra diversidad, limitándonos y construyéndonos como sociedad y, por lo tanto, determinando en parte nuestro futuro.

La dimensión histórica de la Constitución Española de 1978 admite interpretaciones, pero estas no son juicios sobre lo que ocurrió entonces, sino valoraciones sobre lo que somos o nos gustaría ser hoy. Incluso la mirada de los historiadores profesionales, entrenados en la ponderación de los hechos demostrables del pasado, se ve alterada por el inevitable cambio del marco mental producido con el paso de los años. Podemos entender racionalmente las motivaciones y las limitaciones de quienes participaron en la redacción y aprobación de la Carta Magna, pero nuestro juicio es deudor de nuestro presente, que afecta por igual a quienes vivieron aquel proceso, como a quienes nos ha sido narrado.

El uso político de la memoria es inevitable porque necesitamos contarnos lo que somos, asentar una identidad que hunde sus raíces en lo que pasó o en lo que pudo haber pasado. Por eso, debates como el de la “memoria histórica” no suponen un ajuste de cuentas con un pasado, obvio es decirlo, que ya no existe, si no un diálogo con nuestro presente.

¿De verdad una sociedad moderna, en pleno siglo XXI, puede permitirse un mausoleo religioso ensalzando a undictador? Porque la respuesta a esta pregunta en 1978 fue que sí, precisamente porque no éramos una sociedad moderna y necesitábamos andar juntos para conseguirla. ¿Es hoy legitimo señalar como falta lo que entonces fue compromiso, precisamente para que ahora podamos decidir otra cosa?.

Pero bien se puede plantear al contrario. Defiende Innerarity en su más reciente ensayo ‘Comprender la democracia’, que ésta es “un generador de contingencia; politizar, democratizar, implica siempre complicar ciertas cosas que antes estaban decididas por la tradición, cuestionar la autoridad establecida, ampliar el campo de lo políticamente discutible, en suma, multiplicar las posibilidades” y cita la famosa expresión de Luhmann adjetivando este proceso como de una “irritación continua”. ¿Por qué sorprendernos entonces de la irritación que nos produce la critica a una Constitución que se hizo, precisamente para eso, para irritarnos mientras aprendíamos a conllevar la critica sin que de ella se pudiera desprender violencia alguna?.

40 años de éxito han hecho de nuestra Constitución una nueva tradición, pero han sido tan pocas las oportunidades de sentirnos orgullosos de nuestro pasado, que su celebración nos pilla desentrenados. Hoy, negar la utilidad de la Constitución es tan absurdo como negar la necesidad de adaptarla a nuestro tiempo. Cuestionar la Constitución es respetarla tanto como señalar que, sin ella, no tendríamos la capacidad de soñar otro futuro.

Me fascinan las conversaciones entre constitucionalistas, en ningún otro lugar se entrelazan tan apasionadamente derecho y filosofía política, seguridad y valores morales, que al fin y al cabo son las materias primas de una sociedad. Pero esta ya no es tarea, sólo, para la Universidad o los pasillos del Congreso. En una sociedad de tuits urgentes, de política bronca pensada en el corto ciclo de una noticia efímera, donde la renuncia es traición y el silencio reflexivo siempre sospechoso, quizás debamos olvidarnos de las grandes promesas en las que ya nadie cree y aspirar a pequeños y constantes cambios, quizás poco sexis, pero posiblemente los únicos que nos permitan seguir avanzando juntos.

 

Firma:

Sociólogo, socio y vicepresidente de LLORENTE & CUENCA, consultoría de gestión de reputación y comunicación líder en España, donde dirige el área de Asuntos Públicos desde 2010. Ha sido director y portavoz de la Coalición de Creadores e Industrias de Contenidos Audiovisuales y ha ocupado diversos cargos en la Administración Pública española, entre ellos, director de Relaciones Institucionales de la Sociedad Estatal Aguas de las Cuencas Mediterráneas (2006-2008) y director del Gabinete del Ministro de Administraciones Públicas (2004-2006).

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