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 Nº 1271. 30 de noviembre de 2018

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Entrevista / Manuel Capilla

Juan Carlos Monedero, autor de ‘La izquierda que asaltó el algoritmo’


“La izquierda y la derecha no valen, pero no tenemos sustitutos”

Juan Carlos Monedero atiende a El Siglo recién salido de ‘El programa de Ana Rosa’, presumiendo de que la periodista alabe en antena la subida del SMI y de haberle arrancado un “pues claro que puede que os vote”. A Podemos, se entiende. Y es que el fundador del partido morado acaba de publicar ‘La izquierda que asaltó el algoritmo’ (Editorial Catarata), donde subraya la necesidad de reinventar “el espacio anteriormente conocido como izquierda” ante el nuevo poder que opera en las redes sociales e Internet. Este profesor de Ciencia Política, ahora reconvertido en ‘showman’ al frente del programa ‘En la frontera’, en Público TV, sostiene que “un acuerdo entre el PSOE y Unidos Podemos es lo único que podría salvar a la UE de su deriva neoliberal”.


FOTOS: ÁLEX PUYOL

“Ahora Iglesias escucha más a más gente, mide mucho más las causas y las consecuencias”

“Carmena es una mujer sensata y estoy convencido de que vamos a llegar a más acuerdos”

“En España, Portugal y Grecia surge una alternativa a la política de la UE, que es una constructora de fascismo”

“El gran horror que pensó Orwell cuando escribió ‘1984’, que el poder sepa nuestros miedos, hoy es una realidad”

¿Sigue siendo válido el término izquierda? Podemos intentó superar ese término y ha terminado recuperándolo en parte.
El término no se sostiene académicamente. De izquierdas es Felipe González, Olof Palme, Dolores Ibarruri, Nicolás Maduro, Pablo Iglesias y yo. Las categorías izquierda y derecha no valen, pero son aproximaciones para las que no tenemos ningún sustituto. Apelar a la idea de arriba y abajo era más intuitiva para lo que significaba el 15-M, era más inclusiva, y no obligaba a la gente que apuesta por una idea de justicia a cargar con el fardo de la izquierda durante el siglo XX. El espacio anteriormente llamado izquierda, al que me refiero en el libro, es el que tenemos que reclamar desde presupuestos emancipatorios. El nombre me da un poco lo mismo.

¿El futuro de la izquierda europea pasa por la Península Ibérica, con los gobiernos de António Costa y Pedro Sánchez?
Es curioso que los tres países que más tarde salieron de la dictadura son los tres que han ensayado formas diferentes de la izquierda. Grecia fue castigada brutalmente por la Unión Europea para que no generase un efecto contagio. Portugal pudo intentar un gobierno apoyado por el Partido Comunista y el Bloco de Esquerda, por un lado por la presencia de mujeres en la izquierda portuguesa, que siempre son más favorables al diálogo, y también porque el Partido Socialista, a diferencia de lo que ocurrió en España, estaba influido por Mário Soares, que con la edad se fue haciendo más progresista, al revés que Felipe González. Y también porque aquí, en España, surge Podemos, que es una cosa fresca, vinculada al 15-M. En estos países está surgiendo la posibilidad de una alternativa a la política de la UE, que es una constructora de fascismo.

Hay un capítulo del libro que es una enmienda a la totalidad de las tesis populistas que siempre defendió en Podemos Iñigo Errejón, pero no sólo, también Rafa Mayoral, por ejemplo.  Quizá es porque soy un malpensado, pero el capítulo me parece una revancha hacia Errejón, mencionando de pasada esa supuesta voluntad suya de dar luz verde en el Congreso al acuerdo Sánchez-Rivera, algo que él siempre ha negado públicamente.
Hago un intento de clarificación de las discusiones internas, porque, si no, la sensación que quedaría es que los conflictos que ha habido entre Pablo Iglesias, Iñigo Errejón, Rafa Mayoral y yo eran unas meras disputas de poder. En los partidos políticos siempre hay familias y siempre hay disputas de poder, siempre, incluso en los más nuevos. Pero, en el fondo, hay una concepción política diferente. Para Iñigo, el populismo es una manera permanente de hacer política, pero para mí es un momento. El momento populista es destituyente, construye un nosotros frente al poder, y necesita articularse en torno a un agregante que pueda agregar las demandas insatisfechas de una sociedad, que permita trazar esa línea entre la casta y nosotros, el pueblo. Pero ese momento destituyente tiene después un momento constituyente, donde tienes que establecer tu modelo alternativo. Mi planteamiento estaba en la creación de partido movimiento, donde tuviéramos una pata institucional y otra pata ciudadana, espontánea, desobediente, fresca, ligada a los movimientos sociales.

¿Ha conseguido construir esa pata ciudadana Podemos? Muchos integrantes de los círculos llevan tiempo desmotivados y desmovilizados porque consideran que los círculos terminan por ser inoperantes.
Cuando yo salgo de la ejecutiva de Podemos es que, precisamente, estábamos abandonando esa pata, que era la vacuna para no convertirnos en un partido más. Por eso insisto en el libro: si te falla el partido-movimiento, te burocratizas. Buena parte de las vacunas que inventamos, como la limitación de los mandatos o la reducción de los salarios, eran elementos que estaban en el código ético de Podemos y que buscaban evitar que nos convirtiéramos en un partido más, que no rindiera cuentas a nadie. Esto también explica la discusión que hay abierta en Madrid con el nuevo partido que ha creado Manuel Carmena.

¿Cómo lo valora? ¿Cree que acierta Carmena y su núcleo duro?
Siempre he compartido con Manuela Carmena la crítica a los partidos tradicionales, porque creo que son instituciones del siglo XX anquilosadas. Eso no lo solventas creando un partido que pivota en torno a ella. Las vacunas que pusimos en Podemos es lo que han permitido que los cinco concejales de Podemos [que se han desmarcado de las primarias previas del partido morado], desde la ausencia absoluta de experiencia, se hayan convertido en cinco personas que, a ojos de Manuela Carmena son expertos que quiere revalidar. Pero esos expertos no nacen de la nada. Se construyeron expertos en una gestión acompañada por esta reinvención de la política que significó Podemos. Si renuncias a esta interacción entre estos cinco concejales y Podemos, no tienes garantía de que te salgan políticos de esa calidad. No termino de entender donde están las ventajas de sustituir un partido que tiene proyección estatal, que de alguna manera vincula a las 52 provincias de España, con un proyecto de Estado. ¿Cuál es la ventaja de construir 52 partidos políticos en 52 provincias? Carmena es una mujer sensata y estoy convencido de que, cuando nos acerquemos a la toma de decisiones, vamos a llegar a más acuerdos.

¿Qué piensa cuando ve imágenes del primer Vistalegre, con Iglesias, Errejón, Bescansa, Luis Alegre y usted?
Aunque después de mi rap me han prohibido cantar, no dejo de recordar aquello de: “jóvenes… Éramos tan jóvenes…”. La felicidad suele estar en el proyecto del viaje, más que en el viaje en sí. En aquel momento, estábamos en un momento de absoluta generosidad, muy marcados por el 15-M, muy ingenuos. El que menos ha cambiado era yo, porque siempre he sido el viejito de Podemos. Prácticamente todos han sido alumnos. Ellos han ido creciendo, y en ese crecimiento, han ido desarrollando virtudes y defectos. Como les  ocurrió a los Beatles, después de esa etapa inicial, de genio, algunos se han mantenido y otros se han marchado. Es una suerte de ley de vida. En generosidad, todos liman sus diferencias y camina juntos. Pero después, cuando esa oleada cesa, las personalidades permanecen y cada uno toma decisiones que no se explican y de las que cada uno tiene que dar cuenta.

¿A qué decisiones se refiere?
Yo noto una continuidad mayor en Pablo Iglesias, respecto al sueño inicial que pusimos en marcha, que en Carolina Bescansa o que en Luis Alegre o que en Iñigo. En mis diálogos con Pablo Iglesias noto más coincidencias con todas aquellas conversaciones que tuvimos y que desembocaron en la creación de Podemos. Y creo que tienen bases teóricas. El momento populista desemboca siempre en personalismos.

¿Eso es lo que le ha pasado a Podemos?
A algunas personas de Podemos, sí.

En el caso de Pablo Iglesias.
Al revés, es que en su formación no pesaba tanto el populismo como la fraternidad. Pablo Iglesias sí viene de ese aire de familia de la izquierda sin nostalgias, sin pleitesía a los pitufos gruñones, y que siempre ha respetado las decisiones colectivas.

¿Cómo ve a Pablo Iglesias casi cinco años después del nacimiento de Podemos? Él mismo reconoce que ha madurado a raíz de su paternidad.
Yo los conozco muy bien porque los conocí como alumnos. Y por tanto, he podido ver cómo iban evolucionando. Digamos que ese compromiso con la fraternidad, esa disciplina de estudio, en Pablo la veo idéntica. Es verdad que Pablo ha limado el pecado que siempre tenemos los profesores, que es la soberbia. Pablo escucha más a más gente. Esto es fruto de la experiencia política. Mide mucho más las causas y las consecuencias. Para hacer una frase, hoy no sacrificaría una amistad. Pablo, para hacerse oír, no gritaría. Preferiría argumentar, y eso es lo que le da muchísima fuerza. Pablo, como referente principal de esa construcción política que es Podemos, a partir del 15-M, ya tiene un espacio en la historia de este país. 

“La izquierda ha querido construir una gran categoría con la confrontación capital-trabajo, pero la opresión tiene muchos más contornos”, dice en el libro. También advierte contra lo “homosexuales de mercado y las feministas neoliberales”, en línea con lo que pone negro sobre blanco Daniel Bernabé, en ‘La trampa de la diversidad’. ¿Cómo valora a la izquierda inquieta porque el eje del debate esté en esos “contornos”, en lugar de en ese conflicto capital-trabajo?
La contradicción principal sigue siendo la contradicción capital-trabajo. Pero esto no tiene que significar, como ha hecho una lectura torpe del marxismo de corte soviético, supeditar todas las demás confrontaciones a una mera cuestión económica. La queja de Bernabé tiene un poso de verdad, pero quizá la extrema. Yo le decía en broma que parece anhelar el PCE dirigido por Francisco Frutos. En vez de entender que estas diferentes identidades son ángulos de la lucha contra la opresión, él plantea: “olvidaos de vuestra reivindicación particular y subsumíos en la lucha de clases”. Creo que eso es no entender que la identidad de un homosexual o de una mujer está atravesada por su situación de clase, pero que la van a vivir en su subjetividad. No puede venir nadie desde fuera a decir, “te voy a explicar lo que realmente te ocurre”, que es un pecado que ha cometido habitualmente la izquierda.

Usted es una persona muy vinculada a Julio Anguita. ¿Cómo valora los artículos que ha firmado junto a Manolo Monereo en los que defiende algunas decisiones del gobierno italiano en materia laboral y un endurecimiento del discurso inmigratorio por parte de la izquierda?
Creo que Illueca, Monereo y Anguita no ponderaron bien que su intento de explicar que la izquierda tiene que clarificar sus posiciones respecto a la inmigración les iba a ubicar en posiciones que está defendiendo la extrema derecha. Ahí se equivocaron porque, cuando predomina el brochazo, querer irrumpir en el debate con un pincel es ingenuo. No debemos ser condescendientes con nada del Gobierno de Salvini, aunque haya aspectos con los que se pueda coincidir, por la misma razón que un reloj parado da bien la hora dos veces al día. Rescatando algunas políticas de Salvini estás lavándole la cara a un régimen que es racista, xenófobo, que puede volver a prenderle fuego a Europa. Con líderes de la categoría de Anguita y Monereo, eso es una ingenuidad. Desde la izquierda, la posición ante la inmigración y el refugio es de compromiso estricto con los derechos humanos. Hay que hacer fuerza en eso. Son cuestiones de valores. En el momento en que flaqueamos en esa lectura, estamos trabajando para los xenófobos. Por eso, hay que ser muy cuidadosos.

Le dedica una parte del libro a los medios, al rol que juegan en el juego político. ¿Cómo ves el panorama mediático actualmente?
Vivimos en sociedades saturadas audiovisualmente. Eso implica que la realidad la construimos mediáticamente. Por eso hablo en el libro de asaltar el algoritmo. Se asaltaron los cielos cuando la Iglesia era la gran constructora de verdades y mentiras. Luego asaltamos los palacios de invierno, cuando la verdad la dictaban los reyes. Después, los parlamentos, electoralmente. Pero hoy hay que asaltar los algoritmos, porque es el espacio donde se está construyendo la nueva verdad. El gran horror que pensó Orwell en 1948 cuando escribió 1984, que el poder sepa nuestros miedos, hoy es una realidad. Cada vez que hemos entrado en Internet buscando un viaje, preguntando por un medicamento, viendo una película, indagando sobre nuestra sexualidad… Alguien ha ido recopilando toda esa información y tienen lo que nunca han tenido los servicios de inteligencia de todo el mundo, juntos. Facebook, Instagram, Twitter, saben más de nosotros que si juntaran sus bases de datos el KGB, la CIA, el Mosad y el Mi5.

¿Qué recorrido le da a Vox?
Para bien o para mal, toda la derecha en España es casposa, es régimen, es franquista. Son incapaces de hacer un discurso populista, porque son régimen. Tienen profundas dificultades para ganar un espacio como han ganado Salvini o Marine Le Pen.

¿Sánchez llegará a 2020?
Sánchez ha cortado el socialismo en rodajas muy muy finitas, casi insípidas. Iván Redondo lo ha llamado carpaccio de socialismo. No sabe a nada y nos lo venden muy caro. Sánchez es un superviviente de la política, como toda esa hornada de gente que proviene de las Juventudes Socialistas, del entorno de Pepe Blanco, que solamente han trabajado en la política y su lógica vital es la de sobrevivir en los aparatos de poder. Lo que pasa es que eso no basta para hacer política. Podemos, como en las buenas parejas, es capaz de sacar lo mejor del Partido Socialista. Pero el Partido Socialista es rehén de los barones, de su pasado, de su vinculación con la banca, de su defensa cerrada de la monarquía. Para mí, quien representa la socialdemocracia española es Susana Díaz. Un acuerdo entre el PSOE y Unidos Podemos es lo único que podría salvar a la UE de su deriva neoliberal, lo único que podría salvar el reto catalán y lo que podría volver a dar alas a la democracia española, siempre y cuando Podemos saque más votos que el Partido Socialista o esté muy cerca. Seguramente, por eso he escrito este libro, para señalar las limitaciones de la socialdemocracia y la promesa de futuro que supone reinventar ese espacio antaño llamado izquierda.