Cultura Guia Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1266. 26  de octubre de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Horror y belleza del mundo

Criticamos el crimen de Kashoggi con la boca pequeña mientras seguimos vendiendo armas a Arabia Saudí.

¿Qué importa al mundo que torturen de forma salvaje, aserruchen y descuarticen al periodista Jamal Khashoggi, y que un asesor del príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman  pida por Skype a los sicarios que le lleven “la cabeza del perro”? Menos que nada a PSOE, PP y Ciudadanos: los tres de consuno han decidido que política y ética son antónimos. ¿Y qué le importa a Pedro Sánchez? Esa misma nada: acaba de enterarse de que lo que cobras con la mano derecha no debe saberlo la izquierda, pese a haberle recomendado más de una vez, a él y a toda esa caterva política, la lectura de El príncipe; ya que practican lo que el italiano teorizaba, que vean también los escuerzos que han de tragar por no enfrentarse a la banalidad del mal (Arendt). ¿Y qué decir de la propuesta de Iglesias que, a cambio de negar armas a los saudíes, pretende comprarlas para el ejército español y convertirnos en país militarista? Habrá que darlas alguna utilidad, digo yo. También da para mucha risa la evasiva de Susana Díaz, que mienta a la ONU para escudarse en tiempo electoral.

Ante la economía, los cacareados valores que enarbolan se diluyen en esa pasta de moco que el caracol va dejando impresa en las siglas de cada partido o personaje. Y esos tan traídos y llevados, sólo imitados en sus prohibiciones, “países de nuestro entorno” han respondido a los asesinatos de la dinastía saudí: Merkel, incluso, decide no venderles armas; queda muy bien esa hipocresía, porque la industria militar alemana, represaliada tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial, sólo se expone perder una limosna: 416 millones de euros en lo que va de año. Y Francia critica el crimen de Khashoggi con la boca pequeña: seguirá vendiéndoles armas porque su posición es “delicada”, dicen: en menos de diez años han vendido armas por valor de once mil millones de euros a una Arabia Saudí que es su segundo cliente.  Lo “delicado” del asunto también impide a Reino Unido suspender esas ventas, utilizando también la boca pequeña para censurar.

Ética de democracia

Ahora que todo es cultura, hasta la protesta a voz en cuello contra esta y otras fechorías del nuevo príncipe, se convierte en ejemplo de ética de la democracia. Hoy, miércoles 23, Sánchez echa balones fuera sobre esa infame fechoría, pillado como está entre dos fuegos: Navantia, bahía de Cádiz y astilleros, que hace un mes se alzaban en defensa de sus puestos de trabajo (“los intereses de España” deben estar por encima de todos los crímenes), y  los compromisos de la Jefatura del Estado: las amistades que el demérito Juan Carlos rex trabó con la casa de los Saud continúan en su heredero: Ibn Salman visitó Felipe VI en Madrid  hace seis meses; pese a que ya para entonces su fama de modernizador se había visto fulminada por la represión contra decenas de príncipes que pudieran hacerle sombra, y de ministros y antiguos ministros, fue recibido como un demócrata de toda la vida: el petróleo es negro, pero  blanquea conciencias  porque “el dinero es mierda mágica” (C. E. de Ory).

La magia del dinero

Podría el presidente de gobierno enviar al demérito, que tantos abrazos se daba con los Saud, para pedir un simple comentario o alguna aclaración sobre el lugar donde está “la cabeza del perro”. Es de sospechar que no se encargue el antiguo rex de misiones diplomáticas de este cariz, aunque sí lo hizo de otras como el petróleo para España, el AVE a la Meca, etc., que pingues beneficios dejaron, dejan. ¿A quién?, es la pregunta que nadie puede contestar por seguridad nacional, que dicen los norteamericanos. 
Por si no fuera espeluznante la semana, la de risas y llantos que ha provocado el Tribunal Supremo, diciendo y desdiciéndose en tema que afecta a bancos y usuarios; dijeron una cosa, y, en horas veinticuatro – y dicen que la justicia en España es lenta–, el Ibex y los teléfonos debieron echar humo para que ese Supremo se ladease hacia la parte bancaria, ridiculizando a esa institución que, constitucionalmente, es pilar del Estado. Vaya pilar; como si no se supiese quiénes lo forman, de qué pie cojea cada uno, quién los nombró, etc., porque ese conglomerado de cráneos “previlegiados” tan pronto se convierten en Celestinas que remiendan el virgo del máster de Pablo Casado como se asustan ante las consecuencias “económicas y sociales”; dicen que la Justicia tiene los ojos vendados.  Nunca los ha tenido así, ni los tendrá.

Bañistas de Es Llaner, de Salvador Dalí (1906). / Fundació Gala-Salvador Dalí

La belleza de la luz

Para sacar la cabeza del pozo universal de esa infamia, aconsejaría al lector aprovechar la apertura de la temporada de exposiciones: los primeros en abrir ventanas han sido el Museo del Prado, con una muestra que resucita a Bartolomé Bermejo, un pintor gótico español de finales del siglo XV; el Reina Sofía, con una antológica de la pintora surrealista Dorothea Tanning; y la Fundación Mapfre, que se centra en el Mare Nostrum como tema pictórico de las vanguardias de finales del XX hasta avanzado el siglo XX. Acabo de ver ésta, Redescubriendo el Mediterráneo, abierta hasta el 13 de enero del próximo año, comisariada por Marie-Paul Vial y Pablo Jiménez Burillo; forma parte del programa Picasso-Mediterráneo 2017-2019 de Mapfre, que en estas mismas fechas ha inaugurado en Barcelona una muestra que une a ese pintor malagueño con  el poeta y pintor francés Francis Picabia.

Son 138 piezas de más de 70 prestadores, cuadros en casi su totalidad, las que cuelgan en las salas de Recoletos de Mapfre, y las que van descubriendo ese camino hacia la luz mediterránea que empieza, como refiere Marie-Paul Vial, ex directora del Museo de la Orangerie, en la exigencia de un cambio de motivos pictóricos pasada la mitad del siglo XIX, y en la obsesión por la luz que dio nacimiento al impresionismo.  Colaboró incluso el ferrocarril, con la ampliación de sus redes: el tren llevó desde sus orígenes de Barbizon hacia el Mediodía francés a pintores como Cézanne, Renoir y Monet, los primeros en cubrir esa vía; pronto los secundaron Braque, Derain, Bonnard, Van Gogh, Matisse y Picasso entre otros. España, Francia e Italia concentran la totalidad de la muestra, aunque el Mediterráneo se extienda por Grecia y Turquía; pero estos dos países, aunque sus pintores se acercaron a la vanguardia parisina, quedan al margen de nuestra cultura habitual, aunque alguno, como Konstantinos Maleas, –cuestión personal, a finales de los sesenta conocí en Atenas a un descendiente, no recuerdo en qué grado–, participe de los dos conceptos, vanguardia y Mediterráneo, que ordenan este magnífico redescubrimiento.

Tres países, tres luces

El visitante empieza por la sala española, formada por pintores mallorquines, valencianos y catalanes que, a diferencia del resto de los artistas peninsulares, se daban de narices, nada más salir de casa, con el Mare Nostrum: y ya estaban en la rodada impresionista: Valencia, con Sorolla y un más que interesante Pinazo;  Cataluña, donde el noucentismo  incrusta en el recuerdo de la Arcadia clásica conceptos identitarios para expresar su visión de la naturaleza marina:  desde Torres García, de origen uruguayo, a Josep Clarà o Maillol, Sunyer o Togores, dos de los que los cuadros aquí expuestos hacen añorar una antológica; y Mallorca, con Anglada Camarasa, interesado en un fosforescente mundo subacuático, y Joaquim Mir. Completan la sala española un curioso Dalí, y, sobre todo, Julio González, que, con dos esculturas y un cuadro supone –cuando ya ha empezado la guerra civil– la ruptura con la amabilidad paisajística de los anteriores.

Pasando a uña de caballo por los interesantes cuadros italianos de  Carlo Carrá o Massimo Campigli, el Mediodía aparece en todo su esplendor con los grandes nombres, desde los primeros impresionistas (Cézanne, Monet, Renoir) hasta la etapa final de Picasso, ya avanzada la mitad del siglo XX, y sus más conocidos cuadros de la etapa de Cannes.  Están presentes novedades como el puntillismo de Paul Signac y su grupo de pintores que, en torno a Saint-Tropez, siguieron esa técnica (Louis Valtat, Henri Manguin o Charles Comin). La sección dedicada a los seguidores de Cézanne tiene obras maestras: por ejemplo, de un Braque que, ya en L’Estaque –donde le habían precedido Cézanne y Renoir–, avanza hacia el cubismo (Camino de L’Estaque, 1908); ese mismo paso parecen dar por las mismas fechas Raoul Dufy  (Fábrica en L’Estaque) o André Derain (Cipreses en Cassis). Odos de los cuadros de Renoir, en que la técnica hace temblar al paisaje.  Entreverados, pintores de calidad, como Pierre Bonnard u Othon Friesz. La muestra se cierra con Matisse y Picasso, con cuadros (y tres esculturas en el caso del malagueño) de sus primeras épocas y de sus etapas finales.

 

 

 

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

 

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