El cielo y el infierno de Casado Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1261. 21  de septiembre de 2018

- - --

Política / Virginia Miranda

Adorado en el PP, está a punto de ser ‘perdonado’ por la justicia

El cielo y el purgatorio de Casado

Ha laminado la oposición interna sin esfuerzo y ha rearmado ideológicamente el partido para prepararlo ante un eventual adelanto electoral. Marcando de cerca a Pedro Sánchez, buscando la irrelevancia de Albert Rivera y logrando la bendición de José María Aznar, Pablo Casado ha estado haciendo méritos como líder de la oposición y aspirante a La Moncloa en medio de las dudas sobre un máster que ensombrece su currículum. A escasos días de conocer la resolución de una mayoría de jueces conservadores del Supremo sobre sus posibles responsabilidades penales, la Fiscalía se ha manifestado en contra de su imputación y el líder del PP ha visto el cielo abierto.


El presidente del PP, pendiente de la decisión del Supremo sobre su máster en la Universidad Rey Juan Carlos, acaba de ser ‘exonerado’ por la Fiscalía. / EUROPA PRESS

Haciendo frente al independentismo, defendiendo la educación concertada o garantizando las reformas económicas de Rajoy, el PP quiere sacar el máximo rendimiento al Senado   El “dichoso máster” del líder ‘popular’, como lo llaman en su partido, no arroja “indicios incontestables” de responsabilidad penal, según la Fiscalía

Pablo Casado ha tardado 51 días en hacerse con el control del Partido Popular. Los 51 días que transcurrieron entre su elección como presidente de la formación conservadora y la despedida a su oponente, Soraya Sáenz de Santamaría, que tras un periodo de reflexión decidió abandonar todo por cuanto luchó siendo la mano derecha de Mariano Rajoy despejando el futuro político del nuevo líder de la derecha de inoportunas amenazas internas. Caída su heroína en batalla, los sorayistas más fieles han acabado asumiendo el fin de una era y el de su recambio natural para aceptar el nuevo orden de una formación más ideologizada en el fondo y más bronca en las formas.

Fuera del ámbito doméstico y desde su proclamación el 21 de julio, el líder de la derecha española también ha estado haciendo los deberes para hacerse un hueco en la agenda política. El nuevo PP ha permanecido abierto por vacaciones y, a riesgo de meterse en algunos charcos –Casado habló sin fundamento de millones de inmigrantes esperando entrar en España y, tras las críticas, se fue a Algeciras a estrechar la mano de inmigrantes llegados en patera recién rescatados–, se ha procurado la atención mediática aprovechando el impulso de su recién estrenada victoria en el congreso extraordinario del PP celebrado el pasado mes de julio.

Sólo unos días después de ser proclamado presidente de la formación conservadora, sendas encuestas publicadas por Abc y La Razón arrojaban una subida del partido en intención de voto en detrimento de Ciudadanos. A la vuelta de las vacaciones, las mismas cabeceras situaban al PP a escasa distancia del PSOE. Pero el grado de conocimiento del último líder en llegar al escenario político es aún insuficiente para superar en valoración a Albert Rivera, que según la encuesta que publicaba hace unos días El Confidencial va segundo detrás de Pedro Sánchez y delante de Casado.

A día de hoy, la principal fortaleza del nuevo PP reside en su imagen de cambio, del fin de un marianismo que era incapaz de ilusionar a los suyos. Y esa imagen de cambio se ha visto reforzada por los mensajes del presidente popular y su equipo, que insisten en subrayar sus diferencias con las políticas que les precedieron excusando los escarceos de Rajoy fuera de los cánones ideológicos populares por las inclemencias de la crisis.

El caso más evidente es el del 155. Tras la victoria en las urnas de Inés Arrimadas y el desplome de Xavier García Albiol en las elecciones del 21-D, las encuestas en medios catalanes arrojan ahora un panorama similar al del actual Parlament con una leve caída de Cs y un ligero aumento del PPC; la formación naranja, que se empleó con más dureza contra el independentismo y fue recompensada por ello en las urnas, tiene remanente en Cataluña para aguantar el tirón del nuevo PP. Por eso Casado quiere subir la apuesta aprovechando que lleva la mano en esta partida: su mayoría absoluta en el Senado, sin capacidad de iniciativa para poner en marcha la intervención de la autonomía pero actor fundamental en el proceso en detrimento de Cs que, con sólo cuatro senadores, aparece descartado de la ecuación.

Eso implica cargar las tintas aunque ello signifique desacreditar la herencia mariana, que persiguió un amplio consenso cediendo para ello a las pretensiones de otros grupos a pesar de su mayoría absoluta en la Cámara alta. Así, Casado y su equipo están instando a Pedro Sánchez a por poner en marca el artículo 155 sin esperar a que la Generalitat revierta el orden constitucional, ampliando la suspensión de la autonomía al control de TV3, y empiezan a cuestionar las transferencias en materia educativa.

Con una coordinación coreográfica, los portavoces conservadores lanzan el mensaje en actos de partido, comparecencias de prensa o en sede parlamentaria. La del Congreso y la del Senado, donde en estos momentos reside el mayor poder institucional del PP y donde –a la espera de ver cómo se resuelva la estrategia del PSOE para desbloquear el veto de la Cámara alta al techo de gasto con una enmienda a la ley de violencia de género– mayor poder de oposición tienen los populares.

Con el triple objetivo de hacer frente al desafío independentista, defender las políticas liberales –por ejemplo, en materia educativa respecto a la educación concertada– y garantizar las reformas económicas que aprobó el Gobierno de Rajoy, el PP en el Senado se ha propuesto sacar el máximo rendimiento a su mayoría absoluta para hacer oposición. A Pedro Sánchez y Albert Rivera, fuera de juego en un escenario donde su presencia se diluye en el grupo mixto.

Ganarle a Albert Rivera la batalla de la derecha es una carrera de fondo donde el PP apretará el paso una vez se conozca la fecha de las elecciones confiando, señalan, en que su apelación al voto útil vuelva a funcionarles en las generales después de que éste se les volviera en contra en las elecciones catalanas. Pero la debilidad parlamentaria de Pedro Sánchez mantiene a los populares, y muy especialmente al activo Pablo Casado, en una tensión permanente.

El tono y el fondo de la crítica a Sánchez no ha dejado un resquicio a la moderación. La política de inmigración, las víctimas de ETA, Cataluña, los impuestos, la exhumación de Franco, la venta de armas a Arabia Saudí… Mientras el Gobierno ha ‘pecado’ de descoordinación entre sus ministros y ministras y el presidente, el PP de Casado ha aprendido de errores pretéritos y se manifiesta como una sola voz. Cayendo incluso en tópicos manidos y desacreditados que sin embargo funcionan entre las bases y que hasta José María Aznar ha hecho suyos [ver recuadro: Aznar vuelve por sus fueros] ahora que sí se siente representado por el Partido Popular. Sánchez “ya tenía cara de Zapatero y ahora se le está poniendo cara de Maduro”, repetía esta semana el secretario general del PP, Teodoro García Egea.


El salvavidas de la Fiscalía

El control del partido, la recuperación de los principios y valores de la derecha, el poder institucional en el Senado, la unidad de mensaje, el ascenso en las encuestas… Todo lo que está al alcance de Pablo Casado está saliendo según sus planes. Pero lo que escapaba a su control amenazaba con desbaratarlos y poner al PP en una situación inédita.

El “dichoso máster”, como lo llaman en el PP, situaba al presidente de la formación conservadora al borde de la imputación. El Supremo tendrá que pronunciarse en los próximos días sobre la polémica que arrastra desde que la instructora del caso máster, Carmen Rodríguez-Medel, elevara el 6 de agosto al alto tribunal los indicios de su presunta participación en delitos de cohecho impropio y prevaricación administrativa aparecidos en una  investigación que arrancó con Cristina Cifuentes. Según la magistrada, existen indicios de que el posgrado de Casado en el Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos se usaba “como regalo o prebenda” a alumnos “con una posición relevante en el ámbito político, institucional o que mantenían vínculos estrechos de amistad o de carácter profesional” con el catedrático Enrique Álvarez Conde, principal implicado en la trama. Según admitió una de las alumnas imputadas, había ‘vips’ a los que se regalaba la titulación. “Me matriculé porque así me lo indicó Álvarez Conde, pero realmente no lo cursé”, aseguró en sede judicial según la cadena Ser.

La dimisión de Carmen Montón en semejantes circunstancias –distintas, defienden en el PP, porque Casado no tenía la obligación de hacer un Trabajo Fin de Máster (TFM) como el que plagió la exministra de Sanidad– complicaba la defensa del líder popular en una eventual investigación. No desde el punto de vista formal, habida cuenta de que no existía procedimiento. Ni siquiera a nivel orgánico porque, según los estatutos del PP, la imputación de un dirigente no le obliga a dimitir. Sin embargo sí establece la apertura de un expediente informativo por parte del Comité de Derechos y Garantías del partido que, aunque no llegara a mayores, provocaría una situación anómala.

Esa situación anómala a nivel interno, sumada al nivel de ejemplaridad que ha elevado el Gobierno socialista con la dimisión de dos ministros en poco más de cien días, ponía a prueba la responsabilidad política de Casado y explicaba su hartazgo por considerarse “víctima” de un “despropósito”. Pero la tensión, a pocos días de que una sala de lo penal compuesta por una mayoría de cuatro magistrados conservadores frente a una progresista decidiera sobre el destino del flamante presidente popular, se rebajó este viernes por obra y gracia de la Fiscalía.

Por la mañana se conocía la noticia de que el Ministerio Público había decidido solicitar el archivo de la causa contra Pablo Casado alegando que los indicios en los que se basa la exposición razonada del juzgado de instrucción número 51 de Madrid “no son lo suficientemente consistentes” para aconsejar la apertura de un procedimiento al no existir “indicios incontestables” de la existencia de responsabilidad penal por parte del aforado, “ni haber quedado acreditado” que existiera concierto de Casado “con cualquiera de los demás investigados”.

En relación al cohecho impropio introducía un matiz que exime al líder popular de responsabilidad penal aunque no de la política, considerando que “podría plantearse la comisión del mismo” por parte de Casado, pero “la pena señalada por este delito implicaría la ineludible prescripción del mismo”, en cinco años cuando el curso de posgrado data de 2008/2009.

Pocas horas después, García Egea comparecía en rueda de prensa para decir que ahora más gente se ha dado cuenta de que el presidente del PP es una “persona honesta, intachable y honrada”, para rechazar hacer comentarios sobre la valoración de la fiscalía respecto a la prescripción del delito de cohecho y para exigirle a Pedro Sánchez que “dé la cara”, recordando que el grupo popular en el Senado utilizará su mayoría absoluta para que el presidente del Gobierno dé explicaciones en sede parlamentaria sobre su tesis doctoral.

Ante el poco probable desacuerdo del Supremo, la Fiscalía acaba de atar el cabo suelto que le quedaba a Casado para enfilar lo que resta de legislatura. Aún tiene que bregar con las direcciones provinciales y autonómicas para elaborar las listas electorales, bajar el ritmo de viajes y comparecencias públicas tras su impetuoso estreno como líder de la oposición y, si el Supremo confirma que los indicios no son los suficientemente consistentes para imputarle, capear las insinuaciones de los socialistas sobre su probable imputación de no ser aforado. Poca cosa después de haberse visto al borde del precipicio del purgatorio. Los peores presagios del “dichoso máster” se han despajado y Pablo Casado empieza a ver el cielo abierto.

Su defensa en la comisión de investigación sobre la caja B del PP se basó en un mal ataque. / EUROPA PRESS

Aznar vuelve por sus fueros

José María Aznar regresó el martes al Congreso después de una travesía en el desierto marianista, tras haber sido vilipendiado y ninguneado por Rajoy y sus huestes como él mismo vilipendió y ninguneó a un partido por el que, según dijo hace tan sólo unos meses, no se sentía representado.

Pero Pablo Casado, ese “tío fantástico” –“si a mí alguna vez me tiene que renovar alguien, que me renueve Pablo Casado”, dijo el expresidente del Gobierno en un mitin en 2015–, le ayudó a dejar atrás un pasado funesto donde el PP había perdido su ideología y hasta el respeto a sus mayores y, a su llegada a la comisión de investigación sobre la financiación ilegal de la formación conservadora, le puso la alfombra azul para que la entrada se le hiciera más llevadera.

Tan llevadera se le hizo que Aznar que regresó en el mismo punto en el que lo había dejado, en el de la arrogancia de un político incapaz de ver más allá de su altivo concepto de sí mismo. El expresidente aprovechó su comparecencia para defender sus ocho años de Gobierno ignorando las preguntas de sus señorías sobre los negocios del PP con la red Correa o la contabilidad B del partido acreditados en sentencia firme. Al PSOE le habló de los ERE de Andalucía, a ERC de su “golpe de Estado” y sus dirigentes encarcelados, a EH-Bildu de ETA y a Podemos de Irán y Venezuela.

Pablo Iglesias, que anunció un día antes que sería él quien protagonizaría el cara a cara de su grupo con Aznar, aguantó estoico que le llamara “peligro para la democracia” y que, a preguntas sobre la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag presente en sumarios judiciales, el compareciente aludiera a la salud de sus hijos prematuros para tratar de desestabilizarle emocionalmente. Pero el líder de la formación morada no se dejó impresionar y también le dio lo suyo. “La imagen patética que acaba usted de dar en esta comisión es una mala noticia para mi país. Le aseguro que trabajaré para que en mi patria nadie se tenga que avergonzar de tener expresidentes como usted”.

Tensión política en estado puro. A pesar de su aparición arrogante y sus maneras pendencieras, demasiada para un Aznar sin más defensa que un mal ataque.