Las siete diferencias entre Casado y Rivera Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1259. 7  de septiembre de 2018

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Política / Virginia Miranda

Pelea en el liderazgo de la derecha

Las siete diferencias entre Casado y Rivera

Pablo Casado y Albert Rivera comparten generación, discurso liberal en materia fiscal y económica y defensa de la unidad de España. Las semejanzas entre el presidente del PP y el de Ciudadanos los sitúan en una misma pugna electoral y son las diferencias las que inclinarán la balanza de uno u otro lado. El primero pertenece a un partido con experiencia de Gobierno. El segundo aún no ha demostrado capacidad de gestión. El barcelonés dio su primer estirón abanderando la regeneración política. El palentino habrá de apagar los rescoldos de la corrupción… La sucesión de contrastes les permitirá tomar distancia en las próximas citas con las urnas. Y ganará quien mejor sepa aprovecharlos en su favor.  

Los líderes del PP y Ciudadanos comparten criterios en materia económica y territorial y será lo que los distingue lo que los sitúe en el tablero electoral. / EUROPA PRESS
 

Se diferencian en su liderazgo, en el origen de su partido, en su carácter, en su política de pactos, en sus fortalezas, en su concepto de la Administración y en su implantación territorial   Albert Rivera es “intuitivo, impulsivo y personalista”. Pablo Casado “es el yerno ideal, escucha más y es más reflexivo”

“De edad parecida, los dos hablan razonablemente bien... Es sólo apariencia. Casado y Rivera son muy distintos”. La actualidad ha excitado el conflicto político en Cataluña y el centro derecha ha reaccionado al unísono frente al independentismo con desigual desenlace. Significativa fue la respuesta del PP a la imagen del líder de Ciudadanos retirando lazos amarillos: “Un candidato a la Presidencia tiene que hacer algo más que una fotografía” de esas características, decía el secretario de Organización, Javier Maroto.

En la izquierda, y no en toda, se asimilan ambos perfiles, pero uno y otro partido destacan las diferencias con las que marcar perfil propio y definir espacio electoral, el que en las próximas citas con las urnas inclinará la balanza del centro derecha a favor de uno u otro.

“Casado es el presidente del Partido Popular y Rivera es el presidente del partido de Rivera”. La primera diferencia, apuntada con ironía desde las filas conservadoras, hace referencia a una formación por la que han desfilado cuatro presidentes, el último elegido en un congreso con seis precandidatos, frente a otra de carácter personalista que gira alrededor de la figura de su jefe de filas y apenas ha dejado espacio a un liderazgo autonómico, el de la presidenta de Ciutadans, Inés Arrimadas.

Esto tiene mucho que ver con el partido al que representan. El primero arranca de la Transición y desde entonces viene ocupando el espacio de la derecha, particularmente desde la refundación de José María Aznar con las familias conservadora, liberal y demócratacristiana, lo que le ha permitido tener experiencia de Gobierno y una fiel base electoral que sólo perdió la confianza en el PP los últimos años de la era Rajoy. El segundo nació hace poco más de una década como reacción al nacionalismo catalán y auspiciado por un grupo de intelectuales que dejó la formación en manos de Albert Rivera para que diese forma a un proyecto que nació socialdemócrata y que acabó redefiniéndose, diez años después, liberal progresista.

Esto tiene mucho que ver con las críticas que recibe Cs y que de manera intensiva le propinan desde el PP. “Gira como una veleta a golpe de encuesta”, repiten desde las filas conservadoras. Y, desde el recambio al frente de la presidencia del PP, las diferencias entre los líderes de ambos partidos se han agudizado: el pragmatismo de Albert Rivera (38 años), el que le ha llevado a decir una cosa y la contraria sin apenas inmutarse, contrasta con el perfil liberal y conservador –también en lo personal–, muy ideologizado “al estilo de Esperanza Aguirre”, de Pablo Casado (37 años).

De la procedencia de ambos políticos se extrae el origen de algunas de sus diferencias. Especialmente en el modo en que ejercen su liderazgo. “Siendo los dos políticos de raza”, dice un dirigente que les conoce bien, Rivera “se deja llevar más por su intuición” y “enfatiza un carácter un poco ‘canalla’ propio de extrarradio de Barcelona”, lo que le lleva a ser “más impulsivo y personalista”. Nacido en Palencia, “Casado es el yerno ideal, escucha más y es más reflexivo”.

Esas diferencias de carácter están teniendo eco en uno de los terrenos donde comparten objetivos y estrategia: Cataluña. “Los dos partidos debemos cooperar en la batalla contra el separatismo y diferenciarnos en el eje izquierda-derecha”, dicen fuentes de estas formaciones. Pero el episodio de Rivera retirando lazos amarillos y la apelación del PP a su condición de partido de Gobierno para no espolear la “crispación” señalan las dos sendas que, de forma paralela, van a discurrir hacia las elecciones.

Las urnas que vienen

Las catalanas y las generales; el resultado de las primeras tendrá consecuencias sobre las segundas –y las tres últimas encuestas de medios catalanes arrojan un panorama similar al actual con una leve caída de Cs y un ligero aumento de PPC– y ambas son susceptibles de sufrir un adelanto en cualquier momento. Adelanto que, reconocen en sus filas, todavía no interesa ni a Casado  ni a Rivera.

Lo  mismo ocurre con las andaluzas. Aunque, en este caso, Ciudadanos parte con ventaja. Tras romper esta semana su pacto de investidura con los socialistas, el partido naranja se prepara para un anticipo electoral previsiblemente este otoño que permitirá a Susana Díaz presentarse a las elecciones antes de que la sentencia de los ERE pueda pasarle factura en las urnas y que ofrecerá a Rivera la posibilidad de medirse con Casado en un terreno donde el presidente del PP andará a ciegas –su candidato es Juan Manuel Moreno, que luce aún la etiqueta de sorayista– y el líder de Cs se arrogará parte de la gestión de una presidenta que gobierna desde junio de 2015 gracias a sus votos.

Aparecen aquí otras dos diferencias, aparentemente contradictorias, entre Rivera y Casado. El primero es capaz de llegar a acuerdos de gobernabilidad a izquierda y derecha; ejemplo son los pactos de investidura en Andalucía con el PSOE y en Madrid con el PP y el que negoció con Pedro Sánchez en 2016 y no salió adelante por falta de apoyos. Entre populares y socialistas, sin embargo, apenas cabe mencionar el acuerdo que, por circunstancias excepcionales, alcanzaron en 2009 Antonio Basagoiti y Paxti López para que éste último desbancara a los nacionalistas de la Lehendakaritza.

A pesar de ello, PSOE y PP intentan preservar el bipartidismo y, hace unos días, Rivera se quejaba amargamente de que el presidente socialista había recibido en Moncloa a Pablo Iglesias y a Pablo Casado y no había citado al partido que ganó las últimas elecciones catalanas. Porque, en la batalla por la hegemonía en la izquierda y en el centro derecha, las dos formaciones mayoritarias quieren seguir siéndolo y no les duelen prendas los gestos solidarios.

Sin apoyos externos, a Rivera sólo le queda explotar sus puntos fuertes. Como su apuesta por la regeneración democrática, revitalizando su demanda contra los aforamientos ahora que Pablo Casado espera el pronunciamiento del Tribunal Supremo sobre su máster en la Universidad Rey Juan Carlos. Sea cual sea este desenlace, Cs seguirá teniendo margen de  maniobra en este terreno mientras permanezcan vivos en los tribunales los casos de corrupción que salpican al PP.

En línea también con su concepto de eficiencia de la Administración, el presidente de la formación naranja choca con el líder conservador en las diputaciones. El PP es un partido de Gobierno. Gobierno central, municipal, autonómico y provincial. Casado responde a su larga tradición al frente de estos organismos y a Rivera es un escenario que le resulta ajeno. Sin deudas políticas que saldar, la formación naranja vende bien su intento de ‘demolición’ entre el electorado desencantado con las instituciones.

Del mismo modo, Ciudadanos propone una reforma de la ley electoral que limitaría la representación en el Congreso de nacionalistas e independentistas, pero también perjudicaría al bipartidismo del que forma parte Casado y beneficiaría sus propios intereses al dar más peso a las grandes provincias y ciudades, su principal caladero de votos.

Del mismo modo y de cara a las seguras elecciones europeas, municipales y autonómicas de 2019, el presidente del PP cuenta con la ventaja de una implantación territorial que Cs se afana por construir prácticamente de cero en algunos territorios. Aunque hacer las listas va a llevar trabajo porque, a diferencia de un Rivera incontestable en el seno de Ciudadanos, Casado tiene que terminar de coser el partido después de vencer a Soraya Sáenz de Santamaría con un 57 por ciento de los apoyos en el congreso extraordinario de julio y, por tanto, de acumular un 43 por ciento de votos en contra.

Diferencias en su liderazgo, en el origen de su partido, en su carácter, en su política de pactos, en sus fortalezas, en su concepto de la Administración y en su implantación territorial. Siete aspectos que habrán de marcar la diferencia entre los votantes de centro derecha. Votantes que, mientras las semejanzas en materia territorial y económica persistan, tendrán que fijarse en las diferencias –así lo subrayarán desde ambos partidos– para elegir su papeleta en las elecciones que se avecinan.

 

Casado suelta lastre


El presidente del PP ha prescindido del sociólogo de cabecera de Aznar y Rajoy. / EUROPA PRESS

 

Después de haber sido el asesor áulico de José María Aznar y Mariano Rajoy, el poder de influencia de Pedro Arriola parecía ilimitado. Sin embargo, su tiempo en el PP ha llegado a su fin.

La Información adelantaba hace unos días que Pablo Casado ha prescindido del sociólogo de cabecera de los dos expresidentes. Lo ha hecho después de haber sacado a su mujer, Celia Villalobos, de la Comisión Permanente del Congreso. Y lo ha ejecutado para satisfacción de los conservadores que le responsabilizaron los últimos años de la pérdida de los principios y valores del partido –a cuenta, por ejemplo, de la reforma mínima de la ley del aborto–.

A partir de ahora, el sociólogo Narciso Michavila y su empresa Gad3, que ya trabajaba para el Partido Popular, se encargará de todo el aparato demoscópico con el que el líder de la formación prepara su ascenso en las encuestas –lograr un mayor conocimiento  entre los electores es el primer objetivo– antes de tener que presentarse a las generales.

Por otra parte, quien tenía en su mano la posibilidad de allanar el camino de Casado o, al menos, dejarle dormir más tranquilo, era Soraya Sáenz de Santamaría. Este pasado jueves y después de que OkDiario asegurara que medita dejar la política activa de manera inmediata, la exvicepresidenta del Gobierno evitaba aclarar este extremo a los periodistas en el patio del Congreso limitándose a decir que antes debía hablar con el presidente de su partido, a quien había dejado ‘plantado’ en la reunión del grupo parlamentario que había tenido lugar horas antes en su último desaire como diputada del PP.