Entrevista / Sergi Belbel Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1250. 8  de junio de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Sergi Belbel, director y autor de teatro

“Las leyes de la realidad no son las del escenario”

“Dios mío, ¿es que ni siquiera en un día como hoy podremos tener un instante de paz?”, lamenta el personaje del escritor Stefan Zweig, poco antes de suicidarse, aniquilado anímicamente por el nazismo, en la obra ‘Una hora en la vida de Stefan Zweig’, que se representa en el Teatro de La Abadía de Madrid. Una función que Sergi Belbel (Terrasa, 1963) dirige creando sobre el escenario una atmósfera de intriga e inquietud. Y desde una premisa: “Aristóteles dijo que las leyes de la realidad no son las leyes del escenario”.

“Hemos querido rendir un homenaje a Stefan Zweig”   “Zweig cita en la obra a Montaigne: “La vida depende de la voluntad de otros; la muerte depende de nuestra propia voluntad”

¿A qué considera que se debe la actualidad de Stefan Zweig, de quien la editorial Acantilado está reeditando sus obras, de quien se estrenó hace unos meses una película sobre su exilio en Brasil, hay un musical sobre una de sus obras que protagoniza Silvia Marsó, y ahora llega esta obra sobre la última hora de su vida?
Yo creo que Stefan Zweig reúne muchas condiciones para ser una figura de primer orden. Tanto literaria como, yo diría, que humanística. Porque recoge una tradición que es la tradición del artista europeo. Una tradición que arranca del Renacimiento. Es la figura del creador literario, que recoge el pensamiento de los antiguos, de los filósofos griegos, lo recrea y lo dota de una dimensión humanística. Zweig cita mucho a Montaigne, que también está muy presente en esta función. Montaigne, el creador del ensayo moderno, el pensador que empieza a moldear la idea de Europa, que se plantea los límites de la libertad, la relación del intelectual con la sociedad, y la posición del escritor en su entorno. Considero que Zweig recoge perfectamente esa línea de pensamiento y le otorga una dimensión nueva. Porque recrea perfectamente ese pensamiento en relatos breves, en ensayos, en reflexiones, y en grandes novelas que son auténticas joyas literarias. Zweig tiene un estilo muy peculiar, es un extraordinario recreador del lenguaje. Es decir, reúne muchas condiciones para pasar a la Historia. Y tiene esa gran cosa, tan shakesperiana, de retomar detalles de la Historia para recrearlos literariamente y para hablar casi del presente y del futuro de la Humanidad. Y posee esa dimensión, también shakesperiana, de explicar su presente desde la Historia. Toda la obra de Stefan Zweig es plenamente vigente. Nosotros hemos querido rendirle un homenaje.

Ha afirmado usted que Lotte, la mujer de Zweig, que cuando se suicidaron tenía 35 años y el escritor 60, se convierte en el personaje fetiche de la obra porque decide realizar el suicidio desde una plena convicción.
Sí, yo creo que esa es la maestría de Antonio Tabares, el autor de esta obra, de enfocar a este personaje misterioso, interpretado por Celia Vioque. Lotte Altmann fue la segunda mujer de Zweig, y lo que hace Antonio Tabares es dotar al personaje de un significado literario y teatral. Ella inicia la función de una manera y la acaba de otra. Inicia todo un proceso, que todos podemos ver leyendo las obras de Zweig, un proceso de llegar al conocimiento, y ella parte de un relativo miedo a la pérdida de la existencia, al suicidio, hasta llegar al convencimiento pleno de que es lo mejor que podía hacer en ese momento. Y ejerce el suicidio casi como un acto de libertad, casi anticipándonos a ese maravilloso escrito de Albert Camus, ‘El mito de Sísifo’, que en ese eterno retorno de volver a empezar se plantea el suicidio como el mayor acto de libertad al que puede aspirar un ser humano. Un suicidio planeado. Y de hecho es lo que acaban haciendo tanto Zweig como Lotte. Y ella es en esta obra ese personaje, porque Zweig ya parte de que está muerto desde el primer momento de la función, pero ella todavía tiene un resquicio de vida, y lo convierte en una decisión sobre sí misma y con plena libertad y con plena convicción: El suicidio como un acto de libertad.

También ha dicho usted que Antonio Tabares comprime en el personaje del visitante todo el mundo de creación de Zweig.
Es que Tabares hace una pirueta. Zweig y Lotte existieron, claro, realmente y se suicidaron el 22 de febrero de 1942 en Petrópolis, Brasil. Pero este personaje que llega esa noche a la casa de Zweig, una hora antes de la planeada para el suicidio, es una invención de Antonio Tabares. Y este personaje de ficción, Samuel Fridman, es un trasunto de los propios personajes de ficción de Stefan Zweig. Dice frases de muchas de sus novelas, tiene una obsesión particular que tienen algunos personajes de Zweig, y es como si un personaje creado por mis ficciones se apareciera de repente en mi casa. O yo viera en ese personaje elementos de mis propias obras. Y el personaje de Stefan Zweig, que interpreta Roberto Quintana –un actor de raza–, vive con sorpresa la situación, porque de repente tiene delante a alguien que irrumpe en su vida en un momento muy intespestivo e inoportuno, pero no deja de referirse a obras que él ha escrito. Es como si viera en carne y hueso a uno de los personajes que él ha creado. Y eso tiene atractivo. Y ese personaje se rebela contra Zweig. Porque incluso llega a poner en tela de juicio que Zweig tenga derecho al suicidio. Dice: “No lo entiendo. Puedo comprender que alguien sienta la tentación del suicidio cuando se está a punto de caer en manos de la Gestapo, o en el terror del campo de concentración. Pero aquí, a miles de kilómetros del peligro real, lejos de toda amenaza… usted no tiene derecho a pensar en el suicidio”. Y Zweig citará a Montaigne: “La vida depende de la voluntad de otros; la muerte depende de nuestra propia voluntad”. En definitiva se trata de un tema como el de Franckestein: El monstruo que has creado se revuelve contra ti.

En el programa citan ustedes una brillante frase de Zweig: “No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre”.
Toda la obra de Stefan Zweig está llena de frases sensacionales. Hay que leer sus libros con un bolígrafo en la mano, subrayando. Me parece una frase maravillosa. Es maravilloso que una persona que se suicidó llegue a escribir esa frase. Y, finalmente, aunque Zweig y Lotte se suicidaran, esta obra es un canto a la vida. Parece paradójico. Pero es real. El autor se quitó la vida, pero ese autor ha dejado un legado maravilloso que supone un canto al amor, a la vida, y al entendimiento entre los pueblos, entre las personas y entre las civilizaciones. Y Zweig es un escritor colosal que cuando lo releemos dan ganas de hacer justamente lo contrario de lo que él hizo, porque a mí sus libros me producen ganas de vivir: De seguir viviendo y creyendo en el ser humano.

¿Dónde se encuentra usted más cómodo, como autor o como director de teatro?
Más cómodo como director, sin duda alguna. Además, yo soy un director raro. Porque yo no me siento director, aunque dirijo más que escribo. Yo me siento un autor que dirige. Porque lo que realmente me fascina es la escritura del autor. Tanto en el caso de que esté vivo, como del autor clásico en el caso de que esté muerto. Yo admiro profundamente a Antonio Tabares. En su día, constituyó para mí un descubrimiento, una revelación. Para mí, dirigir su texto es aprender como autor. Porque yo no me siento un director en el sentido de “voy a coger la palabra de éste y a hacerla mía”. No, hacerla mía, no. Lo que busco es acercarme yo a él. No hacer yo mi creación. Porque para hacer yo mi creación escribo mi propio texto. Para mí, dirigir textos de la calidad de los que escribe Tabares supone una escuela de aprendizaje. Aprendo de él. Hay una fascinación de autor a autor. Y así era la dramaturgia hasta el siglo XIX. ¿Por qué resultó tan explosivo el teatro isabelino? Porque los autores se prestaban cosas. Y Shakespeare aprendía de Marlowe. Y yo reivindico eso: Que la dramaturgia sean préstamos. Y la jugada es que en el Romanticismo apareció el concepto de plagio. Que no podíamos copiarnos. Pero yo, si pudiera, copiaría los textos de Tabares. Y siempre lo he sostenido: No hay que escribir para los directores, hay que escribir para los actores. Que es lo que los autores han hecho en toda la historia del teatro desde la época de los griegos. Escribir para los intérpretes. ¿Y que luego venga otro y lo resitúe? Pues que venga otro y lo resitúe. Pero el autor tiene que estar siempre a pie de escenario. No en su casa, encerrado en un despacho, escribiendo para el director, como algunos concibieron equivocadamente a finales de los años 70 y principios de los 80 del siglo pasado.

Suele usted citar una frase de Aristóteles: “La verosimilitud no tiene nada que ver con la realidad”
Esa es la gran lección. Yo reivindico a Aristóteles porque me pregunto cómo una persona en el siglo IV antes de Cristo escribe un opúsculo muy misterioso, denominado ‘La Poética’, y cómo ya entonces Aristóteles supo verlo todo, ver lo que era el teatro, y dice que las leyes de la realidad no son las leyes del escenario. Y es algo que tú, cuando eres joven, no le concedes excesiva importancia, pero a medida que vas haciendo teatro te das cuenta de lo difícil que resulta definir el teatro, porque elementos reales llegan incluso a perturbar lo que es la ficción teatral. Mire, si durante una función se rompe un vaso accidentalmente y la actriz va descalza, y el público percibe que ese vaso se ha roto accidentalmente y no forma parte de la ficción, el espectador se va a salir de la función, porque va a estar más pendiente de cuándo la actriz se va a cortar en un pie que de la trama. Para mí, cuando irrumpe la realidad en el escenario, esa realidad pervierte la teatralidad. Y las leyes de la verosimilitud a veces tienen poco que ver con las leyes de la realidad. El teatro consiste en una cierta manipulación de la realidad, pero no es la realidad. Yo siempre digo que uno de los impactos más grandes de mi vida fue ver morir a mi padre. Pero luego he pensado que si yo reproduzco ese momento tal y como fue sobre un escenario, el público diría: “Que actor tan malo”.

“El complejo tema catalán”

Hace unos años afirmó usted: “Los españoles han de entender que el proceso independentista catalán no tiene marcha atrás”. ¿Qué piensa ahora?
Pienso exactamente lo mismo, que el proceso independentista catalán no tiene marcha atrás. Pero bueno, estábamos hablando de teatro, de una obra de Stefan Zweig que toca el tema del nacionalismo, evidentemente en otro contexto, porque se trata de la Segunda Guerra Mundial y del nazismo. No tiene nada que ver con el asunto catalán. Pero es muy complejo lo que está sucediendo en Cataluña. Absolutamente complejo. No quiero meterme políticamente en hacer ninguna afirmación. Sólo decir que el proceso es mucho más complejo de lo que muchas veces sale en los medios. Y aconsejaría a todas las partes, tanto a la nuestra, los catalanes, como al resto de españoles, que intentaran comprender, porque hay mucho prejuicio. Y finalmente la gente es la misma, aquí y allí. Pero las vivencias son distintas. Y muchas veces se juzga algo sin haberlo vivido. Produce tristeza ver cómo se lee de diferentes maneras desde una parte o de otra. Y se aleja de lo pacífico. Y ahí es donde hay que poner el punto de exclamación. Porque la paz debe estar por encima de todo. Para que no vuelvan a suceder cosas como lo que estamos presentando en el escenario con esta función y con este autor, Stefan Zweig, que sufrió realmente en vida una situación que no deseamos a nadie.