Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

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 Nº 1233. 9  de febrero de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

El pasado que nunca se ha ido


Javier Marías acaba de publicar en Alfagura Berta Isla. / EUROPA PRESS

No es que vayamos hacia atrás, es que estamos atrás. Lo demuestra el lance del gobierno proponiendo a Francisco Pérez de los Cobos para el Tribunal Europeo de Derechos Humanos: ese individuo con carnet del partido quedó el último por alfabetismo idiomático; lo que no vale para Europa, se queda aquí con sus puñetas. Y para sustituirle, la catedrática María Elósegui se sentará si no lo remedian los dioses con el sillón después de falsear su currículo sin que pase nada; una ristra de artículos y conferencias de la susodicha ha demostrado su homofobia, su transfobia, su negativa a aceptar el aborto, como si todavía estuviera en el siglo XIX, que es donde está y estamos. Y da igual que Elósegui tenga ya el rechazo de los grupos LTGB europeos: sigue en sus trece y no se retira ni por asomo.

El caciquismo que pervive
Todo fósil y pretérito, todo decimonono, con las venas de la sociedad estragadas; esas entrañas decimonónicas pueden verse en Doña Perfecta, novela de Galdós que aparece al cuidado de Ignacio Javier López (Ediciones Cátedra). Ahí queda ya esbozado ese mundo caciquil encarnado en los campos: en connivencia con las fuerzas vivas, políticos y canónigos, Doña Perfecta recurre a todo para que nadie “de la cáscara amarga” (los liberales), traspase las fronteras de Orbajosa con deseos de modernidad. La intentona de la revolución liberal había fracasado y Pepe Rey se convierte en alegoría, y víctima, de esa situación que se repetirá en todos los campos de España.

-Galdós se limita a describir el proceso histórico de ese fin de siglo, pero Valle-Inclán trata de describir lo que esa realidad oculta o falsea: denuesta la situación, se burla de ella de forma sangrante en El ruedo ibérico, que también aparece en Ediciones Cátedra con el texto anotado. La trama de esta trilogía formada por La corte de los milagros, Viva mi dueño y Baza de espadas (ésta inconclusa), ocurre en diecinueve jornadas, las últimas del reinado de Isabel II y los preparativos de la revolución de 1868, que de Gloriosa sólo tuvo el nombre. Que el alcahuete de los amoríos de la reina, el marqués de Torre Mellada, tenga que ocultar en lejana finca a su hijo que ha defenestrado y muerto a un guardia durante una juerga de señoritos, sirve de arranque para una foto fija de toda la sociedad, de la que no se salva nadie: empezando por una reina cuya lascivia tapa el Vaticano concediéndole la Rosa de Oro, y que toma las decisiones políticas «para el buen servicio de la iglesia y del Estado»; y siguiendo por unos políticos mezclados con cuatreros, unos clericales dispuestos a frenar por cualquier medio el avance de los liberales, unos espadones como Narváez (que muere en ese momento) o como Prim que juegan bazas personales; por unos representantes del pueblo tan bajunos como los de arriba, y son únicamente la canalla; por unos intrigantes que ven campo abonado para la ambición entre dos guerras civiles, resueltas con una lenidad que hace más negro todavía el chafarrinón que Valle-Inclán bosqueja.

Valle-Inclán trata de describir esa realidad de fin del siglo XIX, pero denuesta la situación,
se burla de ella de forma sangrante en El ruedo ibérico, que aparece en Ediciones Cátedra.


La historia siempre se repite con distintas formas y otros fantasmones disfrazados. La lectura muestra la capacidad de irrisión del novelista, su forma de «interpretación intrínseca», que Julián Marías vio en el cuadro descrito por El ruedo ibérico: un ruedo de víctimas y sayones sobre un coso en el que termina desangrándose el animal muerto. Que cada lector identifique la piel de ese toro.

El regreso del guerrero
Diría, si me atreviera a utilizar versos de Luis Cernuda, que «a vuestros escritores de hoy ya no los leo», y creo que para leer el presente es mejor espejo ese siglo XIX; pocos nombres son las excepciones que también salvaba el poeta andaluz. Una de ellas, Javier Marías, acaba de publicar, Berta Isla (Editorial Alfaguara), que da una vuelta de tuerca a uno de los mitos mas viejos de la literatura: la reaparición del guerrero después de muchos años, ejemplarizada ya por Ulises: su Penélope se pasó la ausencia tejiendo y destejiendo para no casarse de nuevo: Marías, que ha venido merodeando por El coronel Chabert de Balzac y citando la historia de ese viejo soldado napoleónico que, dado por muerto, encuentra a su vuelta a su mujer casada, retoma ese episodio real que dio lugar a usurpaciones como las de Martin Guerre, suceso verídico que Dumas noveló en El regreso de Martin Guerre, la breve novela de Balzac –la traduje hace más de veinte años (Editorial Valdemar)–, es un ejemplo de concisión narrativa, de profundización en el desgarro interno porque a Chabert le han robado apellido, mujer y fortuna. Gerard Depardieu lo interpretó en 1994, última de las adaptaciones cinematográficas de la novela que el propio Balzac trasladó a teatro.

Marías retorna al mito convirtiendo al viejo soldado en un agente secreto que abandona el hogar días, meses, años, y reaparece de forma intermitente ante su esposa, esa Berta Isla que ignora además los motivos de esa ausencia. La trama cuenta desde los orígenes de la relación amorosa hasta el regreso del héroe rendido que, después de dejar toda su vida a la espalda, retorna con el pellejo moral roto. El drama de la soledad de ambos, de la comunicación interrumpida, terminará volviendo consciente a Tomas Nevinson de que él y Berta son simples monigotes de una historia que no les ha pertenecido nunca.

La escritura de Marías, una de las pocas actuales que merece la excepción referida en el verso cernudiano, es literatura, eso que ya no suele darse, porque los narradores de hoy buscan sus lectores entre esa masa amorfa que, aunque puede leer, no sabe hacerlo y se contenta con novelas históricas, que ni son historia ni novela, o con narraciones que hacen memoria del pasado reciente desde un yo tan personal que no interesa demasiado, etc. Todo sea para conectar con esa clase media que obsesiona a los políticos en época electoral, para conseguir el best-seller y el voto. Y así, Íñigo Errejón se permite despreciar a uno de los mejores narradores de hoy, cosa no de extrañar en un político, porque la cultura de la mayoría no pasaría un examen de final de bachillerato; y ese desdén ya es “fábula de fuentes” y llega a los libros: un personaje de Edurne Portela larga un desaire –“qué rollo de libro” el del “Marías este”– contra el escritor (en Mejor la ausencia, novela de la que ya hablé aquí). Molesta la figura de Marías y sus artículos le han cavado una fama de viejo gruñón porque reflexiona, por lo demás sin la menor ira, contra los tópicos de nuestra vida social. Juzgar el valor poético de Gloria Fuertes –una poeta de chiste, infantiloide– levantó contra él a las redes, esa biblioteca de la estupidez universal. Y eso que sólo gasta en ellos un poco de sentido común, no la cólera de un Valle-Inclán contra la realidad pastueña en que vivimos.

 

Por encima de la ley
Ya que gracias a Javier Marías pasamos por Balzac, otra novela suya, Ferragus, jefe de los Devorantes, acaba de se reeditada (Editorial Minúscula) en traducción de Marta Hernández. Es la primera hoja de un tríptico amparado por el título Historia de los Trece, y que completan La duquesa de Langeais y La muchacha de los ojos de oro, relato que tanto encomiaba Marcel Proust por el carácter equívoco de los amores narrados. Bajo el nombre de Los Trece se escuda una secta de hombres que actúan por encima de la ley, y que “no tiemblan ni ante el verdugo ni ante la inocencia”; es el mito del poder secreto y sin nombre que gestiona el mundo, como vemos que hace en el siglo XXI la globalización del poder financiero. En este “estudio de mujer” doblemente negro, Ferragus encarna a un presidiario escapado, que, muerto civilmente, es sin embargo tan poderoso que ostenta el toisón de oro, insignia recientemente revivida en estos lares. En medio de una gran dosis de misterio, asesinatos y violencia, hasta el punto de que a alguno podría parecerle una novela gore avant la lettre, Ferragus precipita la desgracia de su hija –envenenada por los celos infundados del marido–, precisamente por su amor paterno. Y como marco, el retrato de un París que Balzac empieza describiendo como un monstruo jerarquizado por el orgullo aristocrático y la fortuna de la alta burguesía, donde la descripción de la gente menuda –obreros, criados, mendigos, etc. –adquiere tintes fantásticos. Lo fantástico social, que enunció Charles Nodier para definir un realismo fuertemente expresionista y poético, el terreno mismo, aunque con otra virulencia, donde se mueve Valle-Inclán.

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  



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