Entrevista a Cristina Marcos Tiempos de hoy

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 Nº 1233. 9  de febrero de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Cristina Marcos, actriz

“El optimismo vende más que la tristeza”

En ‘Una vida americana’ interpreta a una mujer fuerte que llena con su carácter una existencia vacía, después de que su marido, americano, la abandonara a ella y a sus dos hijas hace 20 años en un barrio, Tetuán, de Madrid, con bares que olían a vermut y a tedio. Cristina Marcos (Barcelona, 1963) pasó cuatro años en su ciudad natal y sus padres la trajeron a vivir en Madrid. Hizo una prueba y deslumbró en ‘Maravillas’, aquella hermosa y extraña película que protagonizó en 1980 junto a un Fernando Fernán Gómez sublime. Años después ganó el Goya a mejor actriz (‘Todos los hombres sois iguales’). Es una luchadora, como Paloma, su personaje en ‘Una vida americana’, que dice: “La vida es dura para todo el mundo”. La obra representa en el teatro Galileo de Madrid hasta el 11 de marzo.

“Una vida americana’ es una obra muy compleja que habla del dolor, de intentar olvidar el dolor”   “Yo considero que mi trabajo como actriz es como contarle un cuento a un niño”

La autora, Lucía Carballal, ha escrito de ‘Una vida americana’: “Esta obra es un viaje hacia el origen. El origen de un pesar quizá inexplicable. El pesar de una mujer, una familia y un país, España, que tiende a compararse y que a menudo se siente acomplejado y solo”. ¿Está usted de acuerdo?
Sí, en general estoy de acuerdo con todo lo que dice Lucía Carballal. Sabe de lo que habla. Esta es una obra muy compleja, que habla del origen, del dolor, habla de divertirse, de olvidar el dolor, de intentar ir hacia adelante, de introducirse en unas tristezas sin fondo, de no entender por qué te abandonaron, de arrastrar a lo largo de la vida unos dolores terribles. Las diferentes actitudes de cada persona. Yo interpreto el personaje de Paloma, la madre, que tiene dos hijas, y se topa con la insistencia de la primogénita de querer encontrarse en Estados Unidos con el padre americano que las abandonó cuando esa niña sólo tenía diez años. Y esto es lo que mueve la historia: la insistencia de este personaje, Linda, al que interpreta Esther Isla, en ir a Norteamérica. Y la madre accede a gastarse sus ahorros en pagar el viaje a toda la familia para ir desde el barrio madrileño de Tetuán a un camping de Minnesota. Este viaje, para mi personaje, será una cosa de bastante dureza, bastante canalla, porque significa enfrentarse a cosas de las que ella nunca ha querido hablar, porque prefiere ir hacia adelante, pero que le suponen mucho dolor. Paloma tiene una relación con la hija mayor, Linda, muy especial. También tiene una buena relación con la hija pequeña Rose, interpretada por Vicky Luengo, un personaje que ahora es de género neutro y se hace llamar Robin Rous. Este asunto también está tratado en la obra de manera deliciosa, el tema de la identidad sexual de las personas. La madre consigue que la hija pequeña, en principio reacia, también viaje con ellos a Minnesota para ayudarlos. Y está también el novio de la hija mayor, Levin, al que encarna César Camino, que llega al camping y con quien Linda mantiene una relación muy especial. Levin es de origen judío y esto da pie a montar bastantes momentos lúdicos en la función. Levin también vive en Tetuán, tiene un hijo de tres años y se separó de su mujer por su amor hacia Linda. La obra habla de cosas pesarosas en la vida, pero a la vez se mezcla con cosas con las que ves que la gente se ríe mucho. Cuando leí la función por primera vez me pareció un gran enigma. Los secretos. Esa obsesión de la hija mayor. Lo nunca dicho. Paloma es un personaje extraordiario.

Su personaje vive en el vacío desde el abandono 20 años atrás de su marido americano, ¿no?
Yo creo que Paloma no vive en el vacío, seguramente se quedó vacía cuando la abandonaron, pero es un personaje que viene a decir a sus hijas: “Yo me he esforzado, yo siempre he querido avanzar, hacer vosotras lo que os dé la gana, yo sólo he querido enseñaros a mirar hacia adelante que es lo único que sé y lo que la vida me ha enseñado a hacer”. Es decir, ella arrastra como puede su dolor. Dice en la función: “La gente se va como se muere, sin explicación”. Quiere sacar adelante a sus dos hijas. Y sus dos hijas están en una edad y en una época, la actual, en España, en la que las cosas no son fáciles. Linda está en el paro y necesita de la ayuda de un psiquiatra por los fantasmas que la atormentan. La madre quiere que sus hijas vayan hacia adelante. Pero accede a los deseos de Linda de ir a América y se mete en un gran embolado. Porque finalmente tiene que contar muchas cosas que hasta entonces había preferido callar. Pero considero que el personaje de Paloma no está en el vacío.

Lucía Carballal ha escrito que “la tristeza es hoy en día el mayor de los tabúes”.
Creo que en eso tiene razón en parte. Pero esto es algo que ha pasado muchas veces. Que el optimismo vende mucho más. Es una frase que también dice mi personaje en la función: “El optimismo es más comercial”. Si es: “–Hola, ¿qué tal estás? –Pues muy bien…”. Esto resulta más agradable que: “–¿Cómo estás? –Fatal, deprimidísima. –Bueno, pues hasta luego, y ya me lo contarás otro día”. No se quiere eso. Se huye de la tristeza. Es como si la tristeza fuera un peligro. Como si la tristeza del otro te fuera a atrapar y no te fuera a dejar respirar. Creo que tiene razón la autora. Me gusta mucho lo que dice. Ha sido una suerte que la hayamos tenido con nosotros en el proceso de creación. Me ha ayudado mucho poder hablar con ella. Porque es una dramaturga actual y muy abierta a que en el proceso de creación se cambien cosas y que se corten otras cosas en virtud a la evolución de los personajes y del hecho creativo. Ha estado todo muy bien.

Cuando hace meses leyó el texto original de ‘Una vida americana’, el crítico teatral Marcos Ordóñez escribió un artículo en el que decía sobre esa familia perdida en Minnesota: “¿Una familia rara o, como se dice ahora, disfuncional?”. Y se responde: “Lo que es rara es la vida y muy, muy disfuncional”. ¿Está de acuerdo?
En este caso estoy muy de acuerdo con Marcos Ordóñez. En este caso.

Usted ha trabajado en varias obras de autores españoles jóvenes. Ahora con Lucía Carballal. Pero antes con Jordi Galcerán –‘El método Grönholm’– o Paco Bezerra –‘La escuela de la desobediencia’–. ¿Observa talento en los jóvenes dramaturgos españoles?
Yo he tenido mucha suerte y soy muy afortunada de haber hecho ‘El método Grönholm’ y ‘La escuela de la desobediencia’. Yo creo que hay autores muy interesantes actualmente. Otra cosa es que tengan posibles para poner en pie y para hacer montajes que puedan durar en el tiempo. Eso es otra cosa… Y antes que ellos ha habido mucha gente, como los que se llamó ‘autores underground’, que no han podido estar, casi no han estrenado, y es una pena.

Hace años dijo usted: “El teatro es como la carrera de fondo en el atletismo y el cine es el sprint”. ¿Sigue pensando igual?
Sí, siempre lo he pensado así, desde que empecé a combinar los tres medios, cine, teatro y televisión. Que el teatro es aquí, se abre el telón, y hasta que no se acaba la función no te corta nadie. Y es un descomunal flujo de energía que te viene, “bluuuufff”, un flujo constante hasta que completas todo el dibujo. En la televisión a veces haces más planos-secuencia, porque hay varias cámaras. Y el cine es diferente: la energía tienes que medirla de otra manera. Pero todo sigue siendo lo mismo, yo considero que mi trabajo es como contarle un cuento a un niño. No deja de consistir en eso nuestra profesión. Aunque el señor y la señora del público sean mayores, es como si dijeran: “¿Me cuentas un cuento?”. Y les respondemos: “Sí, os vamos a contar un cuento”. Así ocurre en el cine, en el teatro, y en la televisión.

Usted es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. ¿Llegó a ejercer su carrera? ¿Ha pensado en algún momento en retomarla?
No, al terminar los estudios lo dejé ahí. Alguna vez hice algún trabajo con el que algún profesor me dijo: “Esto es sensacional, incluso publicable, si le interesa póngase en contacto conmigo”. Y me dio tanta vergüenza que no… No les dije nada, no los llamé… Recuerdo que suspendí árabe y en la recuperación saqué sobresaliente. Tuve buenos profesores. Y es una carrera interesante. Pero luego no me dediqué a ello, nunca la ejercí. Y fue bonito también porque me condujo a leer textos clásicos, a familiarizarme con el mundo clásico, y resulta muy interesante verlo desde cierto sitio. Y con el paso del tiempo se me ha olvidado mucho lo que estudié. Tengo buena memoria como actriz que soy. Pero los textos que aprendo para interpretarlos luego procuro olvidarlos. Quito unos para que quepan otros. Hay gente que los lleva todos juntos. Bueno, pues yo no.

Ha dicho usted que en España “la edad es un problema para una actriz, porque no se escriben historias para mujeres de determinada edad”. Esa es una queja muy extendida en su profesión, ¿no?
Claro, y además es una cosa muy antigua. Lo que no sé, y me lo pregunto frecuentemente a mí misma, si es así porque los autores son más jóvenes y no tienen la experiencia vivida para escribir sobre gente un poco más mayor… Pero no me parece que sea así. Porque también hay autores en otros países que sí lo hacen, o grupos de autores que trabajan juntos que sí lo hacen. No sé si es una cosa característica de aquí, que no interesa. No lo sé. Pero sí es verdad que somos muchas actrices. Somos muchas para lo que es este país, España, y para la industria que tiene este país. No sé cómo se podría hacer.

Usted se incorporó la temporada anterior a la serie televisiva ‘Cuéntame’, donde interpreta a la dueña del bistró. En Estados Unidos hay críticos que sostienen que actualmente el talento está en la series, pero en España los actores se suelen quejar de la premura con la que les llegan los guiones y de la falta de tiempo para ensayar.
Sí, hay series que están bien y series que no están tan bien. Ahora parece que hay un florecimiento de las series, que hay más series, pero también hay cosas buenas y cosas malas. Al menos yo espero que las series proporcionen trabajo para más gente.

La atmósfera de Tennessee Williams

 ‘Una vida americana’ es una obra de pasiones desatadas, de personajes con el alma en carne viva, es una función con fuego y frío, el fuego y frío de la vida. Lucía Carballal (Madrid, 1984) lee el alma humana con la milimétrica precisión poética con que lo hacía Tennesse Williams. El dolor, la oscuridad y las emociones de la vida transitan sobre una obra, ‘Una vida americana’, de una poderosa carpintería teatral invisible. Lucía Carballal tiene un pulso dramático descomunal. Miguel del Arco vio en la sala Princesa del Centro Dramático Nacional ‘Los temporales’, primera obra en representarse de esta autora, y en 2016 concedió a Lucía Carballal la Beca Artística de El Pavón-Kamikaze. A partir de ahí esta autora escribió ‘Una vida americana’ y otra obra que Israel Elejalde protagonizará en El Pavón.

Cristina Marcos asegura que para poder crear su personaje le “ayudó mucho hablar con la autora”. Lucía Carballal ha escrito también adaptaciones de piezas teatrales como ‘Platonov’, de Chéjov, o ‘El misántropo’, de Molière. Lucía Carballal pasó su infancia en el barrio madrileño de Tetuán, donde viven los personajes de ‘Una vida americana’. “Papá se fue porque no pudo aguantar Tetuán, porque en Tetuán no hay quien respire”, afirma uno de los personajes. En la función hablan de los vermuts de los bares de Tetuán y de las hamburguesas de Minnesota. “Pero este cielo no lo tienes en Madrid, míralo bien porque nos ha salido carísimo”, dirá Paloma/Cristina Marcos. Es como si Tennesse Williams inspirara desde la Plaza de Castilla a una dramaturga con una impresionante voz propia.