Entrevista a David Lizoain Tiempos de hoy

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 Nº 1231. 26  de enero de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

David Lizoain, economista, autor de ‘El fin del Primer Mundo’

“En España la crisis pinchó también la burbuja de la ilusión”

Ha vivido en varios países. Su padre es de Pamplona y su madre de Toronto. Pasó su infancia en Canadá. Es economista y cursó sus estudios en Harvard y en The London School of Economics. Ha vivido en Barcelona y ahora reside en Madrid. David Lizoain acaba de publicar ‘El fin del Primer Mundo’ (Catarata), un libro fundamental para entender la economía y la política después de la Gran Recesión. “En España no sólo se pincha la burbuja del sector inmobiliario, sino que también se pincha la burbuja de la ilusión”, afirma.


ALEX PUYOL

“El fallo de diagnóstico respecto al capitalismo financiero hizo que la crisis pillara desprevenida a la mayoría de la izquierda”   “Sin una mayor cooperación del espacio que representa Podemos y el que representa el PSOE difícilmente vamos a tener mayorías de progreso en este país”

¿Qué le llevó a escribir este libro?
A nivel personal estuve unos años muy metido en el tema catalán, fui de la Ejecutiva del PSC, y me di cuenta de que era una especie de bucle, que siempre estábamos debatiendo las mismas cosas, sólo que cada vez de forma más polarizada y de manera más vehemente, pero sin grandes avances intelectuales. Entonces me planteé que tocaba apartarme de eso e intentar hacer una reflexión más global de lo que estaba pasando, no sólo en España, sino en lo que se denomina el Primer Mundo: en Europa, en Norteamérica y en Japón. Porque creo que hay una serie de pautas que me parecía interesante analizar, una serie de fenómenos que estaban ocurriendo en este espacio compartido. Este libro ha sido una oportunidad para investigar mucho y espero que haya sido una aportación útil al debate público, y sobre todo al debate público entre los progresistas de este país.

Ignacio Sánchez Cuenca, en el prólogo de su libro, hace hincapié en que al empezar la Gran Recesión incluso Nicolas Sarkozy habló de “la necesidad de refundar el capitalismo”, pero que, finalmente, en Europa los partidos socialdemócratas han obtenido “sus peores resultados desde la Segunda Guerra Mundial”. Sánchez Cuenca también indica respecto a la tesis de su libro que “la crisis no ha favorecido a la izquierda, sino que ha provocado un reflejo reaccionario”.
Sí, yo creo que la debilidad de la izquierda se explica en gran medida no sólo en cómo gestionó la crisis, en cómo gestionó sus respuestas a la crisis, sino también en cómo se había comportado antes de la crisis. Porque yo hago mención en el libro a que parece que hubo un cierto fallo de diagnóstico y que se dio un exceso de optimismo respecto al funcionamiento del capitalismo financiero, que hace que pille desprevenidos a la mayoría de partidos de izquierdas. Y como ese diagnóstico queda muy caducado por la crisis financiera, también estos partidos de izquierdas tienen después una gran dificultad para armar lo que sería una respuesta contundente y adecuada a este shock. Y lo vemos en cómo secundaron ciertas políticas de austeridad, de restricción presupuestaria, y en cómo los costes de la crisis se han repartido de manera desigual: los más desfavorecidos han soportado una carga superior. Y, por consiguiente, ante esa falta de alternativa, quienes han llenado este vacío, o están tratando de llenarlo, son fuerzas nacionalistas autoritarias completamente reaccionarias.

Escribe usted en el libro: “Lo que fue tan chocante de la recesión en España no fue la crisis, sino el contraste que suponía respecto al éxito que había experimentado el país”.
España es un país que tarda en llegar al Primer Mundo. Si hacemos el contraste de dónde estaba un país como Canadá en los años 50 respecto a un país como España, pues estamos hablando en España de cosas como la electrificación y estamos en el ideario mental de Las Hurdes. Pero posteriormente, durante los años de la Transición y con la llegada de la democracia, se produce un auge tremendo del poder adquisitivo de los ciudadanos. Y cuando la democracia se consolida se percibe también una consolidación de las clases medias. España se instala en la Unión Europea y en el progreso internacional que supone la OTAN. Y todo ello transcurre en un relativo breve espacio de tiempo y hace que ese crecimiento sea más frágil y que la recesión resulte más brusca, porque choca frontalmente con ese optimismo existente en los años de la burbuja. En España no sólo se pincha la burbuja del sector inmobiliario, sino que también se pincha la burbuja de la ilusión.

Dice usted también en el libro: “La política actual permanece profundamente anclada en mentalidades del siglo XX”. Y añade: “Cuando se piensa en el futuro, cada vez parece más probable que sea una distopía y no una utopía”.
Sí, me gusta mucho una frase del crítico literario estadounidense Frederic Jamsson que plantea que en nuestro imaginario es mucho más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Es decir, que en esta pugna del capitalismo y el comunismo estamos instalados en que no hay alternativas. Y yo considero que sí las hay. El libro trata de explorar esas alternativas. Pero no creo que gran parte de las fuerzas políticas tradicionales se hayan adaptado a esta nueva realidad. Están tardando en reaccionar. Continúan actuando por inercia, como si no hubiera existido la gran crisis. Y ocurre que, aunque hayan cambiado profundamente en muchas cosas las condiciones materiales en grandes capas de la población, y también las expectativas de esa población, en la oferta política, al menos dentro de la socialdemocracia convencional, el cambio no ha estado a la altura de la nueva realidad.

También sostiene que “la caída del Muro de Berlín fue el triunfo decisivo del Primer Mundo y de todo lo que éste representaba, sobre todo el fundamentalismo de mercado”.
Aquí estoy haciendo mención a la tesis de Fukuyama en ‘El fin de la historia’, en el que tras la caída del Muro de Berlín este teórico plantea que han triunfado dos cosas: la economía de mercado y la democracia liberal. A mi juicio lo que vemos tras la caída del muro es que colapsa el Segundo Mundo, es decir, la alternativa comunista. Pero lo que realmente termina tomando el dominio del planeta es un modelo económico cada vez menos regulado y una globalización cada vez más extendida, muy relacionado todo ello con esos postulados de la liberalización.

Desarrolla usted un concepto llamativo. Escribe: “China se ha erigido en defensora del viejo orden: donde Nixon se fue a China, Xi Jinping se fue a Davos. Sabes que el mundo transita por un camino peligroso cuando el garante del capitalismo es un partido comunista”.
Es una ironía que parece que lo que está pasando en el Primer Mundo es que está siendo devorado por su propio éxito. Lo que intento señalar en la Introducción del libro es que el contraste entre el capitalismo de mercado y la democracia liberal con el modelo soviético juega con la ventaja del modelo del Primer Mundo en el que se supone que la gente es más libre y se supone que su poder adquisitivo es superior. Y eso hace que a la hora de justificar ese sistema siempre se pueda decir: “Pues mira, si lo comparamos con la alternativa estamos mucho mejor”. Y ahora mismo, por falta de alternativa, la gente empieza a dudar sobre estos postulados y sobre en qué medida las cosas van a ir a mejor y las economías se van a consolidar. Mientras, China lleva 30 años de crecimiento sostenido y es donde menos dudas hay sobre la idoneidad de este modelo de globalización. Porque los grandes ganadores son ellos. Y se da la curiosa paradoja de que un partido que se llama comunista esté defendiendo el libre comercio.

Según usted, “el Primer Mundo se ha vuelto pesimista y ha comenzado a perder la fe en el futuro”.
Me parece que esto no es sólo una apreciación subjetiva sino que se fundamenta en los datos actualmente existentes. Si preguntas a las personas si consideran que los hijos de aquí a unos cuantos años vivirán mejor que los padres, hay una respuesta que se suele dar en Europa y en Estados Unidos y es que la gente empieza a decir que no. Que ya no hay esa idea de que cada generación vaya a vivir a mejor. Y considero que en España todo esto lo estamos viendo de forma clarísima. Los recién licenciados universitarios están encontrándose en condiciones de precariedad absoluta, con mercados inmobiliarios donde difícilmente acceden al alquiler. Y de vivienda de compra ni pensarlo, claro. Y unos mercados laborales muy polarizados. Hay un estancamiento en las condiciones materiales que da pie a esta percepción. En el libro describo que hace algunos años fui testigo de una escena deprimente en Barcelona: vi cómo a una universitaria recién licenciada le felicitaban sus amigos por haber conseguido un puesto de trabajo muy solicitado en Starbucks.

Usted ha sido asesor económico en el Departamento de Presidencia de la Generalitat y secretario de Estudios y Programas del PSC, partido a cuya Ejecutiva perteneció hasta 2015. ¿Cómo ve la evolución de la socialdemocracia?
La cosa está muy complicada. En las Conclusiones del libro formulo unas reflexiones sobre cómo construir unas nuevas mayorías progresistas. Y a mi entender claramente necesitamos unir las conexiones ideológicas para ampliar la base progresista. Sin una mayor cooperación del espacio que representa Podemos y el que representa el PSOE difícilmente vamos a tener mayorías de progreso en este país. Y creo que eso es aplicable al conjunto de Europa, por no decir a Estados Unidos. La tendencia a la fragmentación de la izquierda nunca es positiva. En esto, Raimon Obiols ha sido un gran maestro en su insistencia siempre en buscar la máxima unidad posible en la izquierda. Y creo que si observamos lo que está viniendo, es decir, esta extrema derecha reaccionaria, pues más necesidad que nunca tenemos los progresistas de tratar de ponernos de acuerdo en construir nuevos horizontes conjuntamente.

De Canadá a Cataluña

¿Cómo observa todo lo que está ocurriendo en Cataluña?
Yo me crié en Canadá en los años de un proceso equiparable, el de Quebec. Y Quebec todavía no ha firmado la Constitución. Se produjeron dos intentos fallidos de reforma constitucional, uno de los cuales supuso un referéndum que ni se aprobó en Quebec ni en el resto de Canadá. Hubo dos referéndums de autodeterminación y en ambos casos triunfó el ‘no’. Y transcurrieron 20 años centrados en este tema sin una solución más allá del desgaste. Pero hay una cosa clara: la consecuencia inmediata de la polarización nacional es que la izquierda nunca gobierna. Confío que en Cataluña políticos de ambos bandos estén a la altura y exploren las posibles soluciones. Yo creo que es un asunto complicado. Pero existen intereses comunes y los gobernantes tienen una responsabilidad respecto a todo ello. Porque mientras sigamos pendientes del conflicto catalán, mientras continúe sin resolverse este encaje, la derecha española y la derecha catalana van a encontrarse en una situación muy favorable a sus intereses políticos. La vida es un pacto. El método de la izquierda reformista es mediante pactos. Porque la oposición siempre suele ser lo que puede hacer el poderoso. Y la idea por parte de la izquierda de movilizar a millones de ciudadanos y ciudadanas supone mucho diálogo y mucho entendimiento para conseguir llevar el barco a buen puerto.