Entrevista Pere Ponce Tiempos de hoy

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 Nº 1229. 12  de enero de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Pere Ponce, actor

“Rousseau es un revolucionario solitario”

Pere Ponce se reencuentra con Josep María Flotats –que ya lo había dirigido en 1985 en una etapa de aprendizaje- en ‘Voltaire-Rousseau: La disputa’, una obra brillante, envolvente y llena de ideas, que se representa en el Teatro María Guerrero de Madrid del 12 de enero al 4 de marzo. El texto, de Jean-Francois Prévand, con traducción de Mauro Armiño, colaborador de El Siglo, nos presenta a un atribulado Rousseau, perseguido por unos panfletos injuriosos, que acude a pedir ayuda a Voltaire. El diálogo, con numerosas frases sacadas de los libros de ambos filósofos, se desarrolla en la casa de Voltaire, que tiene la cocina en Francia y el huerto en Suiza


Pere Ponce en una escena de ‘Voltaire-Rousseau: la disputa’, que puede verse en el madrileño Teatro María Guerrero.

“Si Voltaire y Rousseau hubieran tenido
Twitter, la Fiscalía hubiera actuado contra ellos”

  “La ética social tiene que estar por encima de la política”

La obra presenta a un Rousseau que exclama: “¡Quien ama al teatro es capaz de cualquier fechoría!”. Y que formula después una descripción del oficio de cómico que él considera lamentable. Y llega a decir: “La Filosofía debe desaparecer”. Pero al final se descubre a un Voltaire también con numerosos puntos oscuros en su vida, ¿no?

Yo creo que encontramos a un Rousseau desesperado en ese momento, en 1765. Acude en busca de Voltaire, pero acude en busca de la ayuda de Voltaire para que lo oriente en un problema vital que tiene. Está a punto de ser exiliado de nuevo, él se encontraba finalmente feliz en la isla de Saint Pierre y de repente lo vuelven a echar de allí. Y se encuentra con la vida itinerante que ha tenido siempre. El gran conflicto de Rousseau es su relación con los hombres. No entiende la maldad de los hombres, cómo los hombres son capaces de hacerle todas esas perrerías, porque se trata de una persona que se expresa libremente, tiene unas ideas revolucionarias para su época y yo diría que también para la nuestra, unas ideas en las que, para él, el teatro no deja de ser un apéndice de esa cortina de humo que, en su opinión, era la cultura, que hace que el individuo viva un tanto adocenado y que viva como atrapado en una situación social que en cierta medida lo convierte en esclavo. Y la cultura, como la televisión ahora, no deja de ser una especie de opio en el que se perpetúan una serie de comportamientos. Vendían un orden social que, para Rousseau, ese orden social es el Maligno. Rousseau consideraba que evidentemente había que cambiar ese orden social. Y el altavoz de ese orden social era una cultura con la que él en absoluto estaba de acuerdo. Rousseau se plantea por qué es así la sociedad. Es un personaje muy contradictorio. Porque hizo óperas y escribió obras literarias. Y, sin embargo, está contra la Literatura y contra las óperas. Pero no deja de ser un personaje al que las contradicciones alimentan su personalidad y también su genio. No tiene las respuestas, pero sí tiene las ideas. Como a veces tiene hilos de un pensamiento muy abstracto que es capaz de bajar y acotar en un texto. Pero, al mismo tiempo, su vida es contraria a eso. Es una persona que ha escrito el ‘Emilio’, una pedagogía de cómo deben ser las relaciones con los hijos, de en qué debe consistir la educación de los hijos, y a la vez tuvo una relación con sus hijos verdaderamente fría y distante. Todas esas contradicciones en su vida le hacen ser un gran técnico, digámoslo así. Lo que pasa es que llevarlo a la práctica le cuesta mucho. Rousseau es un revolucionario solitario.

Hay en el texto frases ingeniosas. También humor. Como cuando Voltaire se refiere a Madame d’Epinay, una dama habitual en los salones de la nobleza de la época, y le explica a Rousseau: “Precisamente me dijo que era charlatana como todas las mujeres bellas, y que por eso lamentaba no poder decirme nada de nada sobre nadie”.

Sí, y hay que destacar que la mayor parte de esas frases están sacadas por el autor, Jean-Francois Prévand, tanto de los discursos de Voltaire como de Rousseau. De los libros escritos por uno y otro. Y eso hace muy rica la función para el espectador porque puede escuchar el pensamiento de estas dos grandes figuras. Y todo ello imbricado en una especie de thriller. Porque no se trata de una obra filosófica, que también, sino que es una obra sobre dos filósofos, sobre dos personas que tienen esta profesión, esta dedicación, pero son dos personas que tienen problemas de relación entre ellos y, sobre todo, tienen problemas de relación con la sociedad. Aquí se van a ver cara a cara dos filósofos que se odiaban y se admiraban. No dejan de interpelarse Voltaire y Rousseau. No sólo a sus ideologías, sino a su manera de actuar en la vida. Creo que todo eso le da una extraordinaria riqueza a la obra. Porque yo, cuando, antes de leerlo, vi la tapa del texto, ‘Voltaire y Rousseau’, me dije: “A ver qué va a ser esto, a ver si va a ser un tocho infumable en el que me voy a perder en unas disquisiciones  y otras”. Pero no. Rápidamente observé la facilidad con la que a través de Voltaire y Rousseau se ha construido un texto que a veces tiene algo de Agatha Cristie, que tiene algo de misterio, que la intriga te va llevando de la mano a la vez que vas descubriendo la ideología y el pensamiento de Voltaire y Rousseau. Pero el texto te conduce de una manera muy sencilla y muy directa. Y vas descubriendo perfiles de ambos a través de que tú, como espectador, observas lo que sucede entre ellos. El motivo por el que Rousseau ha ido a la casa de Voltaire a poner a Voltaire entre las cuerdas.

Rousseau vivió toda su vida en una pobreza absoluta. Hagamos un paréntesis. Usted ha dicho que lo que realmente rompe España son las personas que duermen sobre cartones en las calles de las ciudades cuando se le ha preguntado sobre el conflicto de Cataluña, donde usted nació.

Sí, es que hay muchas Españas. Esa es otra España también. Se trata de ciudadanos que tienen sus derechos vapuleados. Y a los que nadie escucha. En este rompimiento de España, en esa guerra de banderas, que no deja de ser una cosa textil, de camisetas de equipo de fútbol, de rivalidad, de contra ellos, de a por ellos, en esta situación creo que estamos perdiendo la noción de lo que es la democracia. Que es la opinión de los ciudadanos sobre algo. Y yo creo que no hay que tener miedo a una consulta popular. Y no hay que tener miedo a que los resultados de esa consulta popular cambien las cosas. No hay que tener miedo a escuchar a las personas. No hay que tener miedo a opinar, y sobre todo a que esa opinión sea una opinión digna de ser escuchada y de ser valorada. El miedo a los cambios yo creo que está en el miedo intrínseco de las personas. Pero los cambios son inevitables. A veces los cambios son para mejor y a veces los cambios son para peor. Pero forman parte de la vida. Y bienvenidos sean los cambios. Siempre que vengan de la voz de todos. Falta una altura de miras para que la política sea una resolución de concordia, no de enfrentamiento. Hay un empeño en convertir la política en un partido de fútbol. Como catalán digo que España no se rompe. La España rota, sí, es la que duerme con cartones en la calle. Los puentes están tendidos. El resto es política. Y la política debe ser la resolución de los ciudadanos.

Voltaire dice a Rousseau en la obra: “La política, mi querido amigo, nunca es algo más que la posibilidad ofrecida a gente sin escrúpulo de oprimir a gente sin memoria”. ¿Qué piensa usted?
Mi padre, cuando le pregunté a los ocho o nueve años qué eran los escrúpulos, me respondió: “Hijo mío, los escrúpulos sólo sirven para que siempre ganen los mismos”. Es verdad que a veces la honradez, el sentido moral de las cosas, hacen que no te permitas ir más allá en tu ambición. Y alguien sin escrúpulos es capaz de ir más allá para poder sentarse en cualquier banco político de cualquier ideología sencillamente con la esperanza de acaparar poder o de tener la oportunidad de estar en un sillón o en una bancada que le permita ir donde sus intereses le llaman. Yo creo que esa capacidad de no tener escrúpulos es lo que hace que estemos conociendo ahora a algunos políticos, cuyas oscuras actuaciones estamos descubriendo a través de los tribunales, o viendo cómo han utilizado el poder para sus propios intereses. En mi opinión, esa falta de escrúpulos provoca que la sociedad mire a la política con cierta prevención. El puesto político debería ser un puesto moral, o al menos debería ser un puesto como era en la Antigua Grecia, es decir, no un cargo que fuera una cosa placentera. Que alguien esté obligado a llevar a la práctica la voluntad de todos. Aunque la voluntad de todos supusiera solucionar algo que constituía un marrón. Que el político no ocupe un cargo placentero en el que una persona se sienta en su despacho y tiene el poder de decidir sobre el bien y el mal. Yo creo que el bien y el mal son dos valores que la propia ciudadanía ha de establecer. La ética social tiene que estar por encima de la política. Yo creo que la representación parlamentaria consistente en que cada cuatro años se opina… Es que se debe de opinar más… Considero que hay elementos ahora a través de las redes sociales o a través de otras cosas en las que la gente opina mucho, opina sobre si un restaurante es bueno o malo, o un determinado libro resulta interesante o no, o si ha gustado o no una película. Somos críticos. Pero ese espíritu crítico debería llevarse también al ámbito de la política. Y que la gente fuera escuchada por conductos oficiales. Yo creo que nos falta un punto ahí de ocupar un espacio. De no otorgar ese poder al político que cada vez vemos que resulta más difícil de controlar, que cada vez los políticos están más preparados para saltarse toda la legalidad, y para desarrollar todas las artimañas posibles para ocultar. Si Voltaire y Rousseau hubieran tenido Twitter, la Fiscalía hubiera actuado contra ellos. Pero sigo pensando como Rousseau, que las políticas buenas tienen un buen fin si las vemos como una forma de solventar los problemas de toda la sociedad, no los problemas del individuo en particular.    

Hace años, en 1985, usted se puso a las órdenes de Josep María Flotats en ‘El despertar de la primavera’. De hecho Flotats ha dicho en alguna ocasión que usted comenzó a hacer teatro con él. ¿Cómo ha sido el reencuentro?
Aquella fue para mí una época emblemática. Empecé, sí, con Josep María en el teatro. Yo recuerdo esa etapa como de formación, una época muy edificante. Flotats fue una figura de referencia que apareció en nuestras vidas. Un actor que dirige es una persona que conoce muy bien los resortes del actor. Hace que el teatro sea más fluido. Yo creo que dentro de los referentes de los actores veteranos vivos, con Josep María Flotats se puede profundizar muy bien en este oficio.  

Viva el teatro

Al contrario que Rousseau, su personaje en esta obra, Pere Ponce lanza un encendido “¡Viva el teatro!”.


Sí, sí, bien por el teatro que nos permite escuchar las voces de la gente. Yo, a veces, como actor, me pongo en la piel de personajes de los que desconocía que tengo pinceladas de ellos, pero que no había estudiado hasta ese momento a fondo. Y la profesión de actor me permite descubrirlos. Y considero que esto da también al espectador la posibilidad de descubrirlos. El teatro, por tanto, supone una gran plataforma para descubrir de una manera emotiva y viva, por ejemplo, el discurso entre dos personas. Y en el caso de esta obra, el discurso que expresa la vigencia del pensamiento de Voltaire y Rousseau.