Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

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 Nº 1229. 12  de enero de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Fortuny y William Morris: belleza y utilitarismo


Los hijos del pintor en el salón japonés, de Mariano Fortuny (1874). / MUSEO DEL PRADO

No seré yo quien haga leña del preso caído, pero la endeblez con que la traída y llevada Constitución aborda la religión del Estado –un laicismo que no se atreve a afirmar su nombre, como si estuviera metido en agua de borrajas–, permite que las autoridades, o lo que sean, que desgobiernan el país exhiban su religión en actos públicos. Ya que estamos en términos de religión –tan vaporosos como cenagosos–, calificaría de pecado venial la insistencia con que los jefes del Estado –el demérito anterior y el actual– han venido haciendo pública su fe; por ejemplo, los nacimientos que acompañan a su espalda los discursos navideños; cierto que el de Felipe de Borbón del pasado diciembre era pequeño y no demasiado ostensible. Cierto también que Borbones y Vaticano han ido siempre de la mano, con desvergüenzas como la concesión de la Rosa de Oro a Isabel II, la libertina reina a la que poco faltó para que su monja de cámara, Sor Patrocinio, para más inri perteneciente a la congregación de la Inmaculada Concepción, y el padre Claret, confesor de la real persona,  la sirvieran de mamporreros en sus liviandades; no me perturba su desaforada sexualidad, sino la murga religiosa y moralina con que se acompañó exigiendo a los súbditos la moral más rigurosa. (Léase El ruedo ibérico de Valle-Inclán).

Obscenidad ante los jueces
Pecado venial ese de los nacimientos y algunas presencias reales en eventos religiosos frente al pecado mortal que sería el de alguna sedicente izquierda, como el caso de Oriol Junqueras. Que hay santurrones en la izquierda, es sabido, desde Pepe Bono a Paco Vázquez. Pero que Junqueras haya afirmado en noviembre, ante una juez,  que por «ser creyente cualquier cosa relacionada con la violencia me parece fuera de lugar» (dejo de lado si los días 6 y 7 de septiembre fueron violencia en el Parlamento catalán) supone, en el licenciado en Historia, que, o ha leído poco o no se ha enterado, como dice el refrán, de la misa la media; aunque de la misa parece que sí sabe bastante; pero el binomio religión-violencia es la historia de Europa desde la Edad Media, con aquel Dios de los Ejércitos que dejó detrás de sí millones de muertos en guerras de religión por el camino; por no hablar de la guerra civil del 36, sobre la que es difícil que este hombre, de “izquierdas” según él, pida responsabilidades a una Iglesia que se la tomó como “cruzada” y por la que todavía no ha pedido el menor perdón, que yo recuerde. Y ante un juez del Tribunal Supremo ha vuelto a insistir en su “hombre de paz con convicciones religiosas”. Nadie pide a nadie que sea jacobino hasta sus últimas consecuencias, pero esa exhibición religiosa ante un juez resulta obscenidad; sólo faltaría que desde Rato a la caterva de acusados de corrupción que hay para este año enarbolasen su religión para conseguir perdones. También el huido Puigdemont se declara misacantano y comulgante, aunque por ahora en voz más baja que su exvicepresidente Junqueras, y no ante los jueces; que habrá que ver.

A la mitad de camino de la vida
Para lavar esa pornografía, mejor irse de exposiciones. La de Mariano Fortuny (1838-1874) que el Museo del Prado mantendrá abierta hasta el 18 de marzo presenta 170 obras procedentes de colecciones privadas y museos de todo el mundo, muchas de ellas poco conocidas por no haber salido de sus recintos. Fortuny se quedó a mitad de camino cuando moría de malaria en Roma con apenas 36 años: en mitad del camino de la vida, en mitad del camino de su obra artística, justo cuando, después de su éxito, internacional (por supuesto; la escasez de coleccionistas y de recursos de España no podía competir con los precios que se pagaban por sus cuadros en Francia o Estados Unidos), se confiesa dispuesto a seguir un camino propio. Había empezado estudiando en Barcelona y en Roma, donde en sus dibujos, acuarelas y cuadros se percibe su vena romántica y medievalizante, que no tarda en abandonar cuando en Roma Velázquez y Rafael le apartan de los primitivos italianos; con apenas 22 años, la Diputación de Barcelona le envía a Marruecos para que “fotografíe” a los voluntarios catalanes que luchaban en la guerra hispano-marroquí bajo el mando del general Prim. El fotorreportero de pincel y plumilla conoció entonces la luz y el claroscuro, y abordó con realismo tanto escenas de guerra como episodios de la vida de las calles árabes. Es un mundo nuevo lo que entonces conoce; oscilando entre el realismo de su seguro dibujo y la imaginación que le aporta ese país, termina por seguir la moda del orientalismo (La Odalisca).

Viene luego la etapa de Madrid, donde el Prado, dirigido entonces por el que luego será su suegro, Federico de Madrazo, le permite leer de cerca de Goya; un nuevo viaje a Marruecos le proporciona apuntes de batallas que desarrollará con un virtuosismo casi pompier más tarde en Roma, con algunos célebres encuentros bélicos como sus Batallas de Tetuán, Wad-ras y Castillejos. Una estancia en Granada desarrolla sus facultades para apreciar otra luz (¡luz, más luz!) y otros colores, que en su último año, refugiado en las playas napolitanas de Portici, harto incluso de su éxito, le permitirá acercarse a los impresionistas: en este sentido, Los hijos del pintor en el salón japonés (1874) supone su mayor proximidad a la vanguardia del momento. Otra cosa fue el  papel que su obra desempeñó: dada su juventud, no tuvo discípulos; ni siquiera lo fue su hijo del mismo nombre, Fortuny y Madrazo (1871-1949), más polifacético y artista ya de otra época. El impresionismo y las rupturas de fin de siglo se apoderaron enseguida del horizonte y Fortuny quedó relegado a cierto olvido. Otra cosa fue el juego político; cuando su célebre cuadro La Vicaría salió a subasta en 1912, unos se acordaran de la catalanidad de quien, nacido en Reus, nunca volvió por allí; otros, de sus cuadros con escenas de una rancia españolidad del momento, con su mezcla en ese cuadro de religión y mundo burgués. La utilización que del pintor hicieron a principios del siglo XX los nacionalismos español y catalán puede seguirse en Fortuny o el arte como distinción de clase (Ediciones Cátedra), de Carlos Reyero,que acaba de aparecer y que acompaña bien esta muestra del Prado, comisariada por Javier Barón, bien montada que sigue paso a paso las etapas y notable también  por el volumen de obras expuestas.

Biombo de tres paneles, de Mackay Hugh Baillie Scott  (1896). / FUNDACIÓN MARCH

 

Artes menores y mayores
Otra exposición magnífica, y distinta a las habituales, es la que presenta  en su sede madrileña la Fundación Juan March bajo el título William Morris y compañía: el movimiento Arts & Crafts en Gran Bretaña, (hasta el 21 de enero; y del 22 de febrero al 21 de mayo en el Museu Nacional d’Art de Catalunya en Barcelona);pone ante los ojos del visitante un fenómeno que recorre desde sus orígenes el rompedor movimiento artístico británico que nace en la cuarta década del siglo XIX y pervive hasta la primera Guerra Mundial. Se ampara la muestra bajo el nombre de William Morris (1834-1896), que abordó temas relacionados, el arte y la artesanía, en un momento en que la industrialización había ganado todos los ámbitos, la economía doméstica y la vida cotidiana. Morris, poeta, novelista, traductor, diseñador, tejedor, tintorero, arquitecto, etc., fue un hombre orquesta para el movimiento Arts and Crafts que propugnaba un regreso a la naturaleza, a las artes menores, a la “artesanía”, y priorizaba elementos como los textiles, bordados, joyas, libros, grabados, fotografías, tapices, vidrieras, edificios… Regresaron, en sus temas historiados, a los orígenes del romanticismo, a la Edad Media. Para remate, Morris, socialista de la época –es decir, cuando el socialismo no había difuminado sus raíces marxistas– aceptó un papel como agitador social, bajó a la calle, a los mítines políticos, defendiendo una filosofía positivista.


Trescientas piezas repartidas en distintos apartados y secciones; se centran unas en los estampados y trabajos editoriales de Morris (publicaba desde panfletos socialistas a clásicos como Chaucer), otras en artistas del grupo que recuperaron viejas artesanías; otras, a la difusión que tuvieron las ideas del movimiento como germen del futuro, difundidas con variantes y adaptaciones locales por el mundo del arte; entre otras, el modernismo catalán, donde tuvo como seguidores a Joan Busquets y Puig i Cadafach; y Harry Napper dejó su firma en la Casa Amatller de Barcelona.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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