Tribuna / Hassan Arabi Tiempos de hoy

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 Nº 1227. 22  de diciembre de 2017

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Tribuna / Hassan Arabi

El pueblo no tiene quien lo defienda


Riccardo Campa, un ejemplo de intelectual comprometido, todavía entre nosotros,
pero cansado también de tanto acoso y conspiración en estos tiempos difíciles

En toda la historia humana, los intelectuales y los políticos fueron necesarios para lograr un cierto equilibrio en sus propias sociedades. Desde los tiempos remotos, hemos tenido el privilegio de gozar del jugo de grandes intelectuales de la talla de Confucio, Sócrates, Averroes, Rousseau, Ortega, Sartre y miles de nombres más, que lo han dado todo para ayudar a sus pueblos a emanciparse de la tiranía de los políticos. Sus aportaciones fueron una esperanza y una luz que ilumina el camino de los pueblos faltos de libertad y escasos en dignidad. A lo largo de todo el siglo XX, la humanidad tuvo la suerte de contar con centenares de grandes intelectuales universalistas que no dudaron en ofrecerlo todo para el bien de la especie humana. En estas últimas décadas nos fueron dejando uno tras otro: Simone de Beauvoir, Borges, Althusser, Levis Strauss, Chomsky..., y poco a poco vamos dándonos cuenta de que estamos quedando huérfanos y a merced de la marea neoliberalista y sus mercenarios. Los pocos que siguen entre nosotros, Alain Touraine o Riccardo Campa, entre otros, están cansados de tanto acoso y tanta conspiración. Y, ¿qué pasa con el intelectual en estos tiempos difíciles?

“La creación del intelectual es el más misterioso y solidario de los oficios humanos”, afirmaba el creador de Macondo, quien lleva el lema de la solidaridad en su esencia como intelectual comprometido con la causa humana. A los intelectuales españoles de final del siglo XIX les dolía España, porque sabían lo que significaba llevar encima el peso de ser intelectual en una sociedad que quiere y no puede por las muchas adversidades y circunstancias. Lamentablemente, hoy los a pseudointelectuales les duele bastante su cuenta bancaria, su ego, su clase social y su prestigio personal y, por eso, han elegido convertirse en mercenarios al servicio de una clase política de dudosa reputación y de las grandes casas editoriales con mucha hambre de mercado, donde publican por encargo y sin remordimiento de conciencia. A menudo, vemos miserias intelectuales ofrecidas a la sociedad para anestesiarla y llevarla al borde del abismo. Estamos viviendo en una era donde la mayoría de los intelectuales forma parte de la propaganda política neoliberalista para adormecer las masas. “Al pueblo, pan y circo”, defendían los políticos romanos y parece que la formula sigue vigente para todos los tiempos. No fue bastante con los espectáculos míseros de la televisión, del opio del fútbol, y de la degeneración de las masas en la escuela; deben rematar la faena domando al intelectual para que el golpe sea definitivo.

Estamos viviendo un vacío dejado por el papel que fue encomendado y, a la vez, asumido por el  intelectual: mantener la conciencia colectiva en situacion de alerta, despertar el espíritu crítico de las cosas, preguntarse por qué suceden las cosas de esta manera y no de otra. Y, en contraparte, nos encontramos ante una agresividad y acoso de los políticos cuya intelectualidad roza la mediocridad y la delincuencia. Una situación muy complicada para el devenir de las aspiraciones de las sociedades actuales, en la que todos hemos participado en mayor o  menor medida. Esta vorágine de movimientos raros e indecisos que causan esta situación de divorcio entre el intelectual y el pueblo lleva décadas gestándose hasta llegar a esta lamentable situación de degradación de los valores. Nos pasa eso porque, como me dijo un amigo antropólogo –muy lúcido y atrevido, por cierto, y cuyo nombre no quiero desvelar–, todos sabemos lo que tenemos que hacer y todos seguimos callados como p.... Los que deben estar al lado de las masas se alistaron en el frente opuesto, por egoísmo o por fatalidad de la raza o, quizás, porque no saben lo que hacen y que Dios les perdone su ingenuidad. De cualquier modo,  hoy las personas de a pie, y con ellas el futuro de la humanidad, están a merced del lobo y, parafraseando el título de una gran novela de Gabo, El coronel no tiene quien le escriba; puedo decir que, hoy, el pueblo no tiene quien le defienda.

Y ahora, si me permiten, queridos lectores, quiero terminar esta reflexión con esta cumbia colombiana que representa el sentir profundo del pueblo que se ve abandonado y desesperado por las circunstancias. Dice lo siguiente:
A Sócrates sabio y bueno le dieron de beber cicuta, y nadie le dio de beber veneno a tanto cabrón hijo de p…

Una verdad como la copa de un pino.

 

Profesor titular del Departamento de Estudios Hispánicos, Facultad Pluridisciplinar de la Universidad Mohamed I (Nador, Marruecos) y vicepresidente de la Fundación Centro de Estudios para la Nueva Civilización Riccardo Campa. Autor de varias publicaciones, libros, ensayos, artículos académicos y publicaciones periodísticas. Miembro del Centro de Investigación CEMIRA (Universidad Complutense de Madrid), vicepresidente del Centro de Estudios para la Nueva Civilización de Cáceres, presidente de la ONG ASISI durante más de 12 años (2000-13) y vocal del Foro del Ayuntamiento de Madrid para las Migraciones. También es miembro del Observatorio Contra el Racismo y la Intolerancia de la Comunidad de Madrid.

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