Sin Maldad / José García Abad Tiempos de hoy

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Nº 1225. de diciembre de 2017

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Sin Maldad / José García Abad

Ya toca reformar la Constitución


El cambio de la Constitución que defiende Sánchez sin exceso de precisiones no significaría complacer a los independentistas ni a los centralistas; ni a los tirios ni a los troyanos;
ni a los güelfos ni a los gibelinos, pero ayudaría a seguir conllevándonos y a que la inmensa mayoría tuvieran la seguridad de que con la Gran Norma se puede actuar justa y libremente en la res publica. La calidad constitucional está en razón inversamente proporcional a las personas que excluya con una clara determinación de que nadie tenga que constituirse en mayoría silenciosa.

Claro que hay que reformar la Constitución y no por frivolidad u oportunismo, sino porque es mucho lo que ha cambiado en España y en el mundo en los últimos 39 años y las constituciones están para eso, para adaptar las leyes a la calle, como diría Adolfo Suárez con palabras más memorables.

Mariano Rajoy, que contó con el apoyo de Pedro Sánchez para aplicar el artículo 155 a Cataluña, se muestra ahora un tanto torticero en sus disculpas para incumplir la palabra dada al dirigente socialista en aquellos momentos de angustia compartida ante la intentona separatista que se rebelaba contra la Constitución en lo que más duele.

Uno de los argumentos del presidente, coreado por sus colaboradores instalados en el eco más que en la voz, es que no piensa cambiarla para complacer a los independentistas. La Constitución es un máximo común denominador, a veces una ley de mínimos para seguir juntos en paz. Han pasado los tiempos de la proclamación de constituciones por exaltación como La Pepa, del 19 de marzo de 1812, que nos hacia a los españoles buenos y benéficos, una hermosa Constitución que nunca se aplicó de tan hermosa que era.

Ahora no puede pretenderse, por imposible, complacer a todos, sino establecer unas reglas de juego generalmente aceptadas aunque sea por los pelos que impida el recurso a arreglar los conflictos a palos.

El cambio de la Constitución que defiende Sánchez sin exceso de precisiones, no significaría complacer a los independentistas ni a los centralistas; ni a los tirios ni a los troyanos; ni a los güelfos ni a los gibelinos, pero ayudaría a seguir conllevándonos y a que la inmensa mayoría tuvieran la seguridad de que con la Gran Norma se puede actuar justa y libremente en la res publica. La calidad constitucional está en razón inversamente proporcional a las personas que excluya con una clara determinación de que nadie tenga constituirse en mayoría silenciosa.

Reconozco que me preocupa más que la exclusión afecte a la justicia social, al  terreno económico, más que a los sentimientos nacionalistas. Con el mayor respeto para todos, por supuesto.

Lo que me indigna es el acuerdo al que llegaron Rajoy y Zapatero para incluir por las bravas del procedimiento de urgencia, con agosticidad y alevosía, la sustitución completa de lo que rezaba el artículo 135, perpetrada en agosto de 2011, que expropiaba a los ciudadanos de su última palabra en política económica en beneficio de los mercados. Ese artículo, que se aprobó por el bipartidismo, 316 votos a favor y cinco en contra, entre los que no estaba el de Pedro Sánchez, no sería posible en estos momentos con una Cámara tan rica en diversidades.   

Ya roza el ridículo y me parece una pérdida de respeto llamar “melón” a la Constitución. Se ha llegado al extremo de no abrirlo ni siquiera para igualar a la mujer y al hombre en la sucesión a la Corona. La Constitución es para respetarla pero no para impartir un miedo paralizador, como en el que en este caso se refiere a la apertura de un debate sobre la forma de Gobierno.

Resulta asombroso que en sus 39 años de vida sólo se hayan producido dos enmiendas constitucionales: una aprobada por unanimidad en 1992 para añadir una palabra al artículo 13.2, la expresión “pasivo” referida al ejercicio del derecho de sufragio de los extranjeros en elecciones municipales. El cambio se hizo para cumplir lo acordado en el Tratado de Maastrich que rezaba: "Todo ciudadano de la Unión Europea que resida en un Estado miembro del que no sea nacional tendrá derecho a ser elector y elegible en las elecciones municipales del Estado miembro en el que resida…". El otro cambio, el referido de la infamia, consistió en sustituir íntegramente el artículo 135. Las constituciones hay que tocarlas lo menos posible pero, en ocasiones, el no hacerlo, es condenarlas a muerte.

No puede decirse que se haya magreado en exceso nuestra Carta Magna, la de más larga duración con excepción de la de 1876 que rigió la primera restauración borbónica, viva hasta la proclamación de la II República, con una mancha ominosa: el golpe de estado del general Primo de Rivera. La connivencia de Alfonso XIII con el dictador es considerada generalmente como la causa fundamental de la caída de la Monarquía. En sentido contrario, la apuesta democrática del rey Juan Carlos hizo posible la liquidación de la dictadura y la formación de un Estado que se define como monarquía parlamentaria que es mas parlamentaria que monarquía. Hasta que decidamos otra cosa.

 

Firma

Lleva ejerciendo la profesión de periodista desde hace más de medio siglo. Ha trabajado en prensa, radio y televisión y ha sido presidente de la Asociación de Periodistas Económicos por tres periodos. Es fundador y presidente del Grupo Nuevo Lunes, que edita los semanarios El Nuevo Lunes, de economía y negocios y El Siglo, de información general. 

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