Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

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Nº 1225. de diciembre de 2017

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

El futuro del pasado: De Chirico, tablas flamencas

 
A la izquierda, Plaza de Italia con fuente (ca 1968); a la derecha, El Contemplador, (1976), ambas de de Giorgio Chirico. / CAIXAFORUM

No es posible retirarse “a la paz de estos desiertos”, porque aunque sea verdad que el desierto avanza (Almería, por ejemplo) y habrá espacio suficiente en las próximas décadas, lo que falta es esa paz quevediana; en jaque constante, el españolito sobrevive con tres años ya de legislatura (la abortada y ésta), sin que la cosa avance, sin que la res publica parezca importar a nadie. Derecha e izquierda son lo que siempre han sido: la primera, en sus mordazas y sus corrupciones; la segunda abrió puertas a la esperanza (¡qué palabra!) para quedarse en personalismos y en luchas por los números (de las listas electorales), con un batiburrillo de ideas en las que se ha diluido el prometido cambio: un director de TVE con manipulaciones que para sí hubiera querido la época aznariana, esos misterios que convierten la electricidad en la más cara de Europa para una población donde la pobreza y la desigualdad avanzan, esa ley mordaza absolutamente inconstitucional. ¿Cuántas leyes llevan aprobadas? La miseria.

Sugiero, por lo tanto, para subsanar la pobreza cultural, refugiarse en dos exposiciones que nos haga olvidar los cráneos  “previlegiados” de la casta política y su bandidaje.

La angustia trasladada al paisaje
En mi memoria, sólo de vez en cuando han pasado por Madrid algunos cuadros del italiano Giorgio de Chirico (1888-1978), en exposiciones colectivas (Thyssen, Mapfre) sobre las vanguardias, mayormente relacionadas con el surrealismo, término que en nuestros lares sirve para todo, convertido en sinónimo de raro, extravagante, excéntrico o cosas peores. Ahora llegan de la mano de la Fundación Caixaforum 143 piezas (cuadros, dibujos, litografías, esculturas) que recorren todas sus épocas. Y de manera especial son interesantes las que corresponden a esa primera etapa, la más representativa de un Chirico que creó un concepto, el de pintura “metafísica”, en la que insertaba elementos de realidad en planos fantásticos. Pero antes de esa fecha ya había empezado a crear cuadros enigmáticos, influido por las obras de Böcklin, Holder y Klinger, máximos representantes del simbolismo alemán, y la lectura de Nietzsche y Schopenhauer: elementos extraños, sombras dadas por cuerpos abstrusos, perspectivas raras y espacios vacíos que transmiten el desasosiego. A su etapa en Múnich le siguió en esa segunda década su paso por París a partir de 1911, donde conoce a poetas y pintores, desde Apollinaire a Picasso en un período de efervescencia vanguardista.

El origen de ese “desvío”, de su “aportación,”  se produce, según refirió el propio  artista, con sus veintidós años; recién muerto su padre, y aquejado él mismo de una depresión nerviosa, tuvo una visión sentado en la Piazza Santa Croce de Florencia, delante de la basílica: trasladó al espacio de la plaza su angustia interior tiñendo el paisaje de las sensaciones de su alma; el producto fue el cuadro El enigma de una tarde de otoño, que daba inicio a esa pintura metafísica a la que atrajo a Carlos Carrá (1917); ambos han quedado como representantes de ese movimiento que tuvo corta vida.

Vuelta a la técnica clásica
Acogido por los surrealistas como uno de sus precursores,  De Chirico no permaneció mucho tiempo  a su lado: fueron pocos los acólitos que soportaron el autoritarismo y los mangoneos del papa del movimiento, André Breton. Pero en esos años crea la mejor parte de su obra, regida por “una penetración metafísica” que le permitía ir más allá de la realidad de los objetos ordinarios, aislarlos y entablar con otros de distinta estirpe unas relaciones enigmáticas, misteriosas: así nacen los maniquíes de cabezas ovoides, sin rasgos, geométricos…

El descubrimiento de la pintura clásica (Velázquez, Delacroix, Rubens, etc.) supuso una revelación que le hizo abandonar esa metafísica de la angustia para volverse hacia la técnica pictórica, hacia el clasicismo, el renacimiento y el barroco; los cielos plomizos y densos que cerraban sus visiones quedan olvidados, y una cortina separa los capos de la ficción y la realidad.  Sólo en su última etapa, ya con ochenta años, De Chirico retornaría a los maniquíes, ahora humanizados y luminosos, en un periodo calificado de neometafísico; vuelven sus caballos en las playas ideales de la década de 1920, ahora clásicos y desprovistos de aquel misterio juvenil.

El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad  (en Madrid hasta el 18 de febrero) ha sido resultado de la colaboración de la Fundación La Caixa con la Fondazione Giorgio e Isa de Chirico; sus comisarias, Mariastella Margozzi y Katherine Robinson, la han dividido en ocho apartados que se inician con los autorretratos del artista y sigue por los “Interiores metafísicos” para concluir con las secciones que recogen esa vuelta a las técnicas del pasado.


Visión de Tondal
, atribuido a un seguidor de El Bosco. / MUSEO LÁZARO GALDIANO

Tablas flamencas
En alguna ocasión he hablado aquí de Lázaro Galdiano, personaje como hay pocos (por no decir ninguno) en la historia del coleccionismo español. Su Museo presenta ahora, y hasta el 28 de enero, 73 pinturas flamencas (63 de ellas tablas) de los siglos XV y XVI  que, como el resto de sus colecciones, fueron donadas a su muerte al Estado. Lázaro Galdiano empezó como coleccionista, pero no tardó en interesarse por tener los conocimientos artísticos necesarios que, unidos a su buen olfato, nos han legado una colección (colecciones) impresionantes de más de 12.000 piezas. Comisariada por Didier Martens (Universidad Libre de Bruselas) y  la conservadora del Museo, Amparo Pérez Redondo, Una colección redescubierta. Tablas flamencas de los siglos XV y XVI del Museo Lázaro Galdiano, se organiza por la procedencia de las tablas: las cuatro ciudades holandesas de Bruselas, Brujas, Amberes y s’-Hertogengosch, la ciudad del Bosco. Tras tres años de trabajo se presenta una decena de piezas restauradas (10 piezas), varias atribuciones de autoría (un 50%), el estudio del dibujo subyacente en las obras, así como la identificación botánica de la flora flamenca figurada en los cuadros, con plantas reales o ficticias otras, debida a Eduardo Barba Gómez, especialista en la materia.

La situación social de la época imponía a la pintura la temática religiosa, pues era la Iglesia (o burgueses que las donaban a conventos o templos) la que encargaba a los talleres de pintura sus santos, sus vírgenes, sus pasajes preferidos de los pasajes evangélicos (crucifixión, vírgenes de la leche con niño, descendimientos de la cruz, etc.), cuando no una burguesía que la compraba para sus domicilios o para donarlas a instituciones religiosas. Son estas tablas las que aportan el mayor número de muestras, con tablas firmadas por autores que figuran en la historia del arte: desde Quentin  Metsys  y el maestro de la Flemalle hasta el grupo o taller de Adrian Isenbrant –en el reverso de una Virgen de la leche suya, imagen para una puerta aparece una magnífica calavera–,  o el delicioso Maestro Johannes que inventa para el Monte Carmelo plantas irreales parecidas a las del Bosco, o el Pintor manierista de Amberes, o el Anónimo Pintor Flamenco que describe una truculenta escena de la batalla de Clavijo, con el apóstol compostelano y su caballo sobre un cuerpo despedazado (la cabeza por un lado, la pierna por otro, con chorros de sangre brincando de las heridas), o el magnífico Maestro de las Medias Figuras, etc. Hay algunos retratos (espléndido el de Van Orley, el mortuorio de un monje de Pourbus) que muestran el avance de la burguesía, capaz en ese final de los siglos oscuros de encargar y creerse digna de verse representada.

La muestra concluye con dos piezas maestras: unas Meditaciones de San Juan Bautista del Bosco, con su habitual acompañamiento de flora fantasmagórica y aves inventadas en un paisaje abierto y despoblado; y esa obra maestra que es la Visión de Tondal, de un seguidor del Bosco: el caballero irlandés de la leyenda viaja en sueño durante tres días al otro mundo y tiene una visión que le hará arrepentirse de su vida pasada y  convertirse en monje; una magnífica representación moralizante de algunos vicios capitales en clave tan fantástica que, esta sí, parece surrealista avant la lettre.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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