Entrevista Carlos Santos Tiempos de hoy

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Nº 1225. de diciembre de 2017

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Carlos Santos, autor de ‘Avión Club-Una historia de los 80’

“Lo dominante de los 80 es la alegría
de vivir”

En El Avión Club, César, el pianista, tocaba ‘Casablanca’ entre cajas de botellas de cerveza San Miguel en una España en la que, como afirma Carlos Santos, “quien se ha criado en una dictadura lo que quiere es salir, respirar y que nadie le diga lo que tiene que hacer”. Carlos Santos, escritor y periodista de larga trayectoria, una de las voces de referencia de Radio Nacional, acaba de publicar Avión Club-Una historia de los 80. “El enigma de la novela es cómo un niño prodigio de la música, César, se convierte en pianista de cabaret”, dice.


F. Moreno

“Mi referente literario total y absoluto durante toda mi vida ha sido Galdós”   “A veces magnificamos el futuro, cuando el futuro, nada más llegar, se convierte en pasado”

¿Qué objetivos se ha marcado al escribir esta historia de los 80?
Contar los años 80. El libro es una crónica minuciosa de los 80, que son los años que yo viví como periodista, y además en primera línea de combate. Y dar las claves para recordar esos años y reconocerlos. Este libro es continuación, de alguna manera, del que había escrito antes, titulado ‘333 Historias de la Transición’, que se publicó en 2015, un libro que me había encargado la editorial La Esfera, que ha funcionado muy bien, va por la cuarta edición, y ellos querían que hiciera algo parecido sobre los años 80. Pero a medio camino, cuando tenía organizado el material documental suficiente con los elementos sustanciales de esos años e iba a empezar a escribir, me di cuenta de que los 80 eran años muy diferentes a los 70, no era la épica de construir un Estado democrático, de jugarse la vida contra una dictadura, no. Era ya la lírica de ejercer la libertad. Me di cuenta de que se trataba de un ambiente muy diferente. Era una sociedad que estaba viviendo la primera juventud de la libertad. Y eso le da unas dimensiones más cálidas y más intimistas. Todo eso me condujo a cambiar la orientación del libro, a convertirlo de ensayo en novela, y ambientarlo, además, en un bar. Me pareció también propio de esa época contarla desde un lugar de encuentro de gente muy diversa, como eran los bares. Quien se ha criado en una dictadura lo que quiere es salir, respirar, y que nadie le diga lo que tiene que hacer.

Dos frases de su libro. Una: “Un mapa borracho de España, un resumen de una España en tránsito, entre la dictadura que no se acababa de ir y la democracia que no acababa de llegar”. Y otra: “Esos fueron los años 80: un feliz encuentro entre el futuro y el pasado”.
El elemento dominante de los 80 es la alegría de vivir y la alegría de ejercer por primera vez la libertad. Y además la alegría del progreso permanente. Era una sociedad con expectativas continuas de mejora, cosa que no ocurre ahora. Y ese es el elemento dominante. Todo lo demás es menor. Pero una de las cosas que he visto es el peso que siempre tiene el pasado. Ha sido, casi, un descubrimiento filosófico. Porque a veces magnificamos el futuro, cuando el futuro, nada más llegar, se convierte en pasado. Y nos olvidamos de que el pasado siempre queda ahí. Son los cimientos del presente. En esa época tenía una gran importancia el pasado. El pasado estaba ahí. Y para mal. Porque el peligro golpista continuó hasta 1985. Ese año aún había unos golpistas reconvertidos en terroristas que querían reventar a la Familia Real, a la cúpula del Ejército, y al Gobierno en pleno, durante un desfile en La Coruña. Pero ese magnicidio fue abortado por los Servicios de Inteligencia, que ya eran demócratas. Pero el pasado seguía ahí. Y el pasado estaba en las canciones que César, el pianista de aquel bar, ‘El Avión’, tocaba cada noche junto a un montón de cajas de cerveza San Miguel. Y que son canciones, en algún caso, casi eternas. Se me ocurre el tema de la película ‘Casablanca’. E infinidad de boleros y de zarzuelas. Y cuando yo decido contar la historia a través del Piano Bar El Avión, que estaba en Hermosilla 99, tengo que reconstruir la historia del propio bar y de quien era su personaje principal, César Martínez, el maestro, el pianista, Don César, que lo llamaban algunos. Y al reconstruir la vida de César me encontré con que era un tratado viviente de historias, como al final somos cada uno de nosotros.
  
¿Cómo sonaba ‘Casablanca’ en el piano de César?
Como todo lo que tocaba el Maestro. César tenía una formación musical clásica, había ido al Conservatorio en los años 20, había sido discípulo del maestro La Regla en el Conservatorio Superior de Música y Danza de Madrid. Fue Premio Extraordinario Fin de Carrera. Y adquirió una sólida formación clásica que muy pocos hombres de su generación tenían. Fue un niño prodigio con 14 años. Dominaba perfectamente la técnica de la música clásica. Y este es, en parte, el enigma de la novela. Cómo ese niño prodigio se convierte en pianista de cabaret. Después de la Guerra Civil empieza a tocar en locales nocturnos con atmósfera espesa de humo de tabaco, donde las mujeres hablaban de tú a los hombres, donde se fumaba mucho. Y, a partir de ahí, César fue pianista de cabaret durante toda su vida. Y él no toca ya como un pianista clásico. César, incluso cuando tocaba ya una pieza clásica, la interpretaba como un pianista de club nocturno, que era, en realidad, su alma musical. ‘Casablanca’ no sonaba en El Avión tan romántica como en la película de Bogart. Había más humo en el ‘Casablanca’ de César. Sonaba más al estilo de un pianista de película de gangsters, que todos tocaban muy bien.
 
¿Por qué arranca la novela en la noche del 23-F?
Porque en realidad, políticamente y socialmente, los 80 comienzan en el calendario con ese golpe de Estado, que es cuando los ciudadanos descubrimos lo importantes que son las instituciones democráticas: con aquella vacuna que nos pone Tejero. Y los 80 terminan en julio de 1992, cuando el arquero Rebollo logra encender con su flecha en llamas el pebetero que da inicio a los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, aquel extraordinario éxito colectivo. Este país había sido en blanco y negro hasta entonces. Pero la Olimpíada de Barcelona supone la primera vez que España acierta, la primera vez en que España persigue unos objetivos comunes y los alcanza. Por primera vez tuvimos aquí precisión suiza y eficacia alemana.

Habla usted de Barcelona. ¿Qué opinión le merece el conflicto catalán?
La democracia construida durante la Transición es una de las más sólidas y avanzadas del mundo en términos absolutos y relativos, y esto es un hecho indiscutible, fruto del esfuerzo colectivo, y en buena parte producto del esfuerzo de quienes habían luchado contra la dictadura, sobre todo de ellos, sí. Esa democracia ha aguantado muy bien los embates de la crisis económica. Llevamos diez años de crisis. Empezó una crisis financiera, luego una crisis económica que deriva en una gravísima crisis social de la que todavía no nos hemos recuperado, y llegan sucesivas crisis políticas. Y una evidente crisis de liderazgo, porque nos dimos cuenta de que los líderes que teníamos no servían para afrontar esa nueva situación, y de hecho hemos cambiado a muchos de ellos, desde el Rey al secretario general del último sindicato. A casi todos –para mayor gloria del señor Rajoy–. El sistema democrático ha aguantado bastante bien los embates de esa crisis económica enorme, pero ha habido un momento en el que por algún lado tenía el buque que resentirse. Y ha sido por el lado territorial. Porque ha habido unos oportunistas que han aprovechado esa situación para hacer puro oportunismo político. Y ha habido también oportunismo por parte de quienes tenían que dar la respuesta adecuada y no la han sabido dar. Y ese recital de oportunismo e incapacidad nos ha conducido finalmente a esta situación en Cataluña. Pero yo no doy tanta importancia al tema catalán, que alguna solución política tendrá al final, como a ciertos retrocesos que se han dado en el ejercicio de las libertades que habían costado mucho esfuerzo conquistar y también en los retrocesos producidos en el ámbito de la igualdad.

¿Qué diferencia esencial había entre la clientela de El Avión y la clientela del Café Gijón?
Por partes… Está muy bien la referencia que usted formula al Gijón, porque Francisco Umbral escribió una crónica sobre la vida intelectual de los años 60 utilizando como marco el Café Gijón. Se titulaba ‘La noche que llegué al Café Gijón’ y se publicó en 1977. Yo, como referencia, tengo también a Camilo José Cela en ‘La Colmena’, novela que ambienta en un café, en este caso ficticio, pero que debía estar por la zona de Quevedo. Y mi referente literario total y absoluto durante toda mi vida ha sido Galdós. Galdós era también periodista sin saberlo. Fue nuestro Truman Capote del siglo XIX. Y Galdós ambienta una de sus novelas, para describir uno de los momentos de la España del XIX, en ‘La Fontana de Oro’. Se trata de un café que existió realmente cerca de la Puerta del Sol. Insisto en que está bien la referencia al Gijón. Pero la diferencia principal entre uno y otro libro es la época. Yo cuento los 80 y Umbral contó los 60. Y la otra diferencia es que el Gijón era un café especializado. Allí iba la gente de la farándula y de la literatura y el periodismo. Igual que en locales completamente diferentes, como el Rock-Ola, iba la vanguardia musical, los modernos. Y lo bueno del Avión Club es que allí iba todo el mundo. Gente muy diversa. Muy diferente. Si El Avión hubiera estado en Lavapiés no sé qué hubiera ocurrido, tal vez hubiera pasado sin pena ni gloria, pero ese bar estaba en el barrio de Salamanca, en lo que entonces se llamaba ‘Zona Nacional’, con los cual se produce una mezcla extraordinaria entre gente muy distinta, de muy diversa sensibilidad política, pelaje, nivel económico y nivel cultural. El Avión constituye un estupendo resumen de España. Uno de los personajes de mi novela, o quizás el propio narrador, dice: “Si España existe, seguro que se parece a El Avión”. O sea, El Avión es una mezcla. Como España. Una mezcla. A veces complicada, a veces imposible, pero siempre entretenida.

Los políticos profesionales

En el subsuelo de la novela también subyace la España actual.
Sí, en este libro disfrazado de novela hay una crónica política muy honesta de aquellos años. Y quien sepa buscar ahí, efectivamente, va a hallar también el origen de parte de los problemas que estamos sufriendo actualmente. Porque en los años 80 ejercimos por primera vez la libertad. Pero también por primera vez los poderes públicos emanados del nuevo sistema democrático comienzan a cometer errores de los que seguimos pagando las consecuencias. Empiezan a distanciarse de la sociedad que les dio el voto, empiezan a cogerle el gusto al despacho y al coche oficial, empiezan a dejarse llevar por el oportunismo, y sustituyen el idealismo por el pragmatismo. Desatienden los avisos que les lanza la sociedad, por ejemplo con la huelga general del 14-D de 1988, en el que todo el país para a fin de demostrar su desacuerdo, en aquel caso con una ley para una reforma laboral. Pero la crítica existente en el libro no sólo es hacia esos políticos en los cuales delega la sociedad, sino hacia todos nosotros. Porque aquella sociedad tan feliz por el progreso, por el cambio, por la mejora económica, por el ejercicio de la libertad, delegó absolutamente en los políticos que, por otra parte, hacían cosas que a todo el mundo les gustaba mucho. Porque España cambió en los años 80 como no había cambiado nunca. Pero, como resultado de ese progreso, los ciudadanos renuncian a hacer el papel crítico y de protagonista que debe ejercer en todo momento la sociedad civil. Y los políticos, encantados, se profesionalizaron en el oficio de la política. Entonces se produjo un distanciamiento del que después fuimos conscientes cuando vinieron las malas.