Tribuna / Carmen Calvo Tiempos de hoy

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      Nº 1221. 10  de noviembre de 2017

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Tribuna / Carmen Calvo

Lo sabíamos...


Los maltratadores existen en los institutos, donde la democracia tendría que batirse más el cobre
de la igualdad fundante de ella misma; la de hombres y mujeres

Nadie puede esgrimir desconocimiento, más o menos hipócrita, sobre lo que ahora es una verdad incontestable: los abusos y acoso sexual, principalmente a mujeres, que se dan por todos lados y ahora sabemos que también en el glamuroso mundo del cine, en definitiva, en la Cultura.

Esta horrenda situación afecta a todos los derechos del tronco de la libertad de las mujeres y a su seguridad física y moral. Son el exponente de la falta de respeto con que las mujeres somos tratadas en cualquier ámbito y lugar del mundo, y por contra, la rotunda sensación de poder de muchos varones contra las mujeres.

La asimetría de poder que persiste en todas las sociedades actuales entre hombres y mujeres, si bien con intensidades diferentes en el grado, es lo que explica de forma circular el atrevimiento delictivo de los varones que consideran que es posible invadir el cuerpo y la sexualidad de las mujeres a su antojo. Hasta aquí, nada nuevo en el análisis bajo el sol machista del planeta. Lo que debería ser nuevo en este terrible panorama sería abordar por un lado la hipersexualización de todo en una sociedad que banaliza el sexo cada vez más y que lo coloca en el centro de infinidad de negocios, incluido el horror de la prostitución inexplicablemente creciente. Y, por otro, el modelo de sexualidad masculino, fundamentalmente con ribetes constantes de dominio y violencia. Hay una especie de consigna incontestada que afirma categóricamente que en materia de sexualidad todo vale, eso sí, con consentimiento. Lo que ocurre es que esa amplísima libertad, que en todos los demás órdenes siempre está matizada, aquí cala conformando una cultura de comportamiento, que en muchas ocasiones acaba en violencia, crueldad, trata, prostitución, prostitución infantil, el mal llamado turismo sexual..., y toda la ristra ignominiosa en las que acaba con dolorosa frecuencia esa franja de la sexualidad donde parece que vale lo que vale para otras declinaciones de la libertad humana.

Por estas y otras razones, no podemos pensar en una sociedad igualitaria entre géneros sino a partir de una educación en donde también se cuestione el Patriarcado, y mucho, en relación a los comportamientos sexuales; en donde y a pesar de los grandes negocios que existen en torno a esta cuestión capital de la vida y del desarrollo humanos, no esconde otra cosa que el mantenimiento inveterado de un formato de expresión sexual, el masculino, que no se acompasa con los derechos plenos de las ciudadanas.

Las relaciones personales, en las que se incluyen las sentimentales y las sexuales, son espacios que no están exentos de poder, como nada humano lo está, y por ello se convierten con mucha frecuencia en el reflejo del escaso poder de las mejores mujeres y muy lejos, por tanto, de un poder feminizado, que no es otra cosa que el uso del poder con otras formas. Estamos muy lejos de ello aún, más bien lo contrario. La hegemonía en la identificación del ejercicio del poder con valores tradicionalmente masculinos es abrumadora, apenas se puede impregnar de otros elementos que no sean los identitarios de la masculinidad tradicional. Por esto es tan frecuente que acosen los jefes, quienes entienden el abuso como una parte de su poder omnímodo.

Tendrá la política que entrar más en los llamados espacios privados, porque se cometen muchos delitos en ellos, y no cabe otra vía que prevenir a través de la persuasión de la educación y del esfuerzo individual de cada cual con su conciencia.

No puede ser democrático el espacio público, y desigual por inercia de los papeles tradicionales de lo femenino y lo masculino, el espacio privado. Esta es, la contradicción y la falla sísmica de la ética de una sociedad que se llama democrática y apenas lo es en el corazón de lo más importante de nuestras vidas: los afectos y la sexualidad. Es poco esperanzador el panorama, particularmente por los datos que tenemos del comportamiento de los chicos jóvenes, no parece que estemos progresando mucho en la percepción que ellos tienen de sus compañeras. Los datos, son los que son: las identifican con la maternidad, los asuntos del hogar y en posición de servicio de sus necesidades, incluidas las sexuales. Los maltratadores existen en los institutos, donde la democracia tendría que batirse más el cobre de la igualdad fundante de ella misma; la de hombres y mujeres.

Necesitamos urgentemente un cambio de agenda y prioridades del Estado democrático. De lo contrario seguiremos generando paraísos sociales e infiernos personales. Nadie está a salvo en ese infierno plagado de emociones y de malentendidos; podemos quemarnos todos en algún momento de nuestras vidas.

El único camino a construir son relaciones igualitarias en lo personal, donde todos tengamos nuestro metro cuadrado de soberanía.

 

Firma

Secretaria del Área de Igualdad de la Ejecutiva Federal del PSOE, es licenciada en Derecho Público por la Universidad de Sevilla. Doctora en Derecho Constitucional por la Universidad de Córdoba. Profesora Titular de Derecho Constitucional en la Facultad de Derecho de la Universidad de Córdoba. Se afilió al PSOE en 1999. Ha sido consejera de Cultura del Gobierno Andaluz y ministra de Cultura de 2004 a 2007. Ha escrito numerosas colaboraciones, conferencias y publicaciones en materias de gestión cultural e igualdad jurídica y social entre hombres y mujeres y es colaboradora habitual en diversos medios de comunicación.

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