Tribuna / Mauro Armiño Tiempos de hoy

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                          Nº 1217. 13  de octubre de 2017

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Tribuna / Mauro Armiño

Zuloaga: entre princesas y cabreros


Celestina
, de Ignacio Zuloaga (1906). / Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Fue un prodigio de precisión el operativo montado por Zoilo, ministro del Interior: cogió el avión oficial a hora temprana rumbo a Sevilla, se puso a repartir medallas entre paisanos y volvió a la hora de comer a Madrid para seguir de cerca, supongo, los destrozos de imagen causados por sus tropas entre manifestantes catalanes. Este ‘manostijeras’ capaz de hacer veinte cosas a la vez, lo mismo condecora a Javier Gómez Martín, hombre de confianza del major de los Mossos José Luis Trapero que nombra jefe de la Policía de Cantabria, por tener en él “muchísima confianza”, a Héctor Moreno García, condenado por delito de torturas y detención ilegal en 1994 pero indultado rápidamente por el gobierno Aznar, que le conmutó la pena “por otra de suspensión por el plazo de seis meses y un día” a condición de que “no vuelva a cometer delito doloso durante el tiempo de normal cumplimiento de la condena”. Según ese texto, pasados los seis meses puede campar por sus respetos y hacer lo que le venga en gana. Nada más llegar Aznar al poder, en 1996 el tal Moreno era ascendido a inspector jefe (¿con esos antecedentes o por esos antecedentes?) Además, entre tanta medalla, Zoilo no se olvidó de cuatro policías locales que habían sido su escolta en su época de alcalde de Sevilla.

Hay que leer Luces de bohemia y analizar la forma en que se desmontan las mentiras: Zoilo justificó el nombramiento de Moreno ante Miguel Ángel Revilla, presidente de la comunidad cántabra, blandiendo la versión policial de los hechos imputados y acaecidos en 1982, y que fue declarado falsa en sede judicial, porque “los acusados faltaron a la verdad y contaron lo ocurrido de un modo distinto al real”. Por otra parte, Zoilo no se entera o todo le importa un bledo: por mantener la versión policial, la Sala de lo Contencioso etc. de la Audiencia Nacional ya condenó al Ministerio del Interior en 1998 a pagar 800.000 pesetas (salen del bolsillo de los españolitos) por lesionar el honor del abogado Luis de Figueroa en la “desafortunada nota de prensa emitida por la Policía”. Esperemos que Figueroa no presente nueva denuncia por ese falseo de Zoilo contra lo ya juzgado.

Un vasco en la Belle Époque: la poeta melancólica
Del operativo del día 1 de octubre en Barcelona, no diré nada; voces policiales hablaron de fracaso, y parece que ni mentes preclaras del ministerio ni espías se enteraron de lo que muchos adivinaban si no sabían: que el major Trapero de los Mossos era más traidor a las órdenes judiciales que el conde Don Julián al rey Rodrigo. Pero para estas cosas léanse en las secciones de política de El Siglo, mientras yo veo la exposición que en sala de Recoletos presenta Mapfre:

Zuloaga en el París de la Belle Époque, 1889-1914, que puede contemplarse hasta el próximo 7 de enero. Los comisarios de la muestra, Leyre Bozal y Pablo Jiménez Burillo, han tenido la acertada idea de centrar el foco en el Ignacio Zuloaga (Eibar, 1870-Madrid, 1945) de la Belle Époque y rodear los cuadros del pintor vasco con otros de sus amigos de la época parisina, permitiendo así contrastar estilos y ver la incorporación del pintor a las nuevas corrientes europeas. Fueron casi veinticinco años más o menos continuados, de 1890 a 1914, los que Zuloaga residió en París, en contacto con los entonces “jóvenes”: de Utrillo a Gauguin, de Degas a Auguste Rodin, de Picasso a Émile Bernard o Jacques-Émile Blanche; se incorporó no sólo a la pintura, sino a la vida social de la Belle Époque, con sus aristócratas y enriquecidos burgueses de final de siglo que tuvieron a gala ser representados por los viejos pintores clásicos pero también por los nuevos artistas, los simbolistas que rompían con la paleta anterior y el realismo de fotografía, en decadencia desde mediados del siglo.


Retrato de la condesa Mathieu de Noailles
, de Ignacio Zuloaga (1913). / Museo de Bellas Artes de Bilbao


Esa parte de la vida social de la Belle Époque es para mí la parte más interesante de esta exposición en la que están representadas las aspiraciones a la modernidad del momento. Su paso por los salones dejará cuadros espléndidos, como el retrato de la condesa de Noailles, cuya presencia en la muestra predomina. Esta joven, de vida social y salón muy activos, era nudo de conexión de varias familias principescas rumanas: los Bibesco, de los que descendía directamente, los Brancovan, apellido que también llevaba su padre, y los Marocordato; para colmo de parentesco aristocrático se casó con el conde francés Mathieu de Noailles, primo del conde Robert de Montesquiou-Fezensac, el poeta cuyos antepasados gascones emparentaban incluso con D’Artagnan, el héroe de Los tres mosqueteros. Engreído personaje, dandy y mediocre poeta, amigo del primer momento de Marcel Proust, era la sensación de esos salones, sobre todo en los de sus primos los Greffulhe, descendientes de Luis XIV pero, sobre todo, herederos de banqueros belgas. La condesa de este apellido, la mujer más hermosa que nunca había visto Proust, reunía en sus salones a la mejor aristocracia francesa y europea, mezclada con los artistas más en vue del momento; hasta se permitió escribir pensamientos que, gracias a Edmond de Goncourt, no publicó “porque podía perjudicar su prestigio”.

No fue el caso de esta Ana de Noailles (1876-1933), retratada varias veces en la muestra; consiguió en los medios literarios cierto prestigio como poeta; el romanticismo ya trasnochado de su primer libro, El corazón innumerable (1901), fue por supuesto alabado por la mayoría, aunque hoy está casi olvidado; hace seis años apareció en español una antología, Las pasiones y las tumbas (traducción de Mireia Alonso, Editorial Torremozas), que, a pesar de su interés, no puede situarla al lado de los grandes poetas del momento: Mallarmé, Apollinaire, etc.. Su linaje y fortuna deslumbraron a muchos, sobre todo a Marcel Proust, que, en esa primera juventud aspiraba a ingresar en aquel mundo de nobles carcomidos por la vejez incluso de sus títulos, llegó a organizar cenas para homenajearla; pero fue algo más para el autor de A la busca del tiempo perdido, que no tendrá reparo en hablar de ella en su novela Jean Santeuil (Editorial Valdemar); fue un punto de partida: la melancolía de la poeta será saludada por él con elogios superlativos y desmesurados, hasta el punto de escribir que su novela La dominación (1905) era “la mayor belleza literaria que conozco”, y que la autora con este libro ha dado un último salto, y tocado, no lo desconocido, sino lo absoluto”.

Y otras compañías
Acompañan a Zuloaga en esa etapa francesa pintores de gran interés, y bien seleccionados por los comisarios; además de los ya citados y otros, para mí, personalmente, Jacques-Émile Blanche, cuyo magnífico retrato de Proust –en la foto ofrecida por Mapfre se le ha eliminado el precioso marco que el cuadro tiene– es santo y seña para proustianos. Sin olvidar las esculturas de Rodin o dos picassos de esa época previa a la vanguardia que arranca en la primera década; son absolutamente significativos de su evolución, empezando por esa Celestina tuerta que siempre me recuerda a Ester Quintana, esa mujer catalana que, por las versiones de la Consejería de Interior del Govern, nos hizo pensar a muchos que se había arrancado ella misma el ojo por capricho, para fastidiar a los Mossos; el percance se sustanció sin culpables, pese a que el juez dictaminó que había sido fruto de disparo de pelota de goma; siete mossos fueron destinados a otra unidad, y aquí paz y después la gloria del triste hueco del ojo de la señora Quintana tapado.

Retrato de Marcel Proust, de Jacques Émile Blanche (1892). / Musée d’Orsay París.

Además de otras secciones de interés –por ejemplo, la colección privada de Zuloaga, con cuadros de Goya, de Zurbarán o del Greco–, pueden verse cuadros más “característicos” de la idea que se tiene del pintor, y que la muestra viene a reafirmar al lado de la perspectiva de su etapa parisina: el Zuloaga que, a partir de la Primera Guerra Mundial, cuando vuelve a España, conecta con la frustración de los hombres del 98, y que vio los tipos españoles no como algo pintoresco y folclórico de la visión romántica, sino como expresión de la España profunda, la de los cabreros; ahí están, por ejemplo, los retratos del Juez de Zamarramala, rostro de forma escueta y pinta de facineroso, o el sanchopancesco Alcalde de Torquemada, encarnaciones de aquella “España negra” cuyo adjetivo todavía colea, y que estos días ha reaparecido para explicar las relaciones de España y Cataluña; se niega así la afirmación de Heráclito según la cual ningún hombre pude pasar el río dos veces. Pero aquí estamos en el país de la noria, de la que tiran burros eternamente, por los siglos de los siglos.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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