Los Dossieres 1212 Tiempos de hoy

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                Nº 1212. 8  de septiembre de 2017

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Los dossieres / Pedro Antonio Navarro

Se dispara la tensión entre Washington y Pyongyang

Corea del Norte desata el miedo nuclear

Los exitosos tests balísticos de misiles y las pruebas nucleares que constatan el acceso de Corea del Norte a la bomba H, junto a las maniobras masivas de tropas estadounidenses a escasos kilómetros de la frontera han desatado las más graves tiranteces entre los dos países de los últimos tiempos. El miedo a un conflicto de consecuencias imprevisibles se ha extendido por el planeta, especialmente dadas las personalidades inestables de los líderes de ambas naciones, Kim Jong-un y Donald Trump. En el trasfondo, la vieja geoestrategia –con Europa, Japón y Corea del Sur respaldando a Washington; y Rusia, China y los ‘emergentes’ empujando a una negociación– y las duras sanciones económicas impuestas a Pyongyang.


La última prueba del régimen norcoreano, con una bomba H que puede ser montada en uno de sus misiles, ha supuesto una escalada sin precedentes de la tensión con Occidente.

Tras cinco ensayos nucleares previos, Corea del Norte hacía una prueba definitiva, con éxito, de una bomba de hidrógeno. Un artefacto que puede ser instalado en uno de sus misiles balísticos intercontinentales (ICBM). Estamos ante el resultado de años de ensayos que ya comenzaron en 2006, con el padre de Kim Jong un, Kim Jong-il. Ahora, el actual líder de la República Popular de Corea ha conseguido una bomba de hidrógeno con una potencia estimada de unos 100 kilotones –cinco veces la lanzada por Estados Unidos sobre Nagasaki–, quintuplicando el anterior test llevado acabo hace un año por Pyongyang.

La explosión detectada el pasado 2 de septiembre es 11 veces superior a la del ensayo anterior, en enero del año pasado. La nueva prueba provocaba un terremoto de magnitud 5,8 en el país asiático, según la Organización del Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBTO, por sus siglas en inglés).

Todo esto tenía lugar en medio de las recientes tensiones y amenazas entre Corea del Norte y Estados Unidos, a lo largo de todo el verano.

El mandatario estadounidense, Donald Trump, respondía al ‘desafío’ con la dureza que le caracteriza, en tono amenazante, y hasta con reproches dirigidos a sus aliados de Seúl: “Corea del Sur se está dando cuenta, tal y como les advertí, de que sus conversaciones para apaciguar a Corea del Norte no funcionan. Ellos solo entienden una cosa”.

Estados Unidos proclamaba el 4 de septiembre en la ONU de que “ha llegado el momento de agotar todas las vías diplomáticas” para dar paso “rápidamente a sanciones lo más fuerte posibles”.  Washington advertía de que considerará a los países que hagan negocios con Corea del Norte como entes que “prestan ayuda a las temerarias y peligrosas intenciones nucleares” de Pyongyang.


El presidente estadounidense, Donald Trump, advierte de que el tiempo de las sanciones está llegando a su fin.


Por su parte, el jefe del Pentágono, James Mattis, planteaba que habría una “gran respuesta militar” por parte de Estados Unidos ante las amenazas a su país o a sus aliados.

Era el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien comunicaba directamente que está meditando suspender el comercio con cualquier nación que haga negocios con Pyongyang, a la vez que insinuaba que no descarta un ataque a Corea del Norte.

Hace menos de un mes, a comienzos de agosto, Trump ya dejaba claro a su ‘enemigo’ asiático que podría responder a sus amenazas con “un fuego y una furia nunca vistos en el mundo”, tras publicarse informes de que Pyongyang había fabricado una cabeza nuclear reducida que puede ser colocada en uno de sus misiles balísticos.

Desde hace diez años, los técnicos al servicio de  Kim Jong un han realizado seis test nucleares y dos termonucleares, y han certificado su capacidad de  instalar dichas bombas en misiles balísticos intercontinentales, con autonomía suficiente para alcanzar territorio de Estados Unidos.

Las autoridades norcoreanas habían divulgado la posibilidad de lanzar cuatro cohetes balísticos Hwasong-12, sin cargas explosivas, hasta las inmediaciones de la isla de Guam, sede de dos grandes instalaciones militares norteamericanas.
En ese territorio insular del océano Pacífico radica la base aérea Andersen, en la cual se ubican actualmente al menos seis bombarderos B-1B Lancer de la aviación estratégica, los que en las últimas semanas habían realizado vuelos ‘intimidatorios’ muy cerca del territorio norcoreano.


Las periódicas maniobras conjuntas de EE UU y Corea del Sur, invocadas por Pyongiang como acto de agresión.


Las maniobras de la discordia

Como cada mes de agosto desde hace muchos años, el Pentágono anunciaba la realización del ejercicio anual Ulchi-Freedom Guardian –en esta ocasión, del 21 al 31 de agosto-, con la participación de decenas de miles de efectivos militares surcoreanos y estadounidenses.

Según autoridades de Washington y Seúl, estas actividades bélicas tienen un carácter ‘defensivo’. El presidente de Corea del Sur, Moon Jae in, aseguraba que las maniobras militares eran meramente defensivas y que no tienen intención de elevar las tensiones en la península coreana: “No hay intención alguna de aumentar la tensión militar en la península coreana, ya que estos ejercicios se llevan a cabo anualmente y son de naturaleza defensiva”.

Pero Pyongyang asegura que se trata de verdaderos ensayos de agresión, contra los cuales tomará las medidas necesarias. Cabe recordar que en Corea del Sur Washington tiene permanente desplegados  unos 30.000 efectivos militares ubicados en más de 80 bases e instalaciones.

Cada verano, con motivo de estas maniobras conjuntas que llevan a cabo un gran número de tropas estadounidenses y surcoreanas –con la participación de aviones y buques de guerra-, la tensión entre Corea del Norte, por un lado, y Estados Unidos y Corea del Sur, se dispara. Sin embargo, en esta ocasión, la escalada se ha disparado. Por una parte, debido a que Pyongyang ya parece haber completado su programa nuclear de largo alcance y, por otra, porque en la Casa Blanca se sienta ahora un presidente extremista e imprevisible que ya ha demostrado que no siempre está dispuesto a atender los consejos de los militares expertos.

Ante la escalada verbal desatada en agosto, los secretarios norteamericanos de Defensa y de Estado, James Mattis y Rex Tillerson, respectivamente, señalaron el 14 de ese mes que Washington está dispuesto a mantener un diálogo con Pyongyang, pero dejaban claro que las vías diplomáticas para resolver el problema están respaldadas también por “opciones militares”.

En un artículo conjunto publicado en el diario ‘The Wall Street Journal’, ambos señalaban que el objetivo de la “campaña pacífica de presión” es la desnuclearización de la República Popular de Corea, y trataban de aclarar que Washington “no está interesado en un cambio de régimen ni la rápida reunificación de la Península de Corea”.

El texto parece un intento por ‘enfriar’ la tensión creada por las declaraciones belicistas de Trump, que están provocando una seria preocupación en la opinión pública estadounidense y, en particular, entre legisladores demócratas y republicanos.

Los secretarios de Estado y de Defensa estadounidenses subrayan que una confrontación bélica con Pyongyang no es inminente, pero a la vez advierten de que la posibilidad de una guerra es ahora mucho mayor que hace una década.
En medio de un ambiente irrespirable de hostilidad política y militar, las autoridades de Pyongyang, que reiteran el carácter defensivo de su programa nuclear y el desarrollo de cohetes balísticos, decidían suspender provisionalmente sus planes de lanzar misiles Hwasong-12 hacia la isla de Guam.


El líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, se mostraba así de satisfecho con su ‘penúltimo’ desafío.

Pyongyang posee el arma nuclear

Pero, como se ha podido comprobar, lo que Corea del Norte no ha suspendido ha sido el ensayo de su bomba de hidrógeno, diseñada para ser colocada en la carga de un misil balístico intercontinental. La prueba se realizaba con el propósito de confirmar la precisión y el diseño estructural interno introducido recientemente en la fabricación de dicho dispositivo.

El 2 de enero de 2017, Donald Trump había afirmado que Corea del Norte nunca podría desarrollar un arma nuclear capaz de alcanzar territorio estadounidense, pero el pasado mes de julio, Pyongyang realizaba dos lanzamientos de misiles intercontinentales –sin carga detonadora-: “Todo el territorio estadounidenses está a nuestro alcance”, afirmó entonces Kim Jong un.

En una escalada que no se recordaba en décadas, el 8 de agosto, Trump amenazaba a Corea del Norte con ese ya mencionado “fuego e ira”. Tres semanas después, el 29 de agosto, Pyongyang lanzaba un misil balístico que sobrevoló el territorio japonés y cayó al Pacífico. Trump aseguraba entonces que “negociar no es la solución”.

Tras el ensayo nuclear, Estados Unidos, sus aliados europeos y Japón anunciaban su propósito de impulsar nuevas y severas sanciones de Naciones Unidas contra Corea del Norte. Sin embargo, la posición de China y Rusia -ambas con derecho de veto- es incierta en este asunto, pese a que ambas potencias también han condenado las pruebas atómicas desarrolladas por la República Popular de Corea.

Llegados a este punto, el Ministerio surcoreano de Defensa abría la puerta a la posibilidad de permitir el despliegue en su país de armas nucleares estadounidenses, lo que daría un giro radical a la política se Seúl en esta materia. Hay que recordar que Estados Unidos retiró las armas de este tipo –al menos, en teoría- que tenía desplegadas en territorio surcoreano a comienzos de la década de 1990, cuando las dos Coreas firmaron un acuerdo para la desnuclearización de la península.

Seúl y Washington destacaban la necesidad de dar una respuesta militar contundente a la nueva ‘provocación’ norcoreana, y además de intensificar las maniobras militares conjuntas con fuego real, planean el envío a aguas próximas al país asiático de portaaviones estadounidenses de propulsión nuclear.

La imparable escalada armamentística de Corea del Norte y una respuesta beligerante de Estados Unidos han derivado en un nuevo episodio de máxima tensión entre dos países que arrastran una enquistada enemistad que emana de la cruenta Guerra de Corea (1950-1953), que dio el origen ‘oficial’ al comenzó de la Guerra Fría.

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Tras la Guerra de Corea,, que terminó en 1953, el armisticio fijó la frontera entre las dos Coreas en el Paralelo 38, como zona desmilitarizada, paradójicamente, de las más militarizadas del planeta.

Una ‘vieja’ historia

Desde principios del siglo XX, la península de Corea fue un territorio codiciado por enfrentados intereses imperialistas, lo que ha dado lugar a diversos e intensos conflictos en esta tierra. En 1904, se declaró la Guerra ruso-japonesa en la que las dos naciones lucharon encarnizadamente por el control de dos regiones estratégicas: Manchuria y Corea. Después de más de un año de guerra y 150.000 muertos, Japón terminó llevándose una victoria militar histórica: era la primera vez en siglos que una nación asiática derrotaba en guerra a un país europeo. Cinco años después, en 1910, Japón anexionó a sus territorios la península coreana, ante la impasibilidad del resto de naciones y de la emergente potencia que era entonces Estados Unidos.

Todo cambiaría con la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos y Japón se convirtieron en enemigos, y cuando Washington alcanzó el triunfo junto a sus aliados, su postura sobre la ocupación japonesa de Corea cambió.
En un comunicado después de la reunión de El Cairo, firmado por el presidente norteamericano Roosevelt, el líder Chiang Kai-shek y el primer ministro británico, Winston Churchill, la postura de los aliados fue la siguiente:
“Las tres grandes potencias antes mencionadas, conscientes de la esclavitud de la gente de Corea, están determinadas a decir que, en su debido tiempo, Corea será libre e independiente.”

Desde ese instante, Corea pasó a ser administrada de un modo similar al de Alemania y otras regiones ocupadas por la propia Alemania y Japón después de la guerra. Como aquellas, fue dividida entre los aliados. Para cuando los japoneses firmaron su rendición incondicional en agosto de 1945, el documento ya traía los términos de una división de Corea alrededor del paralelo 38 norte: de un lado, en la frontera con China, quedaría una mitad controlada por los rusos; en el sur, del otro lado, quedaría otra mitad controlada por los americanos. La división fue llevada a cabo de manera bastante chapucera y casi arbitraria, por dos soldados estadounidenses que utilizaron un mapa de National Geographic. En poco tiempo, el Ejército soviético llegó a Pyongyang y los militares americanos desembarcaron en Incheon.

En 1948, Rusia salió de Corea del Norte tras el establecimiento de un Gobierno comunista liderado por un excombatiente contra los japoneses en Manchuria, Kim il Sung, que en septiembre proclamaba la República Popular de Corea. En un principio se llevó a cabo una reforma agraria que repartió las tierras entre los campesinos pobres, se nacionalizaron industrias en sectores estratégicos y, paralelamente, siguiendo la estela de Stalin, se estableció un marcado culto a la personalidad del líder.

Paralelamente, en el Sur gobernaba Syngman Rhee, aliado de Estados Unidos, un presidente ‘interpuesto’, nacionalista, ultraconservador y anticomunista.

Ambos mandatarios se declararon presidentes legítimos de toda Corea, tanto de la región sur como de la región norte, aunque sin atreverse a iniciar una invasión mutua. Las posiciones se fueron radicalizando en las dos Coreas –que vivían el drama de cientos de miles de familiares y amigos separados-. En 1949, las persecuciones, detenciones y ejecuciones eran continuas en ambos lados.

‘Nace’ la Guerra Fría

Aunque los dos lados llevan décadas culpándose mutuamente del estallido de la guerra, oficialmente fueron las tropas del Norte las que cruzaban el Paralelo 38, en 1950, dando lugar a una cruenta lucha.

Las fuerzas del Norte tomaban en menos de cuatro meses Seúl, la capital, y habían arrinconado a lo que quedaba del ejército surcoreano en el sur de la península, y que solo contaba ya con 20.000 efectivos.

Estados Unidos acudió a la ONU. Su Secretario de Estado, Dean Acheson –bajo la presidencia de Truman-, solicitó al Consejo de Seguridad una intervención inmediata, aprovechando la coyuntural ausencia del embajador soviético –que disponía de derecho a veto- y la tensión existente entonces entre Moscú y Beijing. El Consejo de Seguridad aprobaba la intervención militar, aunque la inmensa mayoría de las tropas que acudieron en auxilio de Seúl eran estadounidenses.

La entrada de los norteamericanos dio un giro radical a la situación. Según los historiadores, Estados Unidos lanzó 635.000 toneladas de explosivos sobre Corea, sin contar 32.557 toneladas de napalm, una cantidad superior a todas las bombas que cayeron sobre el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.

Los frentes en la guerra de Corea cambiaron constantemente: primero los norcoreanos conquistaron toda la península; luego fueron empujados hasta la frontera con China por los americanos y sus aliados; finalmente, intervino el ejército chino para restablecer la frontera en el paralelo 38.

Las consecuencias humanitarias del conflicto -que duró tres años y acabó el 27 de julio de 1953- fueron terribles, con más de tres millones de víctimas, la mayoría en el Norte, lo que pudo suponer entre el 12 y el 15 por ciento de la población de ese territorio, además de una devastación total de la agricultura y la industria.

Finalmente se firmaba un armisticio que volvió a fijar la frontera en torno al paralelo 38.

La versión norcoreana de este conflicto es la de una lucha contra los invasores estadounidenses que responde oficialmente al nombre de ‘Gran guerra de liberación de la madre patria’.

Cuando se firmó el armisticio se acordó crear una zona desmilitarizada entre las dos coreas, pero, paradójicamente, más de un millón de minas se encuentran diseminadas actualmente en esa estrecha franja.

En la posguerra, Corea del Norte contó con la ayuda económica de la URSS y durante años fue más poderosa que su vecino del sur. Más tarde, China tomaba el relevo en el respaldo, pero esas ayudas irían disminuyendo con el tiempo.

Por su parte, Corea del Sur ha contado desde entonces con todo el sustento de Washington, tanto económico, como militar –el país acoge un importante número de bases estadounidenses y cerca de 30.000 soldados permanentemente instalados en la península- y se ha convertido en una potencia económica emergente, aunque con constantes escándalos por corrupción en las altas instancias gubernamentales.

En los 64 años que han pasado desde el fin de la Guerra de Corea, la enemistad de Corea del Norte con Estados Unidos no ha decrecido. Durante la Guerra de Vietnam, Estados Unidos ya había colocado cerca de 950 cabezas nucleares para amenazar Pyongyang, aunque en 1991, Washington retiraba ‘formalmente’ este arsenal del territorio coreano.

Durante años, Corea del Norte pidió apoyo a Rusia y a China para comenzar un programa de armas nucleares. Tanto soviéticos como chinos se negaron rotundamente. Sin embargo, la URSS decidió ayudar a su aliado a desarrollar un programa lateral de energía nuclear y a entrenar a físicos nucleares.

En 1985, Corea del Norte había firmado un tratado en el que se comprometía a renunciar a la fuerza nuclear y en 1992 ambas Coreas suscribieron un documento similar.

Se vivió una época de relativa tranquilidad entre 1994 y el 2002 con una dinámica diplomática mediante la que Pyongyang prometía congelar toda investigación de plutonio enriquecido y Estados Unidos relajaba los embargos económicos. Sin embargo, en la era Bush volvieron a subir las tensiones. En 2002, el presidente americano incluyó a Corea del Norte dentro de lo que llamó “El Eje del Mal”.

Estas complejas relaciones diplomáticas continuaron hasta la muerte de Kim Jong-Il -hijo y sucesor de Kim Il-Sung-, en diciembre de 2011. Su hijo, Kim Jong un -nieto del primer líder-, con apenas, 27 años tomó el poder.

Inmediatamente, todo pareció regresar a una cierta calma: permitió la entrada de inspectores internacionales, prometió acabar con las investigaciones de misiles balísticos y armas nucleares y el Gobierno de Barack Obama envió a la República Popular de Corea toneladas de alimento.

Pero eso ha cambiado con la llegada de Trump. Ahora, Corea del Norte ha llevado a cabo  el doble de pruebas militares que en los últimos diez años. Hasta ahora, ha desarrollado seis pruebas nucleares y 11 pruebas de misiles intercontinentales.


El régimen se mantiene blindado y hermético a las sanciones occidentales.


Las sanciones, en el foco del conflicto

La comunidad internacional lleva muchos años aplicando sanciones económicas cada vez más duras a la República Popular de Corea, con el consiguiente deterioro de las condiciones de vida de sus habitantes y las trabas para el desarrollo del país.

En estos momentos, el efecto de esas sanciones y la peor sequía de las dos últimas décadas amenazan con causar graves adversidades a millones de norcoreanos. Una sequía que ha arrasado las cosechas a principios de verano, lo que arroja serias dudas sobre la capacidad de esa nación para alimentar adecuadamente a buena parte de su población, incluidos los soldados de un ejército sobredimensionado.

Aunque según diversos informes de la ONU,  ha mejorado la calidad de vida de la población en los años recientes, muchos residentes de este país de 25 millones de habitantes tienen dificultades para asegurarse una cantidad de comida suficiente.

Por otra parte, las sanciones ponen en riesgo los trabajos de los empleados en sectores más afectados por estas restricciones internacionales, como la minería, la siderurgia, las manufacturas y la industria textil, así como comprometen los empleos de los más de 100.000 norcoreanos que trabajan fuera de sus fronteras.

El periódico oficial del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte, ‘Rodong Sinmun’, daba cuenta de la puesta en marcha de “batallas de prevención” para hacer frente a una “terrible sequía” que empezó en mayo. En una Alerta especial del mes pasado de la FAO se estimaba que la producción en Corea del Norte de las primeras cosechas de la temporada se ha reducido casi un tercio respecto al mismo periodo del año anterior. “Se necesitan urgentemente más lluvias para evitar una reducción importante en la producción de cereal durante la temporada de 2017”, señala el informe.

Las más recientes sanciones de Naciones Unidas tienen por objetivo declarado reducir en un tercio los ingresos anuales por exportaciones, equivalentes a 2.500 millones de euros. Así, por ejemplo, la nueva prohibición de exportación de mariscos afectará a los pescadores cuyas vidas dependen de la venta a China de parte de su captura.

El 5 de agosto de este año, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobaba una nueva batería de sanciones económicas contra Corea del Norte que reducirán hasta en 1.000 millones de dólares al año los ingresos que el país obtiene con sus exportaciones.

Los 15 países del Consejo de Seguridad adoptaron por unanimidad una resolución que aumenta la presión internacional sobre el régimen de Pyongyang con vetos a ciertas exportaciones y controles más estrictos.

Pero para Washington esto resulta insuficiente. Trump ha amenazado hace unos días con suspender las relaciones comerciales con “cualquier país que haga negocios con Corea del Norte”. Unas palabras que tienen como especial destinatario a China, el principal socio comercial de la República Popular de Corea.


El secretario general de la ONU, António Guterres, llama a retomar las negociaciones con el régimen de Corea del Norte.


Tratando de apagar el ‘fuego’

El secretario general de la ONU, António Guterres, tras los últimos acontecimientos, ha hecho un llamamiento a evitar la guerra y reactivar las negociaciones que comenzaron en 2003, y se mantuvieron de manera irregular en los últimos años, con la participación de la República Popular de Corea, Corea del Sur, Estados Unidos, Japón, China y Rusia.

Al contrario que Estados Unidos, Corea del Sur, Japón y la Unión Europea, el presidente ruso, Vladimir Putin, considera “inútil e ineficaz” el recurso a nuevas sanciones contra Pyongyang y estima que “una histeria militar” en torno a Corea del Norte “puede llevar a una catástrofe planetaria”.

El inquilino de El Kremlin recordaba que “Rusia condena estos ejercicios” de Corea del Norte, en referencia a la prueba atómica, “pero el recurso a sanciones de cualquier tipo en este caso es inútil e ineficaz. Los norcoreanos “no van a renunciar a su programa nuclear si no se sienten en seguridad. Por tanto hay que intentar abrir un diálogo entre las partes interesadas”.

Putin se sumaba a la posición de Beijing, que defiende una “solución pacífica” a la crisis norcoreana, y la reanudación de las negociaciones con Pyongyang. Ya el embajador de China ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Liu Jieyi, ha advertido de que su país no permitirá que haya “caos y guerra en la península coreana. El problema en la península debe resolverse pacíficamente”. Jieyi instaba a volver a las negociaciones para destrabar el conflicto en la región, porque “la situación en la península se está deteriorando constantemente mientras hablamos, cayendo en un círculo vicioso”.

Pese a las buenas relaciones con Corea del Norte, China fue uno de los primeros países en condenar “duramente” el ensayo nuclear realizado 2 de septiembre, pero poco después el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, acusaba a Beijing de no hacer lo suficiente para contener la crisis y amenazó con suspender las relaciones comerciales con los países que mantengan vínculos económicos con Pyongyang.

El portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Geng Shuang, por su parte ha calificado las amenazas de Estados Unidos contra Corea del Norte como algo “definitivamente inaceptable para nosotros que, por un lado trabajamos para resolver este asunto de forma pacífica, pero por otro nuestros intereses son objeto de sanciones y están en peligro”, al tiempo que llamaba a Washington a que “mantenga la calma”, ya que, en varias oportunidades, Washington y Seúl han informado que planean desplegar portaaviones y realizar varios bombardeos contra la península coreana.


Los líderes de China y Rusia, Xi Jinping y Vladimir Putin, respectivamente, lideran las llamadas a encontrar una solución pacífica a la crisis.


Por otro lado, el ministro chino solicitaba a Corea del Norte  “abstenerse de intensificar las tensiones” con sus ensayos nucleares.

Paralelamente, los líderes de las cinco potencias ‘emergentes’ (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica –BRICS-), reunidos en una cumbre en China, reprobaban las intervenciones militares y las sanciones económicas unilaterales, en una declaración aprobada al concluir su cónclave. “Condenamos las intervenciones militares y las sanciones económicas unilaterales, y el uso arbitrario de las medidas unilaterales que violan la legalidad internacional y las normas establecidas de las relaciones internacionales”, destaca la declaración conjunta.

En este texto, los máximos dirigentes de los BRICS también manifestaban su enérgica condena a la más reciente prueba nuclear de Corea del Norte: “Expresamos nuestra profunda preocupación por la actual tensión y el prolongado conflicto nuclear en la península de Corea”.

Durante este importante encuentro, el presidente de Rusia, Vladimir Putin y su homólogo chino, Xi Jinping, acordaron coordinar sus esfuerzos para manejar “apropiadamente” las consecuencias de la prueba nuclear realizada por Corea del Norte. En otro comunicado, los dos líderes suscribían “atenerse al objetivo de la desnuclearización en la península coreana y mantener una estrecha comunicación y coordinación para hacer frente a la nueva situación”.

Al igual que China, la Cancillería rusa había comunicado previamente su profunda preocupación por las acciones norcoreanas, que “crean una seria amenaza para la paz y la seguridad en la península”. El jefe de Estado ruso reconocía que la situación actual en la península coreana “se ha exacerbado y se está balanceando al borde de un conflicto de gran envergadura”, al tiempo que tachaba de “erróneo e inviable el cálculo de que los programas nucleares y de misiles de Corea del Norte pueden ser detenidos exclusivamente a través de la presión sobre Pyongyang”.


Kim Il-sung y Kim Jong-il, los ancestros del actual líder Kim Jong-un que lograron crear esa suerte de dinastía comunista.

Los motivos de la tensión

Son múltiples las excusas y las ocasiones en las que los intereses de Estados Unidos y la República Popular de Corea han chocado a lo largo de los 64 años transcurridos desde la sangrienta guerra en la península asiática.
Casi desde el desde el final de la contienda, el Gobierno de la República Popular ha realizado constantemente cuatro propuestas a Estados Unidos: un tratado de paz para poner fin a la Guerra de Corea –a día de hoy solo existe un armisticio y no un tratado-; la reunificación de la península, dividida desde 1945; la suspensión de las maniobras militares anuales de un mes de duración entre Estados Unidos y Corea del Sur; y el establecimiento de negociaciones bilaterales directas entre Washington y Pyongyang para acabar con las tensiones en la Península de Corea. No ha encontrado respuesta a ninguna.

Pero tanto Estados Unidos como Corea del Norte solo han sido capaces de mantener el armisticio, que es un cese temporal del combate por consentimiento mutuo. Se suponía que el armisticio firmado el 27 de julio de 1953 se iba a transformar en un tratado de paz cuando “se lograra un acuerdo pacífico final”.

Las exigencias de Pyongyang chocan frontalmente con los intereses de Washington en la zona. Los estadounidenses desean una reunificación, pero bajo el régimen del sur, para llevar su paraguas militar directamente a la frontera con China y también con Rusia.

Corea del Norte desea la marcha de los entre 25.000 y 40.000 soldados que Washington mantiene desde el final de la guerra en el Sur, establecidos en flotas, bases de bombarderos nucleares e instalaciones de tropas estadounidenses muy cerca de la península. 

En 2002 estallaron serias tensiones entre Estados Unidos y Corea del Norte, cuando Pyongyang expulsó a los inspectores nucleares internacionales en medio de preocupaciones, luego confirmadas, de que estaban desarrollando armas nucleares en secreto.

La prueba nuclear desarrollada por los norcoreanos en 2013 llevó a Estados Unidos a solicitar nuevamente al Consejo de Seguridad la aplicación de más sanciones contra el país. Días después, Corea del Sur y Estados Unidos anunciaron que se reforzarían las maniobras militares conjuntas que ejecutan anualmente. En respuesta a estas maniobras, Corea del Norte anuló el pacto de no agresión que mantenía con Corea del Sur y cortó las líneas de comunicación directas con su vecino.

El 29 de marzo de este año, dos bombarderos B-2A estadounidenses con capacidad nuclear lanzaron proyectiles frente al mar de Corea, lo cual fue considerado por Pyonyang como el inicio de la guerra contra su país. El 30 de marzo, Corea del Norte anunció su entrada en “estado de guerra”.

El Gobierno de Estados Unidos a través del Departamento del Tesoro tiene impuesto un bloqueo económico a Corea del Norte que priva a la nación asiática de exportaciones de productos e importaciones de bienes, servicios, y tecnología, entre otras acciones.

A través del Acuerdo de Wassenaar, firmado junto a otros 32 países en 1996, establece prohibiciones a la exportación de cualquier tecnología o materiales considerados de doble uso. Obviamente, Pyongyang desea la derogación de esta dura medida.

Sin embargo, si se producen las negociaciones exigidas por Corea del Norte, no sería la primera vez que ambas naciones mantienen contactos directos al más alto nivel. En 2009, el expresidente Bill Clinton viajó a Corea del Norte, para lograr la liberación de dos periodistas estadounidenses. Fue la segunda visita de un exmandatario de la Casa Blanca a Pyongyang. El primero fue Jimmy Carter, que visitó Kim Il-sung, en 1994, para hablar del programa nuclear norcoreano.