Entrevista Juan Manuel Bonet Tiempos de hoy
 
   

                             Nº 1202. 26 de mayo de 2017

- - --

Entrevista / Jairo Máximo

Juan Manuel Bonet, director del Instituto Cervantes

El Cervantes es una casa común”

Juan Manuel Bonet (París, 1953) es escritor, poeta y crítico de arte y literatura. Tiene publicados diversos poemarios, ensayos y monografías. Ha comisariado varias exposiciones con su particular sello de identidad. Ha sido director del Instituto Valenciano de Arte Moderno  y del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Actualmente es director del Instituto Cervantes. En esta entrevista concedida en Madrid, Bonet afirma: “Soy un hombre que ha vivido la Transición y mi generación reivindica esa tradición de pactos, de reconciliación, del no al odio al adversario”.

"Estamos reforzando mucho la condición iberoamericana del Cervantes. Es algo que está en su ADN"
  "La exposición más inmediata de mi gestión es Retorno a Max Aub (1903-1972). Después de todo lo que ha pasado con su nombre en Madrid. ¡Un absurdo! Por suerte los de Podemos han rectificado; pero tarde y mal"

¿Ha vivido desde niño en la vanguardia intelectual?
Sí. He nacido en una familia en la cual el arte y la cultura han sido una tradición. Mi padre hablaba de que su madre escribía, que su padre militar pintaba y que un familiar suyo de Lugo, Evaristo Correa Calderón (1899-1986), era vanguardista, que yo lo conocí ya mayor. Correa Calderón era amigo de Jorge Luis Borges, y fue él quien introdujo la vanguardia en Lugo. En mi Diccionario de las Vanguardias en España, 1907 1936, que publiqué en 1995, hablo de las vanguardias artísticas que conocí. De este hombre de Lugo, Correa Calderón, mi tío abuelo, que en su juventud madrileña había participado en el Café Pombo de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna, figura central de la vanguardia española. Él contaba que José Gutiérrez Solana, que inmortalizó la tertulia en el cuadro La Tertulia del café Pombo (1920), le había hecho en 1921 un retrato al óleo que él no pudo nunca comprar porque la obra de Solana era muy cara. También está su relación con Borges, porque en las obras completas de Borges, editadas en francés, Correa Calderón aparece como uno de los firmantes de un poema colectivo. De ahí viene la tradición. Mi padre —historiador y catedrático— primero estudió en Santiago de Compostela; después continuó estudios en París, donde nací. Allí contactó con escritores y pintores. Años más tarde volvió a España y aquí siguió frecuentando a pintores y escritores. Entonces, desde niño viví en la vanguardia intelectual.

¡Qué lujo!
¡Claro! Me acuerdo de la época de Sevilla cuando mi padre dirigía el Museo de Bellas Artes de Sevilla, además de unas páginas del activo y crítico periódico El Correo de Andalucía. Fue en esas páginas donde yo comencé a escribir.

Qué niño precoz…
(Risas) Y para que no dijeran que yo era un enchufado firmaba con otro nombre.

¿Con pseudónimo?
Sí. Juan Hix, en referencia a Sant Marti Hix, un pueblo de la Cerdeña francesa donde nació mi abuela materna. En esta época yo también pintaba pero por suerte para la pintura lo dejé.

(Risas) Pero ganó la poesía. Ganó la crítica artística y literaria. Ganó el comisariado del arte contemporáneo.
(Risas) Eso fue de los 13 a los 18 años cuando empecé a escribir poesías. Tardé bastante en publicar porque escribía crítica de arte. Posteriormente trabajé durante dos veranos en el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca. Fue el primer museo con el cual tuve que ver. A partir de entonces poco a poco pasé a dedicarme a escribir sobre el arte. Luego fui el primer director artístico de la extinta galería madrileña Buades (1973-2003). Allí estaban Pérez Villalta, Carlos Alcolea, Manolo Quejido, Navarro Baldeweg, Miguel Navarro, entre otros. También estuve en El País entre 1976 y 1980  y en el desaparecido Diario 16. Últimamente colaboro con el diario ABC. Durante una época de mi vida profesional escribí muchas críticas de arte y literatura, sin embargo, hoy en día ya no las hago.

¿Cómo empieza su acercamiento, en plan profesional, a los museos?
El primer museo al que me vinculé fue el Museo de Teruel. En ese momento me puse a estudiar las viejas vanguardias pictóricas, el ultraísmo —herencia familiar de mi tío abuelo—, el surrealismo, etcétera. El movimiento ultraísta (1818-1925) es un tema que siempre me interesó. Era como el modernismo brasileño. Después el escultor canario Martín Chirino, que fundó el Centro Atlántico de Arte Moderno, me invitó a participar del consejo asesor de la institución. Allí fui comisario de una exposición preciosa que contaba cómo el Surrealismo pasó durante la Segunda Guerra Mundial del viejo al nuevo mundo —Cuba, México, Estados Unidos— teniendo Canarias como un punto de encuentro, de cruce de caminos entre Europa, África y América. Fue fascinante investigar una época tan particular. En eso de los museos fue en aquel lugar donde aprendí mucho sobre lo que es un museo. A continuación me propusieron dirigir el joven y experimental Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM,) donde pasé casi cinco años muy intensos de mi vida. Trabajé aportando mi experiencia personal, añadiendo una mirada interna. Hicimos una exposición sobre el Ultraísmo que hasta aquel momento los museos no lo habían mirado mucho porque era un movimiento político que tenía Guillermo de Torre, Dalí, Barradas —el pintor uruguayo amigo de mi tío abuelo Correa Calderón y autor del cuadro Café (1918). En síntesis, mi trabajo en el IVAM fue un poco ir españolizando en algunos aspectos; e iberoamericanizando en otros. Fue una época en la cual también me fijé muchísimo en cosas del Nuevo Mundo. Puse en marcha la gran exposición brasileña Brasil 1920-1950. De la antropofagia a Brasilia, comisariada por Jorge Schwartz. Esa exposición empezaba en la Semana de Arte Moderno de 1922, realizada en São Paulo, que dio origen al modernismo brasileño, y acababa en la primera piedra de la construcción de Brasilia. En la exposición mezclé distintas disciplinas artísticas: pintura, arquitectura, fotografía, cine, música, danza, integrando todos los planos. Es un tipo de exposición a la cual me aficioné porque cuenta un poco la vida intelectual de los artistas y de la ciudad como marco. Cuando se inauguró la exposición yo ya no estaba como director del IVAM.

Estaba en el AVE de camino a Madrid.
(Risas) En el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, donde estuve entre 2000 y 2004, no me olvidé tampoco de Brasil. Adquirí mucho arte brasileño: Tarsila do Amaral, Tunga, Maria Beatriz Magalhães, entre otros. No estuve allí el tiempo suficiente para planificar otra exposición de arte brasileño. Sin embargo, consolidé mucho la colección del Museo Reina Sofía. Compré Dalí, Juan Gris, Miró. Hice exposiciones de arte contemporáneo, de fotografía y de otras disciplinas que no se habían hecho en España en plan grande, como una de Ramón Gómez de la Serna, hombre orquestra de la vanguardia; de Solana, el pintor de las tertulias del Café Pombo; del escultor Alberto; de Ramón Gala; del pintor castellano Díaz Caneja. Hice lo que pude. El Museo Reina Sofía era un museo más o menos encorsetado en aquella época. No tenía tanta autonomía como ahora. No era tan experimental. Tenía más la responsabilidad de un discurso canónico.

Después del Reina Sofía,  ¿qué?
Trabajar en casa, cosa que me gusta mucho. En esta época recibí el encargo de la Fundación Juan March para organizar la primera muestra de la brasileña Tarsila do Amaral, una de las máximas figuras de las vanguardias latinoamericanas y emblema del modernismo brasileño. La exposición fue inaugurada en 2009 y hasta ahora es mi último proyecto brasileño en un museo. En seguida, surgió la posibilidad de realizar un proyecto conjunto con la Dan Galería, de São Paulo. Una visión de São Paulo hecha por el fotógrafo español José Manuel Ballester. El título de la obra que acabamos de publicar es Fervor de la Metrópoli, que es una mezcla de Fervor de Buenos Aires, primer libro de poemas de Borges, de 1923,  y la película brasileña São Paulo, Sinfonia da Metrópoli (1929). En estos años que pasé sin los museos hice trabajos como ése de Brasil. Y en 2012 llegó la oportunidad de dirigir el Instituto Cervantes de París.

¿Cómo cruzó los Pirineos? ¿Carretera, tren, avión o a pie?
(Risas) Esquiando. Mi madre Monique estaba siempre diciendo, oh Juan Manuel, tendrías que trabajar alguna vez en Francia. Entonces me presenté a concurso a una plaza en el Instituto Cervantes de París y fui escogido. Estuve allí entre 2012 y 2016. Fue la única vez que he vivido de verdad en mi ciudad natal, de donde había salido cuando tenía tres años.

Un reencuentro a lo grande.
Sí. Vivirla de verdad. Con sus problemas. Me tocó vivir los atentados yihadistas al semanario satírico Charlie Hebdo y el de la sala de espectáculos Bataclan y terrazas, en 2015.

¿Y qué ha pasado?
Supuso reforzar la seguridad del Instituto. París ha reaccionado muy bien. El pueblo francés y el gobierno dieron un ejemplo. Con todo ha creado un Estado muy especial. Ha bajado mucho el turismo en París. Ha generado muchos problemas. Ha habido fisuras.

¿Qué sintió cuando le notificaron el pasado enero que era el nuevo director del Instituto Cervantes –institución dedicada a la enseñanza del idioma y la cultura española en todo el mundo, fundado en 1992–?
Una mezcla de sorpresa, honor y responsabilidad. Soy la primera persona que antes de ser director de la Red dirigió una sede. Aterrizo para aportar ideas frescas a una estructura que funciona muy bien. Una de las instituciones más valoradas españolas. Quiero volver un poco a la idea de que la propia central está mandando cosas de mucha calidad a sus sedes. Asimismo creo que lo relacionado con las artes plásticas está un poco pobre porque, si te fijas, muchas veces se queda en función de lo que puedas hacer a escala local. Cuando el Instituto Cervantes empezó a funcionar era más español. Sin embargo, hoy en día es un lugar en el que cualquier iberoamericano lo siente como propio. En París hacíamos muchísima actividad con los argentinos, peruanos, mexicanos... Eso es algo que hay que seguir haciendo. Lo sabe cualquier director del Cervantes: este sitio es una casa común.

¿Puedo considerar que la exposición Panóptica (1973-2011), del dibujante catalán Max, que el Instituto Cervantes exhibió en 2012 y que también llegó a Brasil con éxito, es la línea de trabajo que pretende desarrollar?
—Esa exposición era buenísima. Es un ejemplo de que sí se puede hacer una exposición que salga de aquí y visite otras sedes del Cervantes. Estamos reforzando mucho la condición iberoamericana del Cervantes. Es algo que está en…

El ADN del Cervantes.
Sí. La exposición más inmediata de mi gestión es Retorno a Max Aub (1903-1972), destacado escritor hispano argentino. Después de todo lo que ha pasado con su nombre en Madrid. ¡Un absurdo! Por suerte los de Podemos y confluencias han rectificado; pero tarde y mal. Max Aub es el eterno judío errante de nuestra literatura.

¿Cree que el populismo del Podemos español es una herencia genética del populismo bolivariano?
No me dedico a la política. Por lo tanto, tengo que ser neutral. En lo que a mí me concierne, como ciudadano y persona que ha vivido la Transición española, el aspecto que me parece más sorprendente de este nuevo fenómeno es la negación de la Transición. Los consensos fueron necesarios. Fue muy difícil porque había gente que había estado en las trincheras de la Guerra Civil. No se puede tirar por la borda. Me da pena que se intente eso. Eso es lo que diría al respecto. No quiero meterme mucho en la cuestión, porque, digamos, dirijo el Instituto Cervantes, que tiene que estar por encima del debate político, pero en ese aspecto soy un hombre que ha vivido la Transición y mi generación reivindica esa tradición de pactos, de reconciliación, del no al odio al adversario.

-

 

-