Cultura Mauro Armiño Tiempos de hoy
 
   

                             Nº 1201. 19 de mayo de 2017

- - --







Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Del analfabetismo a las masas


A pesar de la insistencia de autores y editores, un 39% de españolitos no leyó ningún libro en 2015 (último informe de lectura). / EUROPA PRESS

Por insistir, que no quede: es lo que deben pensar los organizadores de la Feria del Libro de Madrid –desde el 26 de mayo al 11 de junio–. Los editores insisten y los escritores, dramaturgos y cinematógrafos no dejan de trabajar; pero, como sabemos, son mala gente, empeñados en que el 39% de los españolitos se dediquen a leer en vez de irnos de discoteca, juerga o bares para probar ese objeto inmaterial de la Humanidad que ha de ser la tapa, el pintxo, según el ministro Méndez de Vigo. El último informe de lectura en España presentado en el pasado enero, ese 39% no leyó ningún libro en 2015, año de la elaboración; las librerías se redujeron  hasta 3.650 (700 menos que en 2014). Como de las ganas de empeñar la vida en algo más interesante que la realidad existente, en 2016 la producción de libros subió un 8,3% y la edición electrónica un 13,3%, según el estudio del Observatorio de la Lectura conocido en abril; aunque con tiradas mucho menores. Otra paradoja: ahora que desde los gobiernos –tanto la etapa de Zapatero como esta legislatura y media de Rajoy– se siembra de sal y ceniza las Humanidades –filologías reducidas casi a la inexistencia, y no digamos los vejestorios, ese griego y ese latín; la filosofía en vías de desaparición como especie prácticamente a extinguir–, de la mayoría de esos libros, el 31% pertenece a Ciencias Sociales y Humanidades, y el 21,4% a Creación literaria.

Analfabetismo funcional
¿Por qué extrañarse de que España figure a la cola en comprensión lectora y los españolitos adultos sean los segundos de Europa que peor entienden lo que leen? Son 16 puntos por debajo de la media de la OCDE, sin que les anime el dicho de Don Quijote: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, ni que estudios de la Universidad de Yale hayan deducido que los lectores asiduos –bastan para serlo tres horas y media a la semana– viven hasta dos años más que los que andan de parranda o playa; y consiguen mejores sueldos, según otro estudio de la Universidad de Padua. No seré yo quien crea semejantes estudios, pero ahí están para ver si alguien se anima.
El 7,1% de indígenas hispanos ha leído un libro en los doce meses que tenía el año pasado; un 57% no ha entrado nunca en una librería; un 74% no ha pisado nunca una biblioteca; un 49,7% no va nunca al cine; casi un 70% no ha pisado un museo, y las estadísticas sigue confirmando que el género femenino lee más que el masculino. Para colmo,  según un sondeo del CIS de 2016,  la mayoría de españolitos se sienten felices, casi nunca se aburren ni se sienten solos; de ahí, seguramente que un 42,5%  tienda a no criticar, frente al 15,3% que sí reconoce ejercer la crítica.

Ladeados del lado de los reos
A ver quién se atreve a levantar un sombrajo con estos palos. Y resulta fácil adivinar el acertijo de saber si desde los gobiernos se promueve una alfabetización mínima –para la mayoría, para la masa, no para estudiantes de colegios privados– que sirva poco más que para leer prohibiciones en la circulación vial. Ya se hizo, como recordé hace quince días, con Isabel II, cuyos tutores, durante su minoría de edad, prefirieron enseñarla a bailar y  a jugar, para que no entorpeciese sus enjuagues, tanto prohombres liberales como próceres conservadores. Alguien está enviando a los jóvenes –la generación mejor preparada, dicen a bombo y platillo– a criar cebollinos, como decreta el expresidente de la comunidad de Madrid, el tal González, hoy enrejado, que hay que hacer con los jueces.

Éstos, aunque leídos en rollos administrativos y judiciales –eso no es leer–, están ladeándose descaradamente del lado de los reos,  como ya anunciaba que hacían en su época Diego de Torres Villarroel, divertido autor de almanaques y pronósticos que hubo de vivir de malandanzas y picardías, y crítico bastante susceptible de mediados del XVIII, al que ahora van a poner calle en Madrid; mejor ese que cualquier generalazo matachín de cubanos o marroquíes, cuando no de españoles. Pero dejemos este asunto de fiscales que esta semana habrán impedido a muchos leer, porque con tanta corrupción y mentira cualquiera abre un libro de Góngora, pongo por caso.
Dado que hay Feria del Libro, empezaré por recomendar a quien lea algo más que tontunas –se saben todos los libros que no hay que leer–dos novedades. La primera, que cité de pasada al celebrar hace quince días la aparición de nuevas ediciones de Valle-Inclán, es La Media Noche. visión estelar de un momento de la guerra (edición de Margarita Santos Sanz, Alianza Editorial), que recoge las crónicas que el escritor gallego publicó en El Imparcial de octubre de 1916 a febrero de 1917; el escritor visitó los frentes de la Primera Guerra Mundial, invitado por un diplomático francés. España se había declarado neutral en la contienda, y eran pocos los periódicos “que no han sido comprados en Madrid” por los países no beligerantes para que propagasen “pacifismo” entre la opinión pública. Intelectuales y artistas –Unamuno, Azorín, Maeztu, Palacio Pérez de Ayala, Falla, Turina, Romero de Torres, Zuloaga– se movieron y mostraron enseguida su inclinación por los aliados firmando un manifiesto en cuya elaboración participó el autor de  Luces de bohemia: “La Guerra Europea. Palabras de algunos españoles”.

Cierto que La media noche son crónicas de guerra, pero menos; además de que las refundió para  su edición  en libro, nada que ver ni por estilo ni por visión  de la contienda con lo que escribiría un corresponsal de guerra. Hoy ningún periódico publicaría estas estampas “humanas”, paisajísticas incluso, de momentos concretos a los que asiste: bombardeos, cañoneos, el asalto a las trincheras (“¡Qué cólera magnífica!... ¡qué ciego impulso de vida sobre el fondo del dolor y de la muerte!”), los carretones de heridos… Visión trascendida de la guerra, fragmentos para casi una novela, escrita en un lenguaje magnífico, impresionista, a brochazos, que todavía debe algo a su pasión modernista.

Whitman medio siglo después
Exactamente 165 años se ha tardado en recuperar una narración que apareció sin firma en varias entregas del periódico The Sunday Dispach en 1852: Vida y aventuras de Jack Engle, de Walt Whitman, que, con prólogo de Manuel Vilas y segura traducción de Miguel Temprano, acaba de aparecer en Ediciones del Viento; el hallazgo se debe al trabajo de un doctorando que  observó coincidencias entre nombres como el que aparece en el título y los apuntes de un cuaderno de quien tres años más tarde iniciaría la publicación de Hojas de hierba; en este título que elaboró in progress el poeta aboliría convencionalismos de todo tipo, desde religiosos a morales o artísticos, en una reinvención de la misión de la poesía que en Estados Unidos apenas empezaba (de hecho, sólo Edgar Allan Poe). Novela folletinesca, ingenua, de paso vivo, con  múltiples personajes cuyos hilos mueve un leguleyo perverso que teje hilos de folletín y tiene su asesino y su asesinato, su cementerio de Trinity, su bailarina española, su viejo fracasado… su patetismo y un resumen final de la acción, que acaba bien salvo para el abogado Covert, que ha tratado de apoderarse de herencia ajena, mientras Martha come perdices con el protagonista.

El mayor interés de la inédita Vida y aventuras
de Jack Engle,
de Whitman, reside en los nexos
que mantiene con versos de la época de Hojas
de hierba.


El mayor interés de la narración reside en los nexos que mantiene con versos de la época de Hojas de hierba, apuntados en ocasiones en el cuaderno que ha manejado Zachary Turpin, su descubridor. Si no añade mucho a la figura de Whitman, sirve para comprender esa etapa juvenil cuando su autor tenía que dedicarse a trabajos alimenticios mientras germinaba el poeta de la democracia, como se le ha denominado; su poesía trataba de resolver la incompatibilidad entre libertad individual y armonía social, en una visión casi platónica de la sociedad cuyas élites instruían al pueblo, según sus artículos recogidos en Perspectivas democráticas. Aunque en embrión, un idealista Whitman cree en un pueblo americano que avanza en “masa” para alcanzar la perfectibilidad del régimen político. Perfectibilidad escasa, como ha demostrado la masa eligiendo a Trump.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

-

 

-

José García
Abad


.
Miguel Ángel
Aguilar

-
María Jesús Serrano

-
Pablo
Bustinduy

-


Belén Hoyo



-
Joan Tardà


-
Cristina
Antoñanzas



-

Carles
Campuzano



-
Inmaculada
Sánchez

-
Sergio del Campo



.

Graciano Palomo


.

Bruno Estrada


.
José Antonio Pérez Tapias

-
Joan Navarro


-
José M. Benítez
de Lugo



-

José Luis Centella


,
Carlos Berzosa



,

Julio Rodríguez

-
Mauro Armiño


.


Pere Navarro



.

Julius G. Castle