Entrevista Miguel del Arco Tiempos de hoy
 
   

                           Nº 1201. 19 de mayo de 2017

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Miguel del Arco, director y dramaturgo

“Somos una generación que no está haciendo un mundo mejor”

Ha estrenado en el Teatro María Guerrero de Madrid Refugio, una función con un enorme pálpito de actualidad sobre los refugiados, la corrupción política y el uso perverso del lenguaje. Esta obra, como ha dicho el propio Miguel del Arco, tiene mucho del poeta Yalal ud-Din Rumi, que afirmó: “El hombre está escondido en su lengua”. Miguel del Arco ha escrito y dirigido Refugio, mientras siguen vivas, de gira por España, otras de sus obras, como la sensacional Juicio a una zorra.

“Me parece increíble que toleremos que las clases políticas estén robando a manos llenas mientras recortan en educación y cultura”   “Es inadmisible que 65 millones de personas estén pegadas a las fronteras sin hallar refugio”

Hay una permanente reflexión sobre el lenguaje en Refugio. A lo que usted parece incluso conceder mayor importancia que a otros temas esenciales de la función, como el de los refugiados o el de la corrupción política. ¿Hasta qué punto le preocupa la corrupción o la manipulación del lenguaje?
Me preocupa porque el lenguaje es lo que nos diferencia. Somos una construcción verbal. Pienso, luego existo. Pero si pienso es porque puedo decir que pienso y puedo conformar mis pensamientos a través de las palabras. Yo creo que todas las corrupciones de las que se habla en la función vienen a través de la corrupción del lenguaje. El político es corrupto porque sigue haciendo uso del lenguaje, y el que tiene el poder tiene la palabra, hace usos del lenguaje para intentar enmascarar lo que es la realidad, que es que está llevándose el dinero a manos llenas. Y con el tema de los refugiados: no quería hablar específicamente de estos temas, pero están evidentemente ahí metidos porque forman parte del dolor más terrible, porque conllevan la separación de la familia, el cambio de país, el cambio de idioma –que es una cosa que me interesaba especialmente–. Pero fundamentalmente lo que está por debajo es esa construcción verbal que intentamos inventar para justificarnos. Se dice en El Misántropo: “El anhelo del corazón siempre inventa mil ficciones que lo arropen”. Y yo creo que este anhelo de existir o de justificar nuestra existencia es lo que nos lleva muchas veces a conformar un conjunto de palabras que, en ocasiones, resulta profundamente corrupto.

¿Es también Refugio una obra sobre sueños frustrados?
Sin lugar a dudas. Porque yo creo que en ese anhelo del corazón del que hablábamos antes aparece la existencia o la vida que uno quiere tener o con la que sueña. Y que muchas veces ese anhelo del corazón, que dicen que inventa mil razones para que lo arropen, es, porque, en ocasiones, la realidad viene a desconvocar lo que hemos soñado o lo que hemos creído o lo que hemos anhelado que fuera nuestra existencia. Entonces, más o menos, conformamos las palabras. Decimos: “Yo he conseguido esto, pero en realidad quería otra cosa”. Utilizamos el lenguaje para dar forma a la realidad, para acercarla a lo que era nuestro anhelo. Y en este sentido todos los personajes de Refugio tienen seres que se han ido quedando por el camino. Que la realidad les ha ido tumbando o realmente que han sido incapaces o no han tenido el talento suficiente para sacar adelante esos sueños. Y todo eso conforma una realidad, una necesidad de palabra diferente.

En el prólogo del texto de Refugio, que ha editado el CDN, se dice: “65 millones de personas se encuentran en estos momentos buscando refugio en algún lugar”.
Desde luego creo que resulta necesaria la reflexión al respecto, sobre el mundo que estamos construyendo. Suso, el político, dice al final: “He sido absolutamente consciente de que el mundo que he contribuido a construir es mucho peor que el que me dejaron mis padres”. Y sobre esto ha habido mucha polémica porque hay gente que me dice: “No, el mundo que estamos dejando ahora es infinitamente mejor que el de hace 20 años”. Y puede ser que sea así en adelantos médicos, o en avances técnicos, o en avances de bienestar, pero en generaciones que hemos sido educadas en libertad, que lo hemos tenido todo a nuestra disposición, que no hemos pasado hambre, que no hemos tenido que pensar en el sustento, sino que nuestros padres nos dieron muchas cuestiones hechas y nos hemos educado con mucha mayor comodidad y con más armas, con todas estas cosas, me parece increíble que seamos una generación que no estemos haciendo un mundo mejor. Es decir, que permitamos que haya 65 millones de personas que no tengan hogar. Que las clases políticas den vueltas y vueltas en este sentido. Que toleremos que las clases políticas estén robando a manos llenas, y no nos levantemos cuando están robando mientras nos recortan en educación y en cultura. Y no ha habido un levantamiento realmente. Parece que vivimos como con orejeras: “Mientras no toquen lo mío, yo sigo adelante”. Creo que es mucho peor este mundo porque somos menos empáticos. Y Suso también dice: “Hay que gobernar con compasión”, que parece una boutade o la frase de un pazguato, pero es que necesitamos compasión, porque la compasión consiste en la empatía de ponerse en el lugar del otro, y de decir: “Esto es inadmisible”. Porque es inadmisible que 65 millones de personas estén pegadas a las fronteras sin que nosotros podamos hacer absolutamente nada, discutiendo los políticos además cuotas como la de los 17.000 refugiados que tenían que haber venido a España y que todavía no están aquí. Sí, 17.000. Recientemente un refugiado palestino, que ya tiene la nacionalidad española, me decía que cuando les explica a los niños en los colegios que 17.000 personas no llenan ni siquiera el sector de los ultras en un campo de fútbol, se quedan asombrados. Para que tuviéramos conciencia de esta amenaza que a veces nos presentan de que los refugiados nos van a invadir, de que no los podemos aceptar, de todo eso. Pues bien, son 17.000. Esa es la cuota que España debería haber aceptado y que no ha cumplido. Y esas 17.000 personas serían un público escaso en un campo de fútbol.

En la obra hay frases sobre la corrupción política que parecen sacadas de un informativo reciente. Y el personaje de Alicia, la suegra, dice: “Suso se cree un visionario y es… un mierda… el progresista de los cojones”.
En el intento de que Suso Santiesteban fuera un político no se trató nunca de poner el acento en que fuera un político de derechas. No me interesaba. Me interesaba hablar sobre el ejercicio del poder. El ejercicio del poder es el que trae de la mano la corrupción y es con el que hay que estar muy atento para que esa corrupción no se produzca. Todos los partidos políticos que han ejercido el poder, todos, han tenido finalmente casos de corrupción. No hay más que ver el PSOE lo que ha tenido en Andalucía. Y los partidos que no han tenido casos de corrupción y que van de limpios, y me alegro mucho y ojalá pongan los medios para que no suceda, es que todavía no han hecho ejercicio de poder. Además, está ligado con el lenguaje. Porque el que tiene el poder es el que tiene la palabra. Y es la palabra la que empieza a corromper. Son los que se arrancan a decir: “Ahora no voy a quitarlo del puesto hasta que esté en el banquillo; no será apartado de su cargo hasta que no salga el juicio oral”. El que hace la regla hace la trampa. Pero no he buscado identificaciones con el personaje de Suso. Ha surgido durante estos días la operación Lezo y parece que escribí esta obra ayer, y no, la escribí hace un año, durante el verano, y da la impresión de que puntualizo sobre un partido político concreto. De hecho hay mucha gente que se enfada porque piensa que lo he hecho así, y además saben que yo tengo un pensamiento político concreto. Y me dicen que me refiero al PP, que es el PP. Y no. De hecho, Suso es un político que si lo oyes hablar, y escuchas lo que dice cuando está en su casa, no es en absoluto un político de derechas.  
             
Dice uno de los personajes: “Es un espejismo… Estás hecho de palabras”. ¿Hay algún sentido autocrítico en esa frase?
Estamos hechos de palabras. Decía Nietzsche que “todo lo que está dicho ya está muerto en nuestros corazones”. Yo no sé si ir tan lejos. Pero sí que es verdad que resulta realmente difícil expresar con palabras para hacernos entender. “Somos un compacto de contrarios”, sostenía Calderón. Yo soy tan contradictorio que muchas veces apelo o digo una cosa con una vehemencia tremenda y a los diez segundos estoy pensando: “¿Qué estoy diciendo, por qué le pongo tanta vehemencia a esto que realmente podría acallar?”. Y a veces no utilizo la palabra para atender o explicarme, sino para acallar al otro. Cosa que considero que es un mal de la modernidad, de la modernidad de ahora mismo. Muchas veces utilizamos las palabras para no escuchar al otro, para que el otro no pueda hablar, como para la aniquilación del adversario. Suso dice en la obra: “Somos tan beligerantes en la defensa de lo que opinamos que tal vez hemos olvidado pensar lo que defendemos”. Y, como alguien ha dicho, “estamos llenos de palabras, me bullen como me bulle la sangre”. Y sí, las palabras bullen y bullen y bullen y la mayoría de las veces yo no estoy de acuerdo ni conmigo mismo. Me causa bastante admiración, que es otro mal contemporáneo, la opinión. Yo tengo una opinión, todos la tenemos, y es como el mal de los nuevos tiempos. Es como la necesidad de tener una opinión, y además una opinión permanente, deprisa, rápido, y de todo. Como si tuviéramos la capacidad de estar informados constantemente. Me quedo con la frase de un filósofo, al que en una ocasión le preguntaron por un tema concreto, y dijo: “Lo siento, no puedo responderle, necesitaría dos semanas para pensarlo”.

Usted ha escrito y dirigido Juicio a una zorra, sobre Elena de Troya; y ha dirigido una colosal Antígona, de Séneca, y uno de los personajes de Refugio hace referencias a las leyendas que crearon los clásicos. ¿Qué conexión intelectual tiene con los clásicos?
Los clásicos son el principio de todo. Ese sentido de tradición, esa contemporaneidad, o esa mirada contemporánea, se vuelve aguda realmente cuando conoces de dónde se viene. Me gusta mucho, ¿cómo no voy a disfrutar de los grandes genios, de los grandes maestros, que han pensado en el teatro antes que yo? Me fascinan. Siempre he recurrido a la frase de León Felipe, que decía: “Hay que utilizar a los clásicos como pista de despegue, no de aterrizaje”. Además, la grandeza del teatro consiste en que es el único arte que te permite que todas las demás artes existan. Es decir, tú, en un escenario, puedes utilizar la arquitectura, la pintura, el cine… Todas las artes caben dentro del teatro.

A los actores

Ha dicho usted: “Tengo carencias en muchas cosas, pero nunca me quedo en blanco con un actor”.

Suele ser así. Nunca me quedo en blanco porque en última instancia los puedo abrazar. Darles todo mi cariño. Hacerles reír. Mi paciencia con el actor siempre es infinita. A no ser que me encuentre con un problema de actitud. Que eso sí me crispa un poco. Pero generalmente el actor siempre quiere estar bien. El actor se puede bloquear, y he trabajado con actores absolutamente bloqueados, que al final siempre hemos conseguido salir adelante. Pero el actor siempre tiene la pulsión de superar los obstáculos y de estar lo mejor posible, porque al final, sin lugar a dudas, es el que más se expone. Es el elemento más delicado de todo el engranaje que compone un espectáculo teatral. Su cuerpo y su voz son el instrumento que sale al escenario, y por eso yo trato de recubrirlo de tranquilidad. Leí, y me gustó, una frase que decía que “los ensayos tienen que ser un refugio, un sitio de tranquilidad, para que las funciones puedan ser peligrosas”. En los ensayos hay que procurar que la atmósfera sea lúdica en el mejor sentido de la palabra, para poder exponerte, para poder equivocarte, que equivocarte aquí pasa por hacer el ridículo, por sentirte ridículo en un momento dado. Y hay que reivindicar el hecho de sentirte ridículo, de equivocarte, y tener las fuerzas para levantarte y volver a intentarlo.