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Internacional  
Nº 923
25/4/2011
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La 'grandeur' pasa a la historia y los franceses se deprimen


LA FRANCIA MELANCÓLICA


Resulta recurrente en el país vecino que los sondeos pulsen el estado de ánimo de la población, descrita casi siempre como algo depresiva. Por eso, Yves Thréard, el director de la redacción del diario conservador Le Figaro, escribía hace unos díasue "los franceses tienen, según los estudios de opinión, la moral a la altura de los calcetines y el alma en pena". Con esas palabras daba la razón a una de sus plumas, la del polemista de origen sefardí Éric Zemmour, quien ha planteado una explicación histórica de ese malestar en su último ensayo, Mélancolie Franclaise(Ed. Fayard, 2010).
Entrevistado por EL SIGLO, Zemmour (Montreuil, 1958), a quien encasillan como el mejor representante de la derecha popular, explica las claves de un best-seller en el que se aborda la pérdida de peso de Francia en el mundo y sus efectos en la sociedad.

Por Salvador Martínez (Paris)


Hace unas semanas, el semanario galo Le Point dedicaba una portada al autor de Mélancolie Franaise, cuya forma de analizar la realidad se ha identificado con un conservadurismo de nuevo cuño, la droite Zemmour —la derecha Zemmour—. Después de haber sido condenado por "provocación al odio racial", ya que declaró en un plató de televisión que "la mayoría de los traficantes" de droga en Francia son "negros o árabes", se ha visto en este polemista a un supuesto representante de un derechismo que se ha soltado la melena. En esta línea también se moverían, entre otros, Claude Guéant, ex-secretario general del Elíseo y flamante ministro del Interior del presidente Nicolas Sarkozy, quien ha dejado perlas como: "Los franceses, a fuerza de que haya tanta inmigración incontrolada tienen el sentimiento de no estar en su país".

Pero en realidad, Zemmour no es un político. Lo suyo es hacer periodismo "como hacían los antiguos, en una mezcla entre co mentarista, ideólogo e intelectual que sale de su esfera para dar su opinión sobre las cuestiones de gobierno", según ha explicado él mismo, aludiendo de forma velada a las figuras de la literatura que más le han inspirado, Voltaire o Émile Zola. Con esos referentes, se comprende que este cronista, con tiempo para ejercer de editorialista en Le Figaro Magazine, la radio RTL, y para colaborar en programas de las televisiones ITélé y France2, haya firmado un libro como Mélanlolie franaise, un ensayo sobre la decadencia de su país y que toca algunas de las fibras más sensibles de Francia.
Zemmour dice a este semanario en un café situado casi a la sombra de la Torre Montparnasse de París que su "libro ofrece una explicación histórica" al comportamiento depresivo de sus compatriotas. Para él, el pesimismo y la melancolía con que se vive entre franceses radica en que su país "no logró cumplir su destino imperial y de dominio en Europa". De ese fracaso, bien anterior a las dos últimas experiencias imperiales galas, entre 1804 y 1815, bajo bajo Napoleón I, y entre 1852 y 1870, con Napoleón III, viene "el odio de sí mismo, el que nos detestemos, y que sea muy francés el que no nos gusten ni los franceses ni Francia".

Desde las primeras páginas de su libro, Zemmour escribe, aludiendo a la corona del Rey Sol (1643-1715), que "Francia tiene una vocación muy consciente a partir de Louis XIV de unificar Europa a su alrededor", con el "mito de la paz romana" como principal nutriente de ese proyecto. La presencia del Imperio de Roma en la reflexión de este mediático intelectual es una imagen literaria, pero, según señala este ensayista, no es menos cierto que "Francia inventó un modelo imperial que logró imponerse a través de la cultura" inspirado de manera más o menos consciente de aquellos seis siglos de la Edad Antigua. De ahí que se lea en Mélancolie Francaise: "La civilización francesa conservó las formas romanas para permitir a los pueblos bárbaros asimilar la herencia grecorromana".

Según Zemmour, el Tratado de París de 1763, que puso paz entre Francia y Gran Bretaña, se identifica con el principio del fin de la dominación gala. "Perdimos el más lindo imperio colonial de la historia de Francia: Canadá y las Indias", escribe el ensayista, aludiendo a las consecuencias de un pacto con el que terminó la Guerra de los Siete Años, y que supuso "la irremediable derrota francesa en una globalización anunciada". Un siglo antes, Francia había logrado su objetivo de "sustituir a España" en la escena imperial, después de la Guerra de los Treinta Años, aunque la "venganza" ibérica llegaría cuando Napoleón trató de imponer los conceptos de la revolución al otro lado de los Pirineos. "Los españoles hirieron de muerte a Francia con su guerrilla, en la que el pueblo español se volvió loco, al igual que los soldados del Ejército de Napoleón", resume Zemmour.

Las consecuencias del Tratado de París de 1763 y derrotas como la sufrida por el bando francés en la Guerra de la Independencia de España, o la sangría vivida por las tropas napoleónicas en Rusia, son parte de un mismo ocaso que deriva en que actualmente Zemmour constate que su país es "débil". Su conclusión a nivel histórico no deja de ser relevante, habida cuenta del vínculo que establece el autor de Mélancolie Franaise con la actualidad gala. "Nuestra debilidad nos impide imponer nuestro modelo como siempre hicimos a las nuevas generaciones de inmigrantes. Ya no osamos imponer nuestro modelo universalista, y hemos dejado estructurarse conjuntos sociales que tienen su propia cultura, sus propios modos de vida y que son guetos dentro del territorio francés, y esto nos lleva, salvando las distancias, a la caída de Roma, cuando los bárbaros, venidos de Alemania, se instalaron de forma autónoma, para acabar destruyendo el Imperio Romano", plantea el ensayista.

Lo que parece dar a entender Zemmour es que la inmigración puede acarrear grandes problemas a Francia, si todo marcha según su curso actual. "Lo que veo es que la gente se separa, y que los franceses de diferentes orígenes quieren, cada vez menos, vivir juntos, porque no se les ha dicho, como se hacía otrora, que sólo existe en Francia un modo de vivir, una sola cultura y una civilización que adoptar", aduce el autor Mélancolie Francaise. En resumen, para Zemmour, Francia se está desintegrando, y por eso no descarta una Guerra Civil en su país, especialmente cuando dentro de 20 años cuente ochenta millones de personas, siendo treinta de ellas ciudadanos de origen árabe o africano.
Este tipo opiniones hacen que a Zemmour se le vea como un radical, sobre todo después de su reciente condena. Independientemente de lo que se diga de él, el "cronista del pueblo", como lo llaman algunos, hace orgulloso de vocero, no sólo de la melancolía de parte de sus compatriotas, sino también de la cierta ansiedad que generan los cambios demográficos vividos en Francia. Éstos implican ver, entre otras cosas, que se practiquen ostensiblemente otras religiones, pese a que desde 1905, con la la separación de la Iglesia y el Estado, los credos se habían aparcado en la esfera privada. Al menos eso es lo que se dice desde la República, pero bien es cierto que al otro lado de los Pirineos se ha cultivado un multiculturalismo encubierto bajo el discurso universalista oficial.

En el debate actual sobre cómo lidiar con la inmigración y los cambios vividos por la incorporación de inmigrantes, Zemmour defiende la idea del regreso al "asimilacionismo", término que difiere del de "integración". "Francia solía ser sinónimo de asimilación. Pero desde los años 70 la intelligent sia lo llamó neocolonialismo" cuando en realidad eso es lo que "es la globalización", que "significa americanización" y, en consecuencia, multiculturalismo, según ha expuesto recientemente el autor de Mélancolie Franaise. En este sentido, advierte a esta revista de los "errores de Zapatero", "los mismos de quienes nos gobernaron en Francia hace treinta años". Sin rodeos, Zemmour avisa: "Vais a tener los mismos problemas que nosotros en 20 años", porque "Francia es un laboratorio para Europa".

Es muy probable que así sea, pero la influencia de la idea de lograr un Imperio universalista a través de la cultura no está tan arraigada en Madrid, o al menos sus élites políticas no han actuado con ella como telón de fondo, a diferencia de las que han gobernado en París. En lo que sí hay que dar la razón a Zemmour es que en Francia, y en Europa en general, se están diluyendo muchas costumbres y formas de ser asociadas a las viejas naciones continentales. Pero esto no tiene por qué ser necesariamente motivo de melancolía, salvo para los tradicionalistas.

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