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Nº 912 -7 /2/ 2011


Israel Lozano, tenor

"MI RELIGION ES LA MÚSICA

Y MI IGLESIA, EL TEATRO"


Aun desaparecida la sociedad a la que representaba, la ópera sigue llenando los teatros por la brillantez escénica y la proximidad mágica de sus cantantes, sencillos en su grandeza, que viven la música con pasión e intensidad. Como Israel Lozano, residente en Washington desde hace diez años, tras ganar tres premios Operalia, el concurso organizado por Plácido Domingo para descubrir y estimular nuevos valores en la lírica. Lozano ha venido a Madrid pletórico para cantar en el musical sobre zarzuelas del gran maestro Amadeu Vives, que dirige Boadella.

por Isabel Alcázar

EI tenor Israel Lozano inició sus estudios en la Escuela de Canto de Madrid con la soprano cubana Emelina López y después con Alfredo Kraus. Titulado en Ópera por el Conservatorio de la U. John Hopkins en Estados Unidos, entre 2002 y 2004 se graduó en el Programa de Jóvenes Artistas de la Ópera Nacional de Washington, bajo la dirección artística de Plácido Domingo. Lozano ha recibido numerosos premios tras su debut en el Teatro Real de Madrid y no ha dejado de emocionar con su canto en los principales teatros de Barcelona, Viena, Milán, o el Festival de Ludwigsburg en Alemania, y ha llevado su repertorio con los papeles principales en La Traviata, Manon, L'Elisir d'Amore, La Flauta Mágica, Lucia de Lamermoor, Don Giovanni, La Boheme, Rigoletto.., y las mejores zarzuelas a los teatros de Singapur, TaiIandia,Florida,Los Angeles... Recientemente ha cantado con Plácido Domingo Il Postino, del mejicano Daniel Catán, en Viena.

—!Qué recuerdos tiene de Alfredo Kraus y qué le debe?
—El recuerdo que tengo del maestro Kraus, obviamente es el de sentirme un privilegiado por conocer a los grandes del canto y trabajar con ellos. Pero antes de conocerle, influyó mucho en mi carrera la soprano cubana Emelina López porque me enseñó a volar. Kraus marcó un antes y un después en mi carrera, viví mi segunda etapa, que fue algo muy especial, porque Kraus me aportó una visión del concepto de técnica, con lo que hay que tener cuidado en el repertorio, informaciones que con los años vas digiriendo y adaptando a ti mismo, porque uno no puede hacer copias de nadie porque pueden ser peores si no lo llevas a tu terreno, algo que estoy tratando de descubrir, de desarrollar.

—¿Cuándo debutó?
—El 7 de noviembre de 1997 en el Teatro Rojas de Toledo, pero el debut oficial fue en 2004 en el Teatro Real de Madrid, con una serie de compañeros que ahora están marcando también una época de la lírica en España, como Simón Orfila, Mariola Cantarero, Maria Rodríguez. En 2002 ingresé en el Programa de Jóvenes Artistas de Plácido Domingo y durante dos años me formaba en roles y cantaba papeles que me llevaron a debutar en el Teatro Real con Luisa Fernanda; fue algo muy importante, asistieron mis padres y después del estreno me eché a llorar como un niño. Dos años después canté esa zarzuela en Washington con el maestro Do mingo y la misma producción la hicimos en 2008 en Viena, con Plácido Domingo y María José Montiel, con un éxito enorme. Conocer a Plácido Domingo e ingresar en su programa cambió mi vida por el hecho de ganar tres premios en Operalia. En la vida hay capítulos en que miras hacia atrás y tienen una consecuencia lógica.

—¿Con qué repertorio se siente más seguro o más a gusto, con el de ópera o el de zarzuela?
—Son dos conceptos diferentes en los cuales cada uno trata de llevarte técnicamente a su terreno. He cantado muchas veces Luisa Fernanda, en Madrid, en Viena, en Washington, en Oviedo y yo me siento embajador de la música de zarzuela y de la ópera española. En recitales que he hecho en Tailandia, siempre he cantado una pieza de zarzuela y es un género tan grande como la ópera; hay miles de zarzuelas y como la ópera las hay de menor o mayor calidad musical, de mejor calidad interpretativa o con una dificultad vocal. Doña Francisquita, La del soto de! parral, El caserío y otras, tienen pasajes hablados y se catalogó como género de zarzuela; luego está el género chico, tipo sainete, como La Gran Via o La verbena de la Paloma y también hay óperas de calidad como Marina, de Arrieta, y ahora

hay autores contemporáneos, como Daniel Catón, que ha compuesto Florencia en el Amazonas, Sal si puedes, que tuvo mucho éxito en EE UU, e Il Postino, con la que estoy trabajando. En EE UU hay 85 millones de hispanohablantes y producciones en castellano tienen mucha aceptación, rompiendo la barrera de que la ópera o la zarzuela en español son un género diferente porque hay óperas en alemán, en ruso, en checo, en italiano, etc. Se producen menos zarzuelas porque desde el punto de vista empresarial no es rentable, porque al ser un género joven se tiene que pagar derechos de autor que se lleva la SGAE así como un porcentaje de la taquilla, por lo que el productor prefiere programar a Donicetti, Verdi o Mozart. Creo que el Ministerio de Cultura, la CAM o la SGAE, deberían tener unos fondos para reinvertir y que el público pudiera ver zarzuelas.

—Cuando va a cantar, ¿le preocupa si lo hace en el espectáculo total de la ópera, esa conjunción de brillantez escénica, poder musical y canto emocionante?
—En una ópera cada uno tiene su parcela y su responsabilidad. Está el director musical, el director escénico y el artístico yen ese triángulo se tiene que conformar el arte, que es comunicación y seducción. La música tiene un concepto muy disciplinado, es matemático porque tiene que seguir unos cánones muy estrictos; la escena es más versátil y flexible como propuesta y el espacio del artista es independiente; la decoración, el vestuario son independientes, la luz también y todo influye; a mí lo que más me preocupa es hacer bien mi trabajo, siguiendo lo que marcan los directores, interpretar lo que quieren ver desde el punto de vista escénico y musical y luego yo con mi voz trato de aportar mi granito de arena. Obviamente, trato de llegar al público porque la voz es un instrumento que puede ser mágico y puede ser algo que no transmite nada; entonces, lo importante es lograr esa conexión con el público y aunque no le vea, siento algo con lo que trato de comunicarme; también hay que considerar que los otros compañeros de escena tienen sus canales de comunicación, porque en la ópera hay mucho de trabajo en equipo, pues el divismo e individualismo no sirven para nada, puedes mantenerte aislado y conectarte con el otro artista cuando hay una comunicación interpretativa actoral y musical.

—¿Tiene ego y hay que alimentarlo?
—Yo personalmente creo que no. El artista tiene que tener siempre la convicción de seguridad, de saber lo que hace y saber lo que quiere. Uno tiene que tener su propia personalidad, nunca sentirse tímido ni inseguro, pero como en la vida misma al conocer a alguien, tratas de conectarte, de que haya una comunicación con respeto. El ego, el divismo hay que canalizados de forma positiva para que en el escenario todas las energías confluyan y el público las reciba. El artista tiene que desarrollarse como persona, tiene que formarse con humildad y seguridad. Pero el ego tiene una connotación negativa, creo, especialmente si se menciona.

—¿Siente alguna conexión religiosa o divina en el escenario?
—Mi religión es la música y mi iglesia es el teatro. De alguna manera, el mundo esquizofrénico del teatro, en el buen sentido de la palabra, te transporta a otra dimensión y muchas veces los artistas creo que nos escapamos y nos excusamos en otros personajes, en otros roles distintos de los de la vida real, o queremos ser de otra manera. El escenario o la actuación del directo te transforman, te trasladan a otra dimensión y puedo decir que siento un misticismo, hay un idealismo que te hace creer en un más allá a la hora de cantar, porque el cuerpo humano es el instrumento de nuestra voz y es una herramienta física. El cansancio, los viajes, el estrés, la concentración te hacen valorar entre el cuerpo y algo energético, espiritual, por lo que creo en lo metafísico del mundo del arte, en esa actitud mental que es fundamental.

—¿Cree que los montajes modernos de óperas clásicas con criterios audiovisuales, están incorporando nuevos espectadores y amantes de la lírica?
—Seguramente y en EE UU más, porque hay programas de jóvenes artistas, de jóvenes orquestas, más conservatorios y en la primera enseñanza hay educación y cultura musical. Yo, como joven artista, viajando, conociendo a gente y con la referencia de redes como Facebook he comprobado la pasión cada vez mayor entre la gente joven por la ópera, por la música clásica.

 
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