Números anteriores
Buscador
Nº 902 - 15/11/ 2010
La visita del Papa

por Santiago Carrillo

La visita del Papa Ratzinger ha herido la sensibilidad de muchos españoles, en quienes ha dejado la impresión de que su propósito, en un momento en que en Cataluña está abierto un periodo electoral y cuando en un tiempo próximo van a celebrarse elecciones municipales y autonómicas en España, es intervenir en la política española echando una mano al Partido Popular.

El Papa ha olvidado la historia y casi caricaturiza la actualidad. Ha hablado de "laicismo agresivo" del actual sistema democrático y lo ha comparado con la situación y el "anarquismo" de la II República.

Lo cierto es que la República apenas implantada se encontró con la hostilidad de la Iglesia, que tras tres siglos de compartir el poder con la Monarquía y los generales, veía desaparecer su privilegio y no se resignaba a la transformación de España en un Estado laico. Presidía entonces el Gobierno provisional don Niceto Alcalá Zamora y era ministro de la Gobernación don Miguel Maura, ambos fervientemente católicos. Y este último tuvo que expulsar de España a dos obispos, que fueron escoltados hasta la frontera por la Guardia Civil, por su actividad subversiva.

Fue la Iglesia quien en nombre de Dios reorganizó a la derecha. El Sr. Herrera Oria –gratificado después con un Obispado– y en colaboración con el Sr. Gil Robles, fueron los principales artífices del reagrupa-miento derechista, que apoyó la sublevación de Franco. Los púlpitos se convirtieron en tribunas antirrepublicanas. Al final, la desaparición de la República fue obra en buena parte de la Iglesia católica.

En esta línea, la Iglesia dio formalmente a la sublevación de Franco el carácter de una cruzada católica convirtiéndose en un factor decisivo, junto con el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, de la victoria del bando antirrepublicano.

Durante los casi cuarenta años de Dictadura, la Iglesia apoyó y consiguió ser un poder dominante en las conciencias de los españoles, junto con extraordinarias ventajas materiales. Solo al final de la Dictadura, el cardenal Tarancón dio un giro a la política de la Iglesia oficial alejándola del poder y enfrentándose para ello –como Tarancón cuenta en sus Memorias– con la burocracia vaticana, inclinada a seguir beneficiando al 'Caudillo'.

La democracia española –incluidos no pocos católicos– todavía está esperando a que el Papa pida perdón por su apoyo a la sublevación y al franquismo, por haber proclamado la Guerra Civil como cruzada católica. Y probablemente hay españoles que piensen que ha llegado la hora de que España presente al Vaticano la exigencia de una rectificación.

El anticlericalismo militante que distinguió en el pasado a la izquierda española tenía razones históricas muy profundas y justificadas. Cada vez que se produjo un cambio liberal en nuestra Historia, la Iglesia se opuso a él y consiguió hacerlo abortar. Por su parte, cada vez que los liberales levantaban la cabeza del pueblo arremetía contra las iglesias y conventos, que se habían convertido en símbolos del poder opresivo. Quizá la primera vez en que hechos de este género no se han producido es en la Transición democrática.

El mérito de este cambio pertenece a la Izquierda española, más particularmente al PCE, y a las organizaciones cristianas de base y a un número considerable de teólogos ysacerdotes que colaboraron en la lucha contra la dictadura, esforzándose por llevar a cabo un cambio de mentalidad entre la izquierda y el catolicismo, para lograr que la Tierra 4 no sea un valle de lágrimas y que la religión dejara de ser el escudo ideológico de los opresores. Sin duda, la imagen de aquellos bárbaros que escribían en las paredes "Tarancón al paredón", junto a otros anatemas anticomunistas, ayudó al resultado positivo. Lo cierto es que la izquierda cambió: el Partido Comunista aceptó una corriente cristiana en su seno y en el Partido Socialista actual dirigentes muy destacados –Bono, Blanco, Paco Vázquez...– son católicos declarados. Y los Gobiernos socialistas han mantenido privilegios y ayudas a la Iglesia, que la cúpula de ésta utiliza para combatirles. No creo que haya ningún Gobierno en Europa que dé a la Iglesia tantos privilegios como el español.

Así debería reconocerlo y agradecerlo el Papa Ratzinger... Pero para que lo reconociese hubiera sido necesario que, en vez de enterrar el Concilio Vaticano II, hubiera continuado desarrollándolo.

Quien no ha cambiado a tono con los tiempos, como quería Juan XXIII, es el Vaticano. Ratzinger está ahí para que no cambie. Y con él, la mayoría de la Conferencia Episcopal de nuestro país, que sigue avanzando hacia el pasado. Los españoles, si han cambiado. Ya no queman iglesias ni conventos. Pero espiritualmente cada vez creen menos en esta Iglesia estancada en el siglo III, a la que un día deberemos retirar privilegios injustos que hoy utiliza para actuar como un poder político fáctico, que se opone al poder civil y democrático elegido por el pueblo y a los derechos humanos más elementales.

Números anteriores
Buscador
© El Punto Prensa, S.A. c/ Ferrocarril 37 duplicado - 28045 Madrid.
Tfno: 34 91 516 08 14/15/08        E-mail: siglo@elsiglo-eu.com