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Nº 898 - 18 /10/ 2010

El escritor peruano se hace con el Premio de Literatura

Vargas Llosa entra en el olimpo de los Nobel

Mario Vargas Llosa, uno de los más brillantes escritores en habla hispana, recibía el Premio Nobel 20 años después de que le fuera otorgado a otro narrador que se expresaba en el mismo idioma, el mexicano Octavio Paz. Nadie discute la indudable calidad del autor de Pantaleón y las visitadoras, pero en torno a este galardón también se ha concitado la especulación al respecto de la ideología liberal del autor, que ha sido más destacada como cualidad por la derecha española e iberoamericana que la gran calidad literaria de sus creaciones.

Por Antonio Sarrión

Espero que me lo hayan dado por mi obra literaria, más que por mis opiniones políticas. Estoy en contra de las dictaduras y en favor de la libertad”, acertaba a plantear el escritor peruano Mario Vargas Llosa, al poco de tener conocimiento de que había sido galardonado con el último Premio Nobel de literatura.

Junto a otros grandes como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Juan Carlos Onetti, el autor de La ciudad y los perros es un producto del gran boom de la literatura latinoamericana que eclosionó en los años 60.

La Academia Sueca explica las razones de este galardón por su “cartografía de las estructuras del poder y su reflejo agudo de la resistencia del individuo, de su revuelta y de su fracaso”, a lo largo de sus más de 30 obras, en las que además de la novela, también encontramos teatro, ensayo y las memorias.

A Vargas Llosa, innumerables veces propuesto, parecía escapársele el Nobel, máxime cuando su época dorada como narrador parecía haber pasado. No obstante, era el único entorchado de los grandes que se le estaba resistiendo a este auténtico coleccionista de premios.

Empezó a cosecharlos desde su primer libro de relatos, Los jefes, con el que obtuvo el Premio Leopoldo Alas, en 1959. Con su segunda novela, La casa verde, que apareció en 1965, obtuvo el Premio Internacional Rómulo Gallegos, en 1967. Sólo fue el comienzo de una larga lista de reconocimientos que tuvo sus dos mayores jalones con la concesión del Príncipe de Asturias de las Letras, en 1986, y el Cervantes, que le llegaría en 1994.

En sus años de máximo esplendor literario coqueteó con los movimientos de la izquierda latinoamericana, y hasta contó con Fidel Castro entre sus amistades. Sin embargo, paulatinamente comenzaría a distanciarse de estas posiciones, hasta llegar a la orilla del neoliberalismo.

En los últimos tiempos, desde el ensayo y la práctica periodística –que ejerce en varios de los periódicos más prestigiosos, tanto en nuestro país, como en América Latina y Estados Unidos–, se ha convertido en uno de los azotes de los gobiernos de ideología bolivariana y contra sus presidentes, por lo que políticos como Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa se habían convertido en los blancos favoritos de sus críticas e invectivas.

“Soy un escritor, soy un ciudadano también, tengo ideas, valores, pero también tengo ideas políticas y cívicas”, aseguraba ante la prensa en Nueva York el mismo día en que tuvo conocimiento de que la Academia Sueca le pagaba su deuda. Y es cierto. Primero las tuvo desde el compromiso con los ciudadanos de su gran continente, demostrando una gran capacidad de asimilación de sus condiciones de vida y un brillante análisis, no ya de la coyuntura, sino, sobre todo de la estructura. Pero esas ideas fueron variando, primero de un modo imperceptible, y más tarde con rotundidad y con la fiereza del converso.

Su pasión por la política, ahora desde las posiciones que de modo mayoritario se han impuesto en casi la totalidad de nuestro mundo, lo llevaron, incluso, a presentarse como candidato a la presidencia de su país, Perú, en 1990. En la segunda vuelta fue derrotado por el hoy condenado Alberto Fujimori, a quien posteriormente acusaría de querer desproveerlo de su ciudadanía.

Fue entonces cuando decidió cuasi exiliarse en España, país que le concedió la nacionalidad, y al que ha mostrado su agradecimiento en sus primeras declaraciones tras conocer la concesión del galardón más mediático del mundo. Y desde nuestro país, Vargas Llosa comenzaba una ingente producción de artículos en defensa del credo neoliberal, y de feroces ataques a cualquier posicionamiento alternativo, tanto en España, como en cualquier otra parte del mundo, y con especial saña, contra los intentos de cambio de orientación por la vía democrática. Los palos más duros del Vargas Llosa neoliberal, como se aludía anteriormente, se los llevaban las experiencias desarrolladas en Venezuela, Bolivia o Ecuador.

Los criterios para el otorgamiento de sus premios sólo los conocen en toda su profundidad los propios miembros de una academia con sede en Estocolmo, pero en muchas ocasiones son objeto de crítica e incomprensión por buena parte de la ciudadanía. No hay más que recordar los casos de los Nobel de la Paz concedidos al ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, o al ex primer ministro israelí Menahem Begin.

En esta ocasión, la comunidad literaria, con independencia de su adscripción ideológica, parece haberse puesto de acuerdo en los incontestables méritos literarios del ahora hispano-peruano y, prácticamente sin distinciones, le han hecho llegar sus más efusivas felicitaciones, aunque no ha faltado tampoco quien considera que este galardón tiene unas claras connotaciones políticas e ideológicas al pairo de los vientos triunfantes en la actualidad.

De lo que no cabe ninguna duda es que quienes han expresado un mayor estado de euforia por este reconocimiento han sido los políticos de la derecha, tanto en España como en América Latina y, por supuesto, los medios de comunicación identificados con lo más duro del neoliberalismo.

Una de las más efusivas reacciones era protagonizada por el presidente chileno, Sebastián Piñera, a quien Vargas Llosa dio públicamente su apoyo en las últimas elecciones presidenciales de aquel país, trasladándose hasta la nación andina y participando en su campaña frente al candidato del centro-izquierda.

El presidente mexicano, Felipe Calderón, también compañero ideológico, lo calificaba como “orgullo latinoamericano”.

Tampoco pasaba desapercibida la reacción de la derecha española. Su rostro más visible, el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, en su felicitación ponía el acento en que el galardón suponía el reconocimiento a su “brillante defensa intelectual y cultural de la libertad”, y a su “ejemplar” compromiso con la democracia. Para el líder de la oposición, según hacía constar en su telegrama personal de congratulación, “este galardón trasciende el mérito literario y supone también un reconocimiento a tu brillante defensa intelectual y cultural de la libertad, así como a tu ejemplar compromiso con la dignidad de una cultura comprometida con la civilización democrática”.

El flamante Nobel, rescatando su faceta de creador, aseguraba que pese a haber conseguido ya los más altos reconocimientos internacionales a su profesión, continuaría escribiendo el resto de su vida. Por lo pronto, el último libro del escritor, El sueño del celta llegará a las librerías el 3 de noviembre, en los países de lengua española. Se trata de una obra que profundiza en la brutal colonización del Congo, por parte del gobierno del rey Leopoldo II de Bélgica.

Vargas Llosa recogerá su galardón en Estocolmo el próximo 10 de diciembre.

 
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