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Nº 897 - 11 /10/ 2010


Madrid, diseño hostil y cementerio

Por Mauro Armiño

No sé si el faraoncillo castizo que endeuda Madrid, el alcalde Ruiz-Gallardón, cuenta como John Ruskin con un mayordomo que, al atardecer, interrumpía su trabajo para decirle: “Señor, el crepúsculo”. El excelente crítico de arte inglés no trabajaba en el enorme despacho desde cuyas alturas, y dentro de poco, el señor alcalde podrá ver el eje Recoletos-Alcalá-Gran Vía a la hora que quiera; y tampoco sé si dispone de guindilla que le anuncie su deber de contemplar una ciudad que va diseñando trozo a trozo y luego inaugura con bombos, platillos y… publicidad de productos comerciales, es de suponer que pagada.
Desde ese despacho del palacio de Cibeles, despacho que inserta sus 78 metros cuadrados en un espacio de 22.500, y que ha costado 24,5 millones, Ruiz-Gallardón mira pero no ve, obsesionado como está por vaya usted a saber qué sueño, el camino que la ciudad lleva hacia el cementerio de unas formas de vida habituales; desde ese edificio cuyo trueque ha costado 124,5 millones, el doble de lo presupuestado, sigue maquinando el vaciado del centro de la ciudad, donde siempre se ha vivido con las piernas y no paseado sobre ruedas.

Serrano ‘for rent’. Según los gacetilleros de encargo, el alcalde se permitió hace tres semanas inaugurar el fin de las obras de la desdichada calle Serrano, convertida ahora en espacio de todas las desgracias para peatones y coches por más propaganda que los aparatos de prensa municipales le echen, y en criadero de impuestos para que el moroso alcalde pague las enormes deudas con que ha cargado al municipio, las mayores con diferencia de cualquier capital española.
Aunque tiene difícil eso de contemplar limpiamente el crepúsculo: el nivel de contaminación de la ciudad provocaría en los alcaldados ojos una esfera rojinegra, ahumada y humosa, por más que para salvar los trastos aparezca su concejala de Medio Ambiente, señora Botella, cambiando de acá para allá las estaciones de medición, manipulando las mediciones, etc.; en noviembre de 2007, por ejemplo, en Madrid se disparaban los peores niveles de polución hasta llegar a desbocarse, mientras los servicios del munícipe decían que eran los aptos y lo ocultaba. No llegaré yo a acusar de nada a nadie que lucha con tanto afán contra el aborto, pero sí recuerdo que un equipo de la Universidad Autónoma madrileña ya demostró (estudio de 2004) que la polución provocaba “un fuerte aumento de la mortalidad infantil”.
Inauguraba, como digo, hace tres sábados Gallardón las obras que han cerrado las tripas de ese centro neurálgico de la ciudad; cerrado a medias, porque en los aledaños siguen las excavadoras e, incluso, ese sábado inaugural a primera hora los operarios andaban laborando todavía para que el pie municipal pisase alfombras. ¿Qué inauguraba después de tanto hablar de la “nueva” Madrid, del “moderno diseño”? Nada, un lavado de cara con mucho gasto de granito y un cepillo de iglesia –pero de pago obligatorio– a beneficio del ayuntamiento. Los diseñistas se han debido descerebrar el coco para crear en el subsuelo, a lo largo de Serrano, aparcamientos, que a casi treinta mil euros la plaza, pagados por adelantado por la cesión de varias décadas, pagan buena parte de las obras. Con la idea del cepillo han duplicado el espacio de las aceras, sobre todo las pares, donde figuran las mejores tiendas y algunos bares y restaurantes, que ya sacan sus terrazas dejando a los peatones el mismo espacio que antes había; porque el espacio donde no hay terraza se ha convertido en aparcamiento de hileras de motos, entreverados con los habituales quioscos de prensa o de la ONCE, los tocones de flacos arbolillos y los ridículos bancos de algún diseñista que nunca pensó sentarse en ellos; alguien no ha hecho bien los números, ni ha mirado el parque madrileño de esos ruidosos aparatos motorizados, para los que se han creado espacios de extensión minúscula, dado el innumerable parque existente.
Y en el cruce de Serrano y Goya, después de la fiesta de inauguración han dejado, al menos por ahora, seis enormes botellas de Coca-Cola, que los diseñadores de moda madrileños han embadurnado con garabatos y graffiti, como muestra de su arte de estilistas; y ahí han quedado los seis, para mayor gloria de la bebida de cola, que no sé si paga tanta publicidad como le prestan.
Además, a los afanes recaudatorios (regalo la idea) se les ha olvidado un detalle igualitario: si el coche paga por aparcar, ¿por qué esa desigualdad con los moteros, que no pagan y tienen por único problema subir el coche a la acera, donde los guindillas ni los ven o miran para otra parte? Las motos son el rey y el verdugo de la circulación urbana.

A aparcar, a la vía. Frente a los planes urbanísticos de otras grandes ciudades europeas, que ponen todo su empeño en reducir el automovilismo dirigido hacia el centro de la ciudad, Ruiz-Gallardón ha pensado en lo contrario: cuantos más coches vayan hacia el centro, más gana el Ayuntamiento, pues llegados a Serrano se van a encontrar sin plazas y no tendrán más remedio que pagar en los aparcamientos semi-privados, semi-públicos de la zona; las grandes arterias van a convertirse en autódromos, de muerta vida en sus orillas. Y lo de dejar el coche en casa para utilizar el transporte comunitario, nada de nada: los españoles no son alemanes (y ni siquiera Alemania es ya lo que era). Los responsables han eliminado las plazas de aparcamiento de ese cogollo, y ni siquiera los residentes tienen seguro su espacio: la casa donde pergeño estos artículos está en ese núcleo, quizá el más dañado: Claudio Coello, entre Villanueva y Jorge Juan; en ésta –arteria vital de desagüe circulatorio hacia el nor-noroeste– se han eliminado los aparcamientos, ensanchado la acera derecha el doble, algo menos la izquierda, dejando sólo dos vías para coches; dos, que son una en las horas laborales, dado que la otra se utiliza para carga y descarga de los múltiples comercios –si llega el guardia, se da una vuelta a la manzana hasta que se vaya– durante un rato o lo que haga falta, como una Oficina de Correos, que debe de tener bula.

Sin bancos ni arbolado. Y en el añadido de las aceras hay de todo: arbolillos, terrazas –algunas no se molestan en limpiar las grasas y la porquería que cae al suelo, que ya ha ennegrecido las baldosas– y bancos, unos bancos descuadrados, sin respaldo, imposibles para sentarse salvo que algún turista se encuentre extenuado. Creerá Gallardón que eso es arte o moderno. ¿Y la funcionalidad que debe tener el mobiliario urbano? ¿O la intención es que no se siente nadie y gaste sus euros en los comercios, siguiendo una de las muchas malhadadas ideas del anterior alcalde, Álvarez del Manzano? Éste empezó por dividir los bancos –¡ah, los viejos bancos de madera de Madrid!– mediante apoyabrazos de hierro o con alambres, para que los vagabundos y mendigos no se tumbasen en ellos, por si los empiojaban; le ha seguido su desaparición, hasta hacer de Madrid una ciudad desbancada (compárese con Barcelona) donde los ancianos, sin mucha fuerza ya en las piernas, tendrán que sentarse en las aceras, porque no parece que puedan hacerlo en la terraza de cafeterías y restaurantes como Alkalde, Mallorca o Gregory’s a tomarse un refrigerio con la pensión que les ha quedado.
No sé en otras zonas, pero en ésa Ruiz-Gallardón ha atacado de firme: a Claudio Coello, que ya tiene varias embajadas en ese espacio, con la reserva de plazas para coches diplomáticos, le han quitado otras para embajadas y organismos oficiales de Jorge Juan, incluidas plazas de Casa Real por vivir en esa esquina una hermana regia: tres plazas para visitas, servicio de escolta, o vaya usted a saber para qué. Al gasto que el Congreso autoriza para la Casa del Rey debería añadirse éste y otros privilegios –y otros no sólo borbónicos–, que siguen perviviendo y permite gratuidades que el resto de los españolitos no poseen.
Los diseñistas han inventado unos bolardos de granito donde el que se descuide deja la mitad del coche –debería el Excelentísimo Ayuntamiento cobrar su cuota parte de las empresas de carrocería–, lo mismo que el que no vea dónde termina la calzada en la Castellana, con la acera a una altura donde los bajos del motor pueden reventarse; como en los viejos tiempos, al que se despiste, castigo, tente tieso y coche roto; y no deben de ser tan necesarios esos bolardos porque, por ahora, los que han servido para romper los bajos de algún coche, el Ayuntamiento parece, según los porteros de la zona, no va a reponerlos; es decir, no servían para nada: en los puntos que algunos necesitan para cargar y descargar, una vez eliminados los borlados, se puede colocar perfectamente el camión o la furgoneta en la acera.
¿Y qué decir del estilismo de las nuevas farolas, que tal vez no tarden en ser apagadas, como hace el Ayuntamiento con otras en alguna autopista de circunvalación porque no tienen dinero para pagar la luz? Tanto alabar siempre las fernandinas para terminar en una modernidad fea de dos focos a distinta altura. Y estos citados son cuatro apuntes sobre la marcha en ese aspecto tan cultural como es el aspecto urbano, dejando en el olvido el espanto de la Puerta del Sol, plaza preciosa y con personalidad propia, siempre que se deje limpia y no con esa espantosa y acristalada entrada en el Metro; como los miles de árboles que han perecido durante las obras; como la persistencia de la basura en muchas calles (Arenal, Montera, Callao, Tudescos, Ballesta, por ejemplo), causada, entre otros factores, según Botella “por la alta presencia de personas sin hogar” en el distrito Centro; y este etcétera, larguísimo, irá convirtiendo la ciudad en un moderno cementerio de las formas de vida que Madrid tenía durante el pasado siglo.

 
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