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AGUA VA...
Ramón O'Pina
Nº 897- 11/10/2010
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Miedos

Leo con devoción los artículos que encuentro de Daniel Innerariti y suelo ponerlos como ejemplo de clarividencia y sentido de la oportunidad. Me parece, como filósofo, el intelectual español más ac-
tual y mejor dotado para poner en la pizarra, blanco sobre negro, puntos de vista que ayudan a comprender lo que —nos—está pasando. Brillante su artículo en El País: "El miedo global" (19 sept. 2010). Véase un botón de muestra: "... el miedo global se caracteriza porque no tiene su origen en la amenaza potencial del semejante, sino en la inquietud provocada por el diferente. El otro, el extranjero, el distinto,...". Ello en el contexto de un mundo más de riesgos que de peligros, en el que dominan (han aumentado) las condiciones de incertidumbre en las que discurre la vida de las personas. Y añado yo, ciertamente, el terreno del miedo se abona con el estiércol de la ignorancia y se riega con las aguas fecales de los fanatismos, pero nunca, en ningún momento de la historia de la humanidad, tantos individuos, de toda condición e increíble disparidad, han disfrutado del acceso a tanta información y conocimiento como hoy día. Sin el menor esfuerzo, al alcance de un teclado. Y, en cambio, nunca, ni en los peores tiempos de pestes, guerras o hambrunas, los seres humanos, colectiva e individualmente, han asumido, como ahora, vivir permanentemente con el miedo en el cuerpo. La civilización occidental se cimentó en el inestable territorio de la profecía hebrea, afianzando su edificio en la razón filosófica y el saber griegos, bajo el orden del derecho romano. Más tarde vinieron tiempos de oscurantismo e ignorancia hasta ver florecer el Renacimiento, los pilares de occidente y el cenit de un orden basado en la nobleza de reyes y señores bastardos, encumbrados sobre los hombros de sus siervos. Las hogueras de la Revolución alumbraron un nuevo orden. Sus luces iluminaron el camino de la libertad y la metamorfosis del siervo en hombre libre. Heredero de su voluntad, propio saber, hacer y estar. La consiguiente revolución industrial, afianzó la división de clases: capitalismo y el socialismo. Salvando la pesadilla de fascistas y nacionalistas, así hemos llegado a un nuevo orden del que los árboles de la globalización, la impronta de las nuevas tecnologías, la masificación virtual y el bienestar generalizado, no nos permiten ver el bosque de nuestra actual civilización. Difícil de verificar el qué y el porqué de lo que esta pasando, lo cierto es que estamos en el final de la hegemonía occidental nacida a orillas del Mediterráneo. No hoy, mañana, ni en los próximos años inmediatos, pero parece irreversible que, una vez impregnado el mundo de nuestro saber, nuestros logros y nuestros valores materiales, gracias a la civilización occidental, pueblos como China, India (y otros) se suban al carro y tomen las riendas. Y no van a convertirse por ello en occidentales. Mantendrán sus raíces, credos y costumbres que no caben en nuestra cabeza occidental. ¿Quién dijo miedo? ¡Pánico! •



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