Anonimato e identificación
Sin espacios para el anonimato,
en situación de permanente
identificación la vida se nos haría invivible. Es la angustia del panóptico de Jeremy Bentham, donde cada persona está vigilada en todo momento por todos los demás. Por eso, para salvarse del control social que achica o elimina esos espacios de libertad no vigilada y disponer de áreas opacas donde moverse sin dejar patente su identidad, las gentes huyen de las poblaciones menores y buscan en las grandes ciudades otra libertad, la que supone alternar las fases de exposición en las que los individuos permanecen obligado a unos comportamientos determinados, en tanto en cuanto se saben identificados, con aquellas otras ocasiones en que por no estarlo, por actuar como si dijéramos de incógnito, pueden sentirse libres para otros intentos.
Así que el anonimato puede verse como configurador de espacios de respiración en libertad. Pero también sobre el anonimato recae en principio la idea de ser el territorio idóneo para la vileza y el encanallamiento. Por eso, en las crónicas de sucesos se escribe tantas veces la expresión de "amparados en el anonimato" antes de entrar en detalles sobre acciones delictivas que se supone los agresores hubieran sido incapaces de perpetrar en el caso saberse identificados, de haber tenido que actuar a cara descubierta, delante de un paisaje humano que reprocha semejantes comportamientos. Por esta senda caminaríamos hacia el reduccionismo de pensar que las gentes sólo se pasean por los territorios del anonimato para perpetrar las peores fechorías porque de esa manera pueden rehuir las responsabilidades a las que de otra manera deberían hacer frente.
Los intentos de anonimato algunos quieren lograrlos mediante la distancia y otros mediante la masificación, una forma de ocultar la identidad envolviéndose en la masa. Claro que el envolvente altera al envuelto como tienen estudiado los estudiosos de la psicología de las masas como Gustave Le Bonn o el propio Sigmund Freud. Pero el anonimato puede ser también el terreno de la más alta generosidad, de los comportamientos más nobles y del altruismo más emocionante. Recordemos aquel pasaje evangélico (Mateo 6,3) en el que Jesús prescribe que "tú cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha".
Vayamos ahora al propósito inicial de esta columna, que era el de examinar la utilización periodística de fuentes que exigen para informar la garantía de no quedar identificadas en el relato noticioso. Los periodistas tienen abundante experiencia de recibir reproches por dejarse escapar informaciones de gran relevancia y de ser muchas veces desafiados por un colega de copas en la barra de un bar por no atreverse a dar cuenta en los medios de graves anomalías que sus interlocutores dicen conocer bien. La situación cambia cuando el periodista se brinda a publicarlo todo pero dejando constancia en la noticia de que la fuente de la misma es quien le ha hecho el relato y le está provocando. Entonces, cunde el pánico y el desafiador se transforma en suplicante.
En todo caso hay muchas informaciones de máxima relevancia que sólo han llegado a conocimiento público porque las fuentes han tenido la garantía plena de los periodistas de que no quedarían identificadas. Sólo así han podido evitar las represalias que se hubieran desencadenado sobre ellas. Pero los periodistas deben saber que este asunto del secreto profesional es un deber comprometido con las fuentes pero en ningún caso un territorio abierto a la impunidad y que al honrar ese compromiso hacen recaer sobre ellos las responsabilidades últimas de la información de las que en su caso habrán de responder. •