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Nº 891
26/7/2010

El milagro de 'La Roja'

por Enric Sopena*

María Teresa Fernández de la Vega se sacó el otro día de la manga, en el Congreso de los Diputados, una reflexión polémica, aunque mucho más compartida por sectores amplios de la ciudadanía de lo que algunos suponen. Dirigiéndose a la bancada popular, la vicepresidenta primera dijo: "Ustedes hasta temieron un triunfo de la Selección por si un cierto optimismo pudiera beneficiar al Gobierno". ¿Fue una extrapolación de De la Vega pasada de rosca? Lo cierto es que el éxito de La Roja contribuyó, sin duda, a un mayor optimismo generalizado, a un subidón de autoestima y a un reconocimiento de que el deporte español se consolida a un gran nivel.

No sólo en el fútbol, con dos títulos de primerísima categoría internacional consecutivos, sino también en el ciclismo, en el tenis, en el baloncesto y en otras modalidades deportivas. Eso no perjudica al Gobierno. Más bien tiende a fortalecerlo. Está claro que vencer en el Campeonato Mundial de Fútbol produce al país ganador múltiples beneficios colaterales, de carácter turístico, lúdico, comercial y aun industrial. Asimismo, incrementa el prestigio de España a escala planetaria.

La selección española, por lo demás, derrotó a sus rivales con un juego preciosista, y hasta artístico, made in Barça, y con un derroche físico a tope. Los jugadores, en su mayoría, dan una impresión magnífica en el terreno de juego y fuera de él. No son dioses ni parece que quieran serlo. Son jóvenes afortunados que pueden confundirse con millones de jóvenes de este país. Al frente de este conglomerado de excelentes futbolistas, Vicente del Bosque. Es un entrenador sobresaliente. Y un ciudadano sensato, lúcido, culto, bonachón y con ideas –no únicamente futbolísticas y sí ideológicas– muy apreciables.

La Roja –que irrita a la extrema derecha y probablemente a la derecha extrema- se ha convertido en un talismán desde que empezó a ser denominada así la selección española. Las victorias hacen a veces milagros. Los partidos del equipo de España, en los últimos tiempos, han potenciado al máximo la bandera constitucional. ¿Quién lo hubiera pronosticado? En Cataluña –en plena efervescencia del radicalismo soberanista, a cuenta de la sentencia con ribetes provocadores sobre el Estatut– ha habido un desbordamiento de banderas españolas a la vista. Y algo similar, aunque quizá más minoritario, sucedió en Euskadi. Cerca de cuarenta años antes, la bendijo en Madrid el mismísimo Santiago Carrillo en un acto importantísimo que abrió, por fin, puertas y ventanas al PCE y que afianzó la transición desde la dictadura a la monarquía constitucional y parlamentaria.

Ha sido un buen invento el de La Roja. De haber continuado España haciendo más o menos el ridículo como selección –otra cosa son los trofeos europeos del Real Madrid, del F. C. Barcelona y, a menor escala, del Atlético de Madrid–, La Roja –que no sólo representa para muchos el color de la camiseta de la selección española– habría languidecido y desaparecido rápidamente. Ahí está, felizmente, in crescendo. Supone un signo de normalidad. La del aguilucho, no. La rojigualda a secas, poquito. La constitucional, arraigada cada vez más. Eso no impide, ni debe impedir, que un ingente número de ciudadanos sigamos llevando la tricolor republicana en nuestro corazón y en nuestro imaginario colectivo. Su existencia quedó consagrada de nuevo en las impresionantes manifestaciones contra la guerra de Iraq. En fin, que estamos en el presente y que nos queda el futuro. Que siga siendo, en todo caso, democrático y que sigamos almacenando la alegría de los goles que ya nunca olvidaremos. •

*Director de El Plural

 
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