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Nº 891
26/7/2010

El precio de la carne humana

Desde tiempo inmemorial se ha tenido algún cuidado para que en la guerra se matara pero con ciertos miramientos. Con el desarrollo del derecho de la guerra, aunque parezca toda una contradicción terminológica y moral, se han tratado de ajustar las formas lícitas e ilícitas de matar, considerando la indefensión de la población civil, la proporcionalidad en los medios utilizados o la caracterización de la acción como legítima o no. Pero mucho antes de que se tratara verdaderamente de humanizar la guerras, porque las armas acabaron por disponer de una alarmante capacidad destructiva ya en las bandas, las mes-nadas o los ejércitos ocasionales que se disolvían una vez lograda la victoria, se tuvo muy presente que la guerra no sólo debía servir para derrotar al enemigo y conquistar posiciones, también para el enriquecimiento a su costa mediante el expolio, el saqueo, el asalto y la destrucción de sus propiedades, la violación, el rapto y la esclavitud de sus mujeres y niños, etc., todo lo que alimenta el botín de guerra, premio obligado una vez conseguida la eliminación del enemigo.

Igualmente, antes de que se intentara regular la guerra, que lógicamente sigue deshumanizada en cada relato bélico de nuestros días –Somalia, Gaza, Sierra Leona, Congo, Iraq, Afganistán, etc.–, se observaban notorias precauciones porque el botín más valioso, que en modo alguno había que descartar, residía en la captura de los rehenes notables, los caballeros que se identificaban de lejos por sus armaduras y sus plumas y que al caer prisioneros se intercambiarían por su generoso rescate y por ello serían cuidados, alojados y alimentados con la misma dignidad que sus señores, preocupados al máximo en los detalles por el valiosísimo héroe derrotado, digno de todos los honores para que no bajara de precio. Nada que ver con el tratamiento reservado para quienes lucharon a pie sin caballo, armadura ni espada, a los que habría que matar a todos, sin ninguna preocupación ni por ellos ni por sus familias, sin representar una sola significación en el orden de los valores nobiliarios y, lo que más importa, desprovistos de cualquier precio para el rescate, engorrosos además de mantener.

Desde entonces y haya o no guerra se tiene muy en cuenta el precio de determinada carne humana, el valor irrisorio de la que no interesa, así como lo bien que se queda por la clemencia y la generosidad hacia el vencido, no necesariamente bien conservado. Apenas recordamos los caídos en la batalla de Pavía, por ejemplo, pero sí que el Emperador trató a cuerpo de rey, nunca mejor dicho, a Francisco I, al parecer en la Torre de los Lujanes. Hoy también valen para negociar los combatientes de a pie. Por eso de recordar el gesto pero no el motivo estamos tan agradecidos a dictadores que en estos tiempos se han dignado obtener tractores, fondos, influencias y compensaciones políticas a base de retener y soltar descontentos y disidentes. Lo han hecho y lo siguen haciendo con una sabia dosificación, para optimizar la transacción, obtener la máxima rentabilidad y que no se agote el filón, cuidando a los prisioneros medianamente bien para que no se noten los estragos de la prisión y no desaparezca el chollo humanitario –quedan más en reserva–, torturándolos con esmero para que sus cuerpos no muestren huellas delatoras de los malos tratos. Como los caballeros y los reyes en otrotiempo, como los esclavos en Argel, pero pervirtiéndose al máximo la costumbre del rescate, estas personas tienen un precio elevado, son cautivos exquisitos, prisioneros de calidad que pueden alcanzar un elevado precio.

No hay nada más chocante que la permanencia de la barbarie en tiempos y lugares donde parecía haberse erradicado, pero que persiste y provoca esa inversión del razonamiento y esa alteración del juicio ya conocidas, como cuando en la Alemania Democrática, en Cuba y en otros casos se admira el mundo cuando el sátrapa correspondiente devuelve al fin la libertad que nunca debió ser negada y al fin se respeta un mínimo de derechos humanos. De esta manera, al comportarse de manera aparentemente compasiva y generosa, pero partiendo de un abismo de arbitrariedad cruel, encubriéndose la maldad y el egoísmo de su estrategia, a todos nos sume en el Síndrome de Estocolmo, todos nos convertirnos en rehenes y cautivos dispuestos a aplaudir unos comportamientos y a detectar aires de renovación política ante actitudes simplemente criminales de las que se pretende encima obtener algún provecho. Algo así ocurre cuando el secuestrado siempre dice al verse libre: "Me han tratado muy bien". Por esa barbarie de este siglo XXI nos vemos obligados a estar agradecidos con tanto delincuente político que no mata porque prefiere chantajear en base a los derechos humanos, con tanto desaprensivo que chalanea con la política y las personas, renovando esa puja ancestral por la subasta de la carne humana, pero sin ninguna finura, sin ninguna cortesía, siguiendo con el negocio pero sin educación alguna. •

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