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Autopistas hacia la nada
Nº 890 - 19 de julio de 2010


Por Alberto García Ferrer

Francis Ford Coppola impartía, hace unos años, un taller en la Escuela internacional de Cine de  San Antonio de los Baños, en Cuba. Algunos de sus alumnos se mostraban ansiosos por tener una cámara para trabajar en los ejercicios de puesta en escena. “No –dijo él–, no hace falta, tenéis que preocuparos por tener un muy buen guión y unos buenos actores. Después… poner la cámara lo puede hacer cualquiera de vosotros”. La ansiedad de los estudiantes expresaba nuestra tendencia –enfrentados al riesgo de la creación– a traspasar a los instrumentos, a los aparatos, en fin, a la tecnología, nuestra propia responsabilidad.
Es frecuente escuchar, en reuniones convocadas para organizar la cultura y buscar propuestas inclusivas para los jóvenes, que la solución pasa por utilizar los medios (las redes) que usan los jóvenes. Facebook, Twitter, Tuenti, MySpace, expresan la ansiedad del funcionario poco informado y aún menos creativo en busca de soluciones salvadoras y modernas. Nuevamente los instrumentos, la tecnología emergen como depositarias de una responsabilidad que trasladamos ahora a Internet.
¿Se pretende que contenidos anacrónicos, interactivos, frecuentemente excluyentes, estructuralmente diseñados como publirreportajes, sólo por ser introducidos en redes operen el milagro, y la piedra filosofal: internet, los convierta en fuente de consumo, sabiduría, inspiración y apropiación de multitudes de jóvenes? ¿No se han preguntado por los contenidos? Unidireccionalidad, propaganda: cultural, institucional, política, ideológica es lo mismo. ¿No se han preguntado por el hecho de que esos jóvenes, mayormente, reclaman, buscan y obtienen entre otras cosas participación? En 1995 el gurú del mundo digital emergente, Nicholas Negroponte, lo expresó así: “…Los nuevos servicios (pensemos en contenidos) no los proporcionará la fibra óptica sino la imaginación.”
¿Y dónde está la imaginación? La segunda brecha digital pone de manifiesto muchas cuestiones, desnuda realidades y nos enfrenta con algunos interrogantes, entre éstos, nuestra capacidad para crear, diseñar, idear y producir nuevos contenidos culturales, educativos, científicos. ¿Somos capaces de anticipar o al menos de acompañar, con nuestra imaginación y creatividad, los avances de las tecnologías?
Hoy se habla de la “segunda brecha digital”. Hace tiempo Umberto Eco la definía –y la homologaba a la realidad de la televisión– en la excelente entrevista realizada por Vicente Verdú: internet y la televisión son buenas para los pobres y malas para los ricos, “no ricos en sentido económico” aclaraba (o sea, aquella riqueza que es disponer de formación, recursos educativos, acceso a los bienes culturales). La Red está creando, también, autopistas hacia la nada. La tecnología digital puede multiplicar el vacío, la mismidad: acerca, pero también aleja, las esperanzas y fantasías creadoras que desde el siglo XIX se prolongan en la fotografía, el cine, los formatos ligeros de los cincuenta y sesenta, el vídeo, el ordenador.
El cine, que ya no es lo que fue durante décadas: el recinto, la sala oscura, el espacio santificado donde se lo consumía, es ahora un producto diseñado para el llamado ocio cultural, un producto industrial, una propuesta creativa, un medio de expresión. El cine ha abandonado su espacio originario. La televisión tampoco es la que era: la caja luminosa en la semioscuridad de la sala. Es un producto, aún monopolizado por un modelo de consumo, pero, detrás de ese velo la televisión es dueña de múltiples identidades (algunas apenas desarrolladas o latentes, que a veces avanzan y otras retroceden: creación, arte, entretenimiento, educación, cultura, participación) y dueña de nuevos espacios.
Pero continuamos atados al resplandor de modelos que, si no se demuestran francamente inoperantes, por lo menos se evidencian restrictivos y excluyentes: no aptos para estimular el desarrollo humano. “Educar es prepararse para comprender”, ha señalado el ministro de Educación, Ángel Gabilondo.
¿Estamos preparando a nuestros jóvenes para comprender? ¿Y ese esfuerzo colectivo para comprender deja fuera a la televisión? O dicho de otra forma, ¿podemos pensar en la educación renunciando al potencial de comunicación y creatividad de la televisión? ¿Podemos ir hacia una sociedad del conocimiento sin contar con la televisión? Si contamos con ella ¿podemos ampliar nuestros conocimientos con contenidos reduccionistas? ¿Es posible enriquecernos, en el sentido a que hacía alusión Eco, con la pobreza? ¿Podemos recoger, representar, asimilar y enriquecer nuestra propia diversidad desde la uniformidad? Con contenidos iterativos, redundantes, uniformes, ¿es posible promover la creatividad, crecer, introducir, comprender y estimular el conocimiento?
Si estamos convencidos de que es, al menos, más difícil pensar en una sociedad incluyente si excluimos a la televisión, ¿podemos darnos el lujo de prescindir de las oportunidades que ofrece el escenario digital para intentar crear nuevas propuestas y pensar en nuevos modelos? ¿Podemos ser capaces de reducir una portentosa invención a la multiplicación de naderías? No, la fibra no va a dotarnos de imaginación. Son los contenidos los que dotarán de sentido a la invención. Somos nosotros.
Hace poco mas de un año, cuando Madoff y otros altos talentos imaginativos de la especulación y la burbuja como diversidad, escondieron su cinismo detrás de la simulación, muchos ingenuos descubrimos, con Claudio Magris, que “…las leyes generales de la economía se estaban cruzando con la fortuita irregularidad de la vida” y concluimos, con Fernando Enrique Cardozo, que el mercado no sirve para organizar la vida.
¿Y quién y cómo organiza la televisión? Observada desde la atalaya del mercado, diagnosticada por certeros funcionarios, auscultada por empresarios, despreciada por académicos, intelectuales o creadores, mirada con recelo o temor, reverenciada, mitificada, los contenidos de la televisión permanecen virtualmente congelados, detenidos en esa tierra de nadie que es, al final, sólo del mercado.
Los jóvenes parecen desertar del modelo comercial y se alejan de la televisión. Pero buscan afanosamente contenidos audiovisuales: descargan 350 millones de películas, consumen millones de fotos, cuelgan y ven contenidos a través de plataformas Web 2.0, a través de las redes sociales. ¡Se niegan a someterse al pontificado de la parrilla (o lagrilla)!
Los expertos en el negocio de la televisión: programadores, directivos, teóricos del mercado audiovisual, aguerridos ejecutivos siguen diciendo: ésta es la televisión, este es el modelo, construido sobre el mercado publicitario, santificado por la demanda. Y estos son sus instrumentos: la grilla, los formatos, los contenidos iterativos: “Nada hay nada mas parecido a sí mismo que una parrilla de televisión”. Fuera de este modelo la televisión no existe. La deificación del engendro: así nació y así permanecerá, ésta es su esencia y nada ni nadie puede ni debe transformarla. Sólo manda sobre ella el mercado. No la vida. ¿Estamos condenados a la eterna, a la única televisión que nos diste en el viejo paraíso?, escribiría Gonzalo Rojas.

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