Nº 884 - 7 de junio de 2010
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Máximo Cajal, en la memoria


Ahora que la autoflagelación ha cundido de manera desaforada entre los españoles, que se ha instalado el entusiasmo por el desastre, que a los triunfa-listas de la catástrofe se los rifan en las mesas de la mejor sociedad, que las tertulias y debates de la radio y televisión rinden tributo también monetario a cuantos acrediten formar parte de la cofradía del santo reproche; ahora que impacientes nos adelantamos a lanzar por nuestra propia cuenta una nueva versión de la leyenda negra; ahora que nos multiplicamos para abjurar de todo aquello que los demás nos reconocieron en el proceso de transición y de modernización cumplido; ahora que volvemos a la práctica desenfrenada del deporte de la autodestrucción; ahora, precisamente ahora, se hacen más valiosos algunos testimonios brindados por trayectorias que suman la competencia profesional y la pasión por el servicio público.

Ésa es la senda del libro que con el título de Sueños y pesadillas acaba de aparecer en Tusquets Editores, para dar cuenta de las memorias de un diplomático, Máximo Cajal. La obra, que quedó finalista del XXI Comillas de Historia, Biografías y Memorias, combina la elegancia sin rebuscamiento, el gusto por la exactitud, la sinceridad sin contorsionismos exhibicionistas, el conocimiento profesional sin petulancia. Estamos en el anverso de esas versiones que ofrecen los bienquedas de oficio o los adictos al ajuste de cuentas. Las memorias de Cajal nos llevan de la mano por los destinos diplomáticos en Bangkok, París, Guatermala –con episodios como la quema de la embajada con toda su dotación a bordo–, Nueva York, Estocolmo, París, Lisboa y Montpellier. Pero para nadaes un álbum exótico porque nunca pierde el hilo de conexión con la España real de cada uno de esos momentos.

De todos los capítulos merecen en mi opinión especial relevancia los que dedica a la negociación con Estados Unidos del Convenio de Cooperación para la Defensa. El proceso se llevó a cabo durante el periodo 1985-1988 bajo gobiernos de Felipe González y traía causa de una concepción más amplia que incluía la permanencia de España en la Alianza Atlántica, la reducción de la presencia militar americana en nuestro país y la desnuclearización del territorio nacional. El embajador Máximo Cajal encabezaba la delegación española y Thomas O. Enders, embajador de Reagan en Madrid, la delegación americana. Que nuestro gobierno socialista estuviera en posiciones en muchos ámbitos muy distantes de las que exhibía el Gobierno de Washington fue en aquella época compatible con unas buenas relaciones mutuas impecables. En las memorias de Ronald Reagan queda constancia de su buena química con Felipe González a partir del primer encuentro que mantuvieron en Madrid. Pero sin menoscabo de esas buenas relaciones que todos se esforzaban en preservar los intereses que cada parte defendía chocaban en ocasiones frontalmente.

Máximo Cajal tuvo que combatir en dos frentes. De una parte le correspondía defender las posiciones y objetivos españoles y de otra enfrentarse a los ataques de los medios de comunicación de la derecha española empeñada en patrocinar nuestro alineamiento mecánico con lo que quisieran los Estados Unidos y en debilitar al jefe de nuestros negociadores. Pasen y lean.

por Miguel Ángel Aguilar

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