Yiyun Li, autora de 'Las puertas del paraíso'
"LA GENTE EN CHINA ESTÁ
AGOTADA DE LA POLÍTICA"
Se acaba de publicar en España Las puertas del paraíso/Lumen). Es la primera
novela de la autora china afincada en Estados Unidos Yiyun Li, conocida por ser
guionista de la película Mil años de oración, basada en sus relatos y que obtuvo la
Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián. La trama del nuevo libro se
desarrolla en 1979, tras la muerte de Mao y el inicio del régimen de Deng Xiaoping.
Recoge parte de los recuerdos de la infancia de la escritora. Todo comienza con el
ajusticiamiento de Gu Shan, una joven que cuestiona las ideas de la Revolución
Cultural. Precisamente, Li fue una de las niñas que nació durante dicha Revolución
Cultural, que duró desde 1966 hasta 1976.
Por L. M.
Las puertas del paraíso no está publicado en chino.
—No se ha traducido al chino ni estoy segura de que vaya a hacerse en un futuro próximo. Sí que se puede conseguir en China en inglés. Las librerías inglesas de Pekín fundamentalmente abastecen a los expatriados y a los occidentales que están allí.
—Se lo comento porque el Gobierno chino prohíbe de forma habitual libros que tocan temas sensibles.
—No sé si mi libro está prohibido oficialmente. La última vez que fui a Pekín, hará un par de años, conocí a una mujer inglesa que dirige una librería y me dijo que no estaba muy segura de si era legal vender mi libro. Lo que sucede es que lo vende a lectores de habla inglesa y nadie le ha dicho nada.
—Su novela se desarrolla en la década de los 70, ¿era realmente necesaria en la China de aquel entonces la petición de lealtad absoluta al Partido Comunista?
—Era totalmente necesaria. Sobre todo, después de la Revolución Cultural. Incluso, en 1989, después de la masacre de Tiananmen, la gente, al menos en Pekín, todavía tenía que declarar su lealtad al Partido Comunista. Creo que hoy por hoy es menos frecuente, salvo que uno sea un alto cargo.
—Shan, joven mártir en su libro, pasa deser una fanática adepta de Mao y su Revolución Cultural a una firme escéptica y dura crítica del celo revolucionario de su generación, ¿es una transición lógica?
—Es curioso que haya utilizado la palabra lógica. Para mí, la literatura expone lo ilógico de la naturaleza humana. Hay cierta lógica en su cambio, pasa de un extremo a otro. Esto ocurrió realmente. También tiene que ver con el hecho de que Shan crece. Cuando era una fanática guardia roja tenía 14 años, una edad en la que uno no piensa de forma independiente.
—En ese sentido, usted describe que se adoctrinaba a los niños con frases como "larga vida al más grande, glorioso e infalible Partido Comunista".
—Ese proceso de lavado de cerebro se producía en la más temprana infancia. Era el mejor momento para inculcar a alguien una ideología.
—La lección más importante de la vida era en aquella época pertenecer a una unidad, ¿los dirigentes comunistas estaban por encima de la familia?
—Sí. La familia no era la unidad más segura para un niño en la China de entonces. Los padres seguían siendo los hijos del Partido Comunista. Éste era como un superpadre. Uno quería pertenecer no sólo a su pequeña familia, sino a la gran familia. Era lo que se inculcaba a los niños en la vida cotidiana escolar. Actualmente, esto no sucede y la posición de la familia es más importante. No obstante, allí, el concepto de pueblo sigue siendo muy potente.
—La familia se hace pedazos en la historia que usted narra.
—En la ciudad de la novela, Río Turbio, a más de mil kilómetros de Pekín, se vive una situación de crisis política. Según mi propia idea, la familia no es el elemento estable de la sociedad. La familia se puede romper y los hijos traicionar a sus padres.
—Entonces, ¿cuál sería en aquel momento el elemento más estable de la sociedad?
—Si uno formaba parte del sistema y no estaba en contra del Gobierno, al menos tenía la garantía de tener un trabajo y de poder ganarse la vida. Podría tener un hogar donde vivir y su ración diaria de comida. Eso era la estabilidad del sistema.
—Sin embargo, su personaje Kai prefiere romper esa estabilidad y finalmente es sentenciada a muerte por ser crítica a la ejecución de Shan.
—Ella formaba parte del sistema. Cualquier persona que se aleja de un sistema y que rompe con la seguridad que éste le proporciona tiene un valor enorme. Hay que tener valentía y audacia para ello. Kai es una persona soñadora. Por consiguiente, tiene sentido que renunciara a toda su seguridad, a su familia y a su trabajo por algo superior.
—¿Hace falta hoy gente como Kai en China?
—Cualquier sistema opresivo necesita héroes y heroínas. Sin embargo, no creo que los héroes logren cambiar mucho las cosas. La mejor vía para conseguir cambios es la educación y tener buenos líderes. China durante 2.000 años ha sido un país muy cerrado, una unidad muy aislada.
—¿La educación es lo que ha hecho que se abra al resto del mundo y sea una potencia económica?
—El no haberse abierto habría supuesto el final del país. La decisión de abrir China no ha sido para acoger con los brazos abiertos la influencia occidental. Se ha hecho por la supervivencia del país.
—¿Un acto denunciatorio es algo meramente del pasado?
—Más o menos. Pero, seguramente, aún hoy en día, sí que seguirán existiendo estas ceremonias de denuncia en ciudades de provincias.
—¿Un mártir está al servicio del engaño a gran escala, ya sea por una religión o por una ideología, como asegura el maestro Gu, otro de sus personajes?
—El martirio es un concepto religioso. China, en el momento en que se desarrolla la novela, era un país ateo. De todas formas, el martirio era uno de los conceptos más importantes en este país mártir. ¿A quién sirven los mártires si no es a la religión? Pues a la ideología.
—Con todo, ¿Las puertas del paraíso cuestiona el heroísmo?
—Crecí en la cultura del heroísmo y nunca he creído en él. Cuando se dice que alguien es un héroe, lo que se hace es colocarle en un lugar que está por encima de los demás. Pero, un héroe es un ser humano como los demás.
—A Shan le cortan las cuerdas vocales para que no pudiera cantar consignas contrarrevolucionarias antes de su ejecución, ¿era una práctica muy habitual?
—Digamos que no era algo infrecuente. Creo que ocurría también antes de que el comunismo llegara a China. A aquellos que iban a ser ejecutados, si se pensaba que iban a decir algo en contra del sistema, se les silenciaba antes de ser ejecutados. Conseguí documentación para lo sucedido con Shan de un caso concreto de 1975, de una mujer que le cortaron las cuerdas vocales.
—¿Limitar Internet ahora, como se hace en China, es, salvando las distancias, como cortar las cuerdas vocales entonces?
—Es interesante esa metáfora. Internet forma parte de lo que yo considero educación, es lo que más ha cambiado a China en los últimos diez años. Allí, a menudo cierran y prohíben sitios web si la gente se expresa con libertad. Es un modo de eliminar la capacidad que tiene la gente de comunicarse entre sí.
—Tong, un niño de su novela, dice que la gente "debería tener derecho a decir lo que piensa", ¿es una crítica abierta a la actualidad de China?
—Este niño no es conciente de que sea una crítica. Es una esperanza expresada de forma espontánea. No puse esas palabras en sus labios a modo de crítica.
—Habrá personas que la interpreten como una crítica.
—Todas las interpretaciones tienen cabida.
—¿Se puede interpretar como que la vida está llena de traiciones?
—También podría interpretarse así. Hay un número importante de traiciones en el libro. La traición se exacerba en las situaciones de crisis.
—Visitando China se comprueba que los ciudadanos son reticentes a hablar de política con los extranjeros.
—La gente de China está agotada de la política tras cincuenta años de Mao. La población ha terminado por aceptar que hablar de política con un extranjero no es algo muy sensato ni va ha hacer que mejore su vida.
—¿Y qué opina del anuncio de China sobre que tomará una serie de medidas en represalia por el plan de Estados Unidos de vender armas a Taiwán por un valor de 4.600 millones de euros?
—China lleva discutiendo con Estados Unidos desde hace mucho tiempo por este tipo de temas. Y seguirá siendo así. La relación entre Taiwán y China es como la de dos familiares que siempre se están peleando pero que no pueden vivir el uno sin el otro.
—Por cierto, usted creció en Beijing y llegó a los Estados Unidos en 1996, ¿echa de menos China?
—No la echo de menos, porque voy a China con cierta frecuencia y porque conozco lo que hay y lo que no hay. En general, no echo de menos ni lo que está ni lo que no está.
—Pero, ¿qué es lo que haría falta en China para que Yiyun Li quisiera volver?
—En la práctica, prefiero vivir en un país en el que se hable en inglés, ya que escribo en inglés. Desde un punto de vista teórico, si China dejara de estar dirigida por un partido único, evidentemente, yo cambiaría mi perspectiva y mi forma de pensar. •
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