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Nº 873 - 22/3/2010

Armando Fernández Steinko, autor de 'Izquierda y republicanismo'


"EL REPUBLICANISMO DEFIENDE UNA DEMOCRACIA RADICAL"


Este martes, Julio Anguita y Cayo Lara, pasado y presente en la coordinación de Izquierda Unida (IU), presentan junto a Iñaki Anasagasti, senador del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y crítico con el Rey, Izquierda y republicanismo (Akal). El autor de este ensayo es Armando Fernández Steinko, un profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense, afiliado a IU, que no cree en la política de las siglas. Para él, la refundación de la izquierda debe tener como base un fuerte sustrato participativo.

Por Luis Marchal

Comienza su ensayo diciendo que "la izquierda no pasa por su mejor momento".
—El neoliberalismo ha sido una travesía por el desierto de unos treinta años, un viraje hacia la derecha. Durante una generación la izquierda ha sufrido un debilitamiento ideológico, cultural y laboral. A esto se suma una extraordinaria falta de reflejos histórica.

—¿Esta crisis de la izquierda se debe, junto a la falta de reflejos y de destreza organizativa, a una percepción equivocada de la realidad?
—Por supuesto. Hay una excesiva confianza en la profesionalidad de la política, que no esconde más que una búsqueda de la salvaguardia de los propios puestos de trabajo. Además, la izquierda en España se ha complicado mucho por el tema de la izquierda nacionalista. El problema identitario bloquea un agrupamiento estratégico de la izquierda. La divide.

—¿Tenernos que empezar a pensar en la izquierda en términos de federalidad?
—En una federalidad no competitiva, sino cooperativa. El Estado de las Autonomías hagenerado una dinámica de fragmentación.

—¿La globalización y el nacionalismo son los dos principales desafíos de la izquierda en este siglo?
—Son las dos caras de la misma moneda. Lo global y lo local están íntimamente unidos. Un proyecto de globalización neoliberal, como el que se puso en marcha a principios de los 80, necesita de empresas bien enraizadas en su territorio y de gobiernos patriotas, que impulsen a esas compañías en su lucha competitiva. La inmensa mayoría de las grandes multinacionales están muy asentadas en sus territorios. La dialéctica entre lo local y lo global ha hecho que la izquierda cometa algunos errores estratégicos, sobre todo en la Transición.

—¿Qué errores?
—Pensar que la globalización, la internalización y la integración en la Unión Europea iban a hacer obsoleto el discurso nacional. Asimismo, creer que ese discurso era una especie en extinción, un residuo del post-fascismo o de la ultraderecha que conocemos en España.

—Estamos asistiendo al renacer de la ultraderecha en Europa.
—No es la ultraderecha que podemos subrogar aquí al falangismo o a los partidos nazis de Alemania. En Italia, la Liga Norte no es exactamente el movimiento de Benito Mussolini. La nueva ultraderecha está muy vinculada al liberalismo, a la instrumentalización de los territorios y de las naciones.

—¿La derecha se ha apropiado aquí de la palabra "España", que estuvo, según usted, "asociada durante décadas más a la izquierda y a la República que al Régimen franquista"?
—La secuestraron en 1936. El grueso de la ciudadanía de este país se ha quedado huérfana.

—¿La izquierda se ha quedado huérfana?
—Todos los que no comulgan con los movimientos que los nacionalistas llaman españolistas. Desde la izquierda, no hemos hecho muchos esfuerzos por reivindicar una identidad compartida que nos permita no sentirnos identificados con la derecha cuando hablamos de España.

—¿Un vacío en el espacio del rojo puede provocar una fuerte succión hacia la derecha?
—No existen los vacíos en política. Cuando un partido deja libre un espacio político, rápidamente otra organización o movimiento lo llena.

—No hay vacío en política, pero, ¿qué sucede con los jóvenes que se declaran abstencionistas?
—Ya en los 80 llamaba la atención que el índice de abstención se cobijaba sobre todo entre los menores de 23 años que no se habían incorporado al mercado de trabajo. El problema, en la actualidad, es que la juventud se está alargando hasta los 35 años. No obstante, los jóvenes tienen margen de maniobra para no cerrar rápidamente su definición política.

—¿Es necesaria la refundación de la izquierda o ésta no es otra cosa que un nuevo eslogan en el mercado político?
—Claro que es un eslogan. Hay un peligro de erosión del concepto refundación, que esta palabra acabe por no decir nada o que se reduzca a una pequeña escaramuza electoral. Por eso, el subtítulo de mi libro es El salto a la refundación. El concepto de salto es una ruptura de convenciones políticas, de formas de hacer, de procedimientos establecidos y trillados. Es un romper las reglas que no han funcionado.

—¿Recordará a Cayo Lara en la presentación de Izquierda y republicanismo que dicha refundación debe tener como base "un fuerte sustrato participativo" y debe hacer suya "la radicalidad democrática"?
—Es la doctrina que IU ha aprobado en sus documentos. Otra cosa es que se ponga en marcha. Efectivamente, hay un sector de la coalición que no cree en eso. Sus integrantes son herederos de un sistema político que se fraguó en los 70 con el fordismo (sistema que promueve la transformación del esquema industrial y la reducción de costos y que compensa a las clases populares con la búsqueda de pleno empleo y la expectación de promoción profesional). Ya desde sus inicios, este sistema no se ajustaba a los cambios sociales y psicológicos, mayormente de las clases medias urbanas que demandaban más democracia. Hoy en día, mantenerlo es aún más anacrónico. Si bien, hay mucho izquierdista en España que se siente muy inseguro, que piensa que la democracia está todavía entre pañales, que tiene miedo al apoderamiento de la ciudadanía y al caos. Subyace el síndrome de la Guerra Civil.

—¿Y subyace el miedo, por otra parte, al "España se rompe"?
—Hay un miedo a dejar que la gente realmente opine. El proceso de erosión de las clases medias puede desembocar en un acercamiento a las clases populares, similar al que se dio en los 60, o en la apropiación del sentido común por parte del populismo, si la izquierda no consigue aglutinar a las clases medias y populares. La democracia sin conocimientos, sin trabajo y sin formación fiable no puede desarrollar un sentido común democrático. La ultra izquierda idealiza mucho a las personas y después se siente decepcionada.

—¿La recuperación de la memoria histórica es una pieza clave para construir una identidad republicana-federal compartida?
—El republicanismo tiene un aspecto fundamental: hacer justicia y conocer la realidad tal y como fue. Esto no debe generar conflictos. Ningún país puede mirar hacia delante si no ha aclarado su pasado.

—¿Ve cercana una III República en España?
—Encajo el republicanismo en cuatro coordenadas. Sin ellas, la idea de la República se queda muy floja. Primera, quien impone la interpretación del pasado impone la configuración del futuro. Es necesaria la justicia histórica. Segunda, el ideal republicano tiene que ver con la jefatura del Estado. Esta parte del republicanismo es importante, pero no decisiva. Hay que tener en cuenta que la ultraderecha también reivindicó el republicanismo y que Juan Carlos I fue para la izquierda un bastión político contra la derecha. Tercera, el republicanismo teórico coloca a las personas, una por una, en el centro del ideario político. Defiende una democracia radical que afecta al mundo político y al mundo empresarial y que ofrece acceso a la cultura, acceso a la información y acceso a los recursos naturales. Y cuarta, la izquierda necesita construir una identidad, sin desvincular esa construcción de la transformación social.

—¿Qué papel deben jugar PSOE e IU, principales formaciones de izquierdas?
—Lo primero que tienen que hacer es historizar el proceso de construcción de identidad. Ahí se colocarían inmediatamente por delante del nacionalismo, que ha sabido construir identidades nuevas. Como los partidos estatales de la izquierda no han hecho nada, y la derecha tiene su identidad, están siendo invadidos por los partidos nacionalistas. Manuel Azaña fue una de las personas que más claro vio esto y lo asoció al problema lingüístico. El problema identitario en España se resuelve en buena medida resolviendo el problema lingüístico, que es la columna vertebral del nacionalismo, sobre todo del de izquierdas.

—¿Cuál sería la alternativa?
—No sería combatir una lengua con otra, que es lo que está pasando ahora. Tenemos que construir una identidad compartida basada en un Estado plurilingüe. Nos ahorraríamos muchos prejuicios y falsas rivalidades si en Madrid aprendiéramos a hablar una lengua como el catalán, que es próxima a nosotros.

—¿Cree que la presidenta de la Comunidad de Madrid, si fuese necesario, hablaría catalán en la intimidad?
—Lo que creo es que Aguirre, con su política, está construyendo una pequeña identidad madrileña. •



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