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Nº 871
8/3/2010

Un episodio hondureÑo

Muy poco se sabía de María Suyapa, que procedía de una familia campesina de Ojojona y que se ganaba la vida como criada, con sólo 16 años, en una casa del barrio de Palmira en Tegucigalpa. Muy poco se sabía porque en realidad no había mucho que saber ni qué contar de su vida, ahora sí, antes de que el 21 de septiembre de 2009 se acercara como tantos otros a la Embajada de Brasil, para ver qué pasaba. Se encontraba rodeada por un gran dispositivo de policías y soldados, que acudieron con sus armas, tanquetas y otros vehículos que inmovilizaron frente al edificio porque en su interior se había refugiado el presidente Zelaya, su esposa y algunos amigos. Mucha gente se congregó ante la Embajada de Brasil, se corearon gritos a favor del Presidente, hubo una violenta carga policial con porras, bombas lacrimógenas y pelotas de goma que provocó la estampida. Se calcula que unas trescientas personas despavoridas llegaron a penetrar en la Embajada de Brasil huyendo del acoso. Las calles colaterales estaban cortadas por los policías y los soldados y no había otro lugar para guarecerse.

María Suyapa entre ellas. Curiosos, activistas, provocadores, simpatizantes, de todo hubo ante la Embajada de Brasil, incluyendo los desocupados que simplemente pasaban por allí cuando el follón inicial. De manera paulatina en los días siguientes se fue abriendo el cordón de seguridad y los inquilinos se retiraron como en fila india. Al final, el 27 de enero de este año, apenas cinco personas acompañaron al presidente hasta el aeropuerto y de allí a Santo Domingo, produciéndose un goteo incesante con los que cada día abandonaban la Embajada de Brasil, en paralelo al goteo también incesante por el que se iba vaciando esa botella que alguna vez pareció llena del líquido de la esperanza, la del retorno al poder del presidente Zelaya y del gozo por el clamor popular. El mismo día, muy temprano, horas antes de la investidura del nuevo presidente de la República, María Suyapa fue de las últimas personas en dar llorando los besos de despedida a doña Xiomara y a Mel Zelaya, para volver al barrio de Palmira y pedir alguna ayuda a la Embajada de Francia y al Centro Cultural Español. Le cogían de paso, allí la conocían, se marchaba con lo puesto, aún no se sabe dónde, una bolsa y algunas lempiras bien escondidas.

Apenas sabía leer y escribir cuando entró en la Embajada de Brasil, quizás para encontrar allí la oportunidad de su vida e iniciar una nueva. Quizás no intentó nunca salir antes que el presidente lo hiciera porque le tenía algún cariño y porque reanudar su vida de fuera en el barrio de Palmira, mal pagada, comida y tratada, no le parecía algo muy atractivo. En los cuatro meses de encierro tuvo que dormir en una colchoneta sobre el suelo, hasta que dispuso de una colchoneta libre, lavar su ropa y comistrajear lo poco que podía encontrarse en tal aglomeración de gente para un espacio tan pequeño, con turnos para ir al baño, cortes de agua y electricidad y manteniéndose lejos de las ventanas. Puesto que a sus 16 años no sabía más que trabajar siguió haciéndolo, para utilidad y agradecimiento de todos, imposible de imaginar cuánto abarcaría su trabajo. Se dispuso a lavar también la ropa ajena y a preparar la comida para los demás, a limpiar las habitaciones y los baños, consiguiendo de los soldados y los policías que acabaran dejándola entrar y salir sin problemas, porque nadie sospechaba ya de una chiquiIla simpática y bondadosa que a todos caía bien. Cacheada al principio, luego permitieron que siguiera su camino sin hacerlo, lo que también le sirvió para llevar y traer mensajes en papelitos bien doblados que guardaba en sus bragas.

Si al comienzo apenas sabía leer ni escribir semanas después utilizaba con toda soltura el ordenador, escribía textos, hacía y enviaba fotografías, demostrando ser tan inteligente como servicial; porque había tanta necesidad de sus servicios, al ser obligados los periodistas a dejar la Embajada de Brasil, que antes de hacerlo la enseñaron a manejarse con el fax, la fotocopiadora, el ordenador, la máquina de fotos y el móvil, para figurar a un tiempo como secretaria, recepcionista, fotógrafa, telefonista y redactora. Cada vez tenía menos trabajo porque los inquilinos menguaban de día en día, pero más trabajo para con Ios periodistas del exterior que ya escaseaban por la Embajada de Brasil, o que ya no necesitaban frecuentarla en absoluto, porque María Suyapa, como atento corresponsal, les proveía de textos, informaciones y fotografías, con puntualidad y esmero; el de una buena persona, tan imprevisible como insospechada hasta entonces, que terminó por convertirse en periodista de exclusivas y en testigo excepcional del largo y dramático encierro presidencial, sin quererlo y como sin darse cuenta. No se sabe dónde se encuentra, ni siquiera si su nombre es María Suyapa. Se la busca para que cuente lo que sucedió en esos cuatro meses de la Embajada de Brasil y contribuya como nadie puede hacerlo a la reconstrucción de los hechos. No ha sido localizada aún, compañeros de encierro y periodistas hacen indagaciones por Valle de Ángeles, Santa Lucía y Ojojona, incluso mas allá, en Gracias.*

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