ú ú
Internacional
Nº 871
8/3/2010
Números anteriores Buscador


El terremoto de Chile enturbia la despedida de la presidenta Bachelet

Y UNA VEZ MÁS, LA TIERRA SE MOVIÓ

La larga historia de terremotos en Chile no implica que cada vez que sucede nos volvamos a sorprender. El sismo de 8,8 grados en las escala de Richter fue el segundo más fuerte en la historia del país después del cataclismo de Valdivia en 1960 (el más fuerte de la historia mundial, con 9,6). Chile se está tratando de levantar y sus líderes, que esta semana pasan el testigo de la presidencia de Michelle Bachelet a Sebastián Piñera, navegando en las aguas entre la ayuda que el pueblo necesita y las ventajas o desventajas de sus acciones.

Por Felipe Ramírez (Buenos Aires)

Fue necesario detener a los que furiosamente se arrojaban sobre sus cadáveres inertes, queriéndoles resucitar con bramidos, como los leones a sus cachorros; los huérfanos que simplemente preguntaban llorosos por sus padres, y los que peleando con los altos promontorios de tierra que cubrían a sus hermanos, sus hijos, sus amigos, se les antojaba que los oían suspirar, presumían llegar a tiempo de que no se les hubiera apartado el alma...". Lo anterior es un extracto de los documentos oficiales de la Real Audiencia de Reyno de Chile, escrito un par de días después del 13 de mayo de 1647, cuando un terremoto echó abajo, por primera vez, a Santiago.

Chillán, 1939. Valdivia, 1960. Santiago, 1985. Antofagasta, 2005. 0 podemos mirarmás atrás, centrados sólo en la ahora devastada Concepción: 1570, 1657, 1898, 1922, 1953. La lista sigue. Y seguirá. Porque Chile no puede escapar a los crujidos de sus entrañas, a los gritos de la tierra. "No se es chileno si no se vive al menos un terremoto durante la vida", dijo una vez el ganador del Premio Nacional de Literatura, Volodia Teiltelboim. La preparación del país para esta clase de sucesos ha permitido que las desgracias a lamentar no sean las de una catástrofe humana como la de Haití, pero la comparación de números y estadísticas no deben esconder el hecho de que son cientos de familias las que lamentan la pérdida de uno de los suyos, miles las familias que quedaron sin casa y que aún falta mucho para cuantificar los daños materiales totales.

Para el Gobierno de Michelle Bachelet, la despedida está siendo mucho más agitada de lo que cualquiera pudo haber esperado. El terremoto de 8,5 grados en la escala de Richter destruyó las ciudades de Concepción (la segunda más grande del país con poco más de un millón de habitantes) y el vecino puerto de Talcahuano, además de muchos pueblos en dos de las quince regiones en que está dividido el país, una amplia zona que abarca poco más de 67 mil kilómetros cuadrados.

Una vez producido el movimiento telúrico, que se sintió no sólo en todo Chile sino que también en las zonas vecinas de Argentina, al otro lado de la cordillera de los Andes, lo primero fue coordinar la ayuda y cuantificar la magnitud de los daños. Muchas carreteras se habían hundido y el transporte terrestre quedó interrumpido. La presidenta se dirigió a la Oficina Nacional de Emergencia, que es la encargada de coordinar esta clase de desastres naturales. Se dijo que no había peligro de tsunami (lo que después se descubriría fue un error) y vía aérea se comenzó a enviar la ayuda (hombres, generadores de energía, diversos materiales y agua, sobre todo agua).

Ese primer día fue más que nada de cuantificación. Se tenía la idea de que Chile era un país muy preparado, y que en esta ocasión las pérdidas de vidas humanas no deberían ser tan grandes como en ocasiones anteriores. Pero con el correr de la jornada se comenzaron a contar los cuerpos. Las noticias eran pocas y a veces contradictorias. 100, 200, 300. Al finalizar el día se hablaba de 700 muertos. Y las réplicas no dejaban de aterrorizar a la población.

Como parte de los planes de contingencia, el país cuenta siempre con combustible para poder funcionar autónomamente durante al menos quince días, y el principal problema –los cortes de agua hasta confirmar el estado del sistema de cañerías– fue suplido a medida que llegaban los envíos de Santiago y otras zonas.

Un poco para resguardar su imagen internacional de país serio y en desarrollo, la primera reacción del Gobierno ante los ofrecimientos de ayuda internacional fue decir "no, pero gracias". El embajador de Chile en la ONU, Heraldo Muñoz, minimizó la magnitud de la catástrofe y dijo que el país no necesitaba de la cooperación internacional. En medio de la confusión, el presidente electo, Sebasián Piñera, trataba de dar señales de liderazgo al visitar –en uno de sus helicópteros– las zonas afectadas. Probablemente para evitar futuras críticas de parte del gobierno que asume este jueves 11, la gente de la oficina de emergencias invitó al futuro ministro del Interior de Piñera para que viera la forma en que se estaba trabajando y así poder entregarle la información de cómo se opera y cuáles deberían ser los pasos a seguir luego del cambio de mando.

Con el correr de los días se vio a las claras que los efectos del terremoto eran mucho más profundos que los que Heraldo Muñoz trataba de minimizar hacia el exterior. Las imágenes que llegaban de Concepción, Talcahuano y las zonas aledañas eran desoladoras. Barcos y contenedores en medio de las calles, iglesias y edificios históricos hechos escombros, algunos pueblos costeros completamente destruidos. Se aceptó la ayuda internacional e incluso se recibió la visita del presidente peruano Alan García –aún cuando ambos países están en medio de un largo diferendo marítimo actualmente en la corte de La Haya– y la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton. Sin agua ni energía eléctrica la presión por ayuda se hacía cada vez más urgente. En la desesperación, al día siguiente del terremoto comenzaron los saqueos a tiendas y supermercados. Y comenzó el llamado al orden.

Fue la primera vez desde el retorno de la democracia en 1990 que los militares salen a la calle para hacerse cargo del control de una ciudad. La acción de la presidenta de declarar toque de queda en las zonas más afectadas no fue sólo un golpe de efecto, también era necesaria y de paso se trató de un fuerte acto simbólico: los militares en Chile están para ayudar a su pueblo. Aunque la primera noche del toque de queda hubo más de medio centenar de detenidos, y la segunda 35, el accionar de las fuerzas armadas en el control de las calles apuntó más a la logística y el monitoreo. El trabajo sucio fue dejado a la policía. Luego de dos noches los saqueos cesaron y quedó la sensación de que los militares chilenos se comportaron a la altura.

Juegos políticos. Este jueves será tal vez el cambio de mando más atípico en la historia de Chile. Ya tenía una carga simbólica muy importante por tratarse del primer gobierno de derecha que llegara a La Moneda tras haber ganado unas elecciones presidenciales desde 1958. Sebastián Piñera y su gente estaba preparando un discurso coincidente con su campaña, con muchas declaraciones de unidad y de mirada al futuro. Pero el terremoto lo puso en una encrucijada: debía apoyar la acción del Gobierno pero al mismo tiempo arreglárselas para que Bachelet no se despidiera como una madre-heroína que la gente extrañara una vez que dejara el palacio presidencial. Por eso, en los días siguientes, después de declarar la importancia de una acción coordinada como la que se estaba llevando a cabo, luego criticó como lento el accionar del Gobierno. "Lo están haciendo bien, pero yo lo haría mejor".

Como base de este discurso está la falta de claridad en la comunicación entre el comandante en jefe de la Armada y la presidenta, cuando en la madrugada del sábado ésta preguntó sobre las posibilidades de un tsuami. El jefe de la marina dijo que no, y por eso no se ordenó la evacuación de Concepción. Piñera se ha tomado y tomará esto para criticar al Gobierno después del 11 de marzo.

Por otro lado, los empresarios chilenos dueños de constructoras, identificados con Piñera, están siendo objeto de fuerte cuestionamientos. Muchos edificios con no más de diez años de antigüedad se cayeron y otros quedaron inclinados debido a fallas estructurales. Desde el terremoto de 1985 en Santiago siempre se habló de la calidad y preparación de los nuevos edificios, pero este último sismo da cuenta de un relajo en las medidas de seguridad y los estándares de los sistemas de construcción antisísmica. La respuesta del presidente de la Cámara Chilena de la Construcción sobre que no sería necesario derrumbar y construir de nuevo los edificios, poniendo como ejemplo a la Torre de Pisa, "que se ha mantenido por siglos en pie", sólo consiguió extender el desconcierto y encender la ira de las cientos de familias afectadas.

Desde la futura oposición, situaciones como éstas son una oportunidad para fortalecer el lugar en que se han puesto como defensores del pueblo en contra de los actos inescrupulosos de los empresarios, simbolizados por el nuevo presidente chileno.
Piñera llamó a reuniones de emergencia con los principales rostros del gabinete que jurará esta semana. La idea es coordinar acciones para paliar la carga que se ha posado sobre los hombros de las familias chilenas: adelantar un bono prometido durante la campaña, reasignar partidas presupuestarias, condonar o amortizar de alguna forma el pago de impuestos.

A veces la naturaleza puede transformarse en un aliado o enemigo político. La imagen de George W. Bush resultó fuertemente dañada tras su actuación post Katrina en 2006. Aún no se sabe si el terremoto del sábado 27 será aliado de alguien, pero es claro que Piñera tendrá, a partir de este jueves, mucho más trabajo del que esperaba.

El pueblo chileno también. •

Números anteriores Buscador