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Nº 871 - 8 de marzo de 2010

Esperando no sucumbir al 'síndrome de Stendhal'

Durante algunos años me he asomado a las paginas de EL SIGLO con una "Carta desde Estrasburgo". En ella comentaba los acontecimientos europeos y globales desde la privilegiada atalaya que fue primero la Presidencia del Parlamento Europeo, y después la de su Comisión de Ayuda al Desarrollo

Pero Estrasburgo y Bruselas quedaron atrás. Ya no fui candidato en las pasadas elecciones de junio y desde entonces he cambiado de condición y de perspectiva. Les escribiré ahora desde Florencia donde, desde este enero, me encuentro como presidente del Instituto Universitario Europeo.

Heme, pues, vuelto al mundo académico, al que dejé en octubre del 82 cuando salí de mi cátedra en la Universidad Complutense camino de la Secretaría de Estado de Hacienda, con una excedencia que no pensé que fuese a durar tantos años.

El IUE es una pequeña Universidad, probablemente la más pequeña Universidad europea, puesto que sólo imparte estudios de doctorado en derecho, historia, política y economía, acoge un centro de estudios post-doctorales, el Max Weber Center, y otro, el Robert Schuman Center, de investigación aplicada en temas de política y economía europea. En total, reúne una comunidad de poco más de 1.000 personas venidas de todo el mundo, pero con sus 500 estudiantes es el mayor programa doctoral europeo.

Y es también una atalaya privilegiada para conocer lo que pasa en el mundo. Ciertamente, desde otra perspectiva bien diferente de la política, más intelectual, más objetiva, con más libertad de crítica de lo que hacen propios y extraños, que espero poder usar al escribir estas "Cartas desde Florencia". Desde ella procuraré transmitirles la riqueza de las investigaciones que el IUE hace sobre la política y la economía de nuestro tiempo.

En realidad, el IUE no está en Florencia, sino en la vecina Fiesole, que se extiende por las colinas cubiertas de bosques de cipreses que cierran la ciudad por el Norte. Por ellas se esparcen las villas y las abadías que lo acogen. Y contemplando Florencia desde las colinas de Fiesole, mientras el sol rasga la niebla matinal que envuelve sus cúpulas y campaniles, es fácil sentir el síndrome de Stendhal, esa enfermedad del alma que el romántico francés sufrió al descubrir la belleza de Italia y que dicen puede conducir al suicidio ante la incapacidad de asimilarla.

Esta nueva etapa será algo muy diferente de la ajetreada vida de parlamentario europeo. Debe ser difícil encontrar otro lugar donde la serenidad propicie la reflexión, continuando de alguna manera el objetivo inicial que los Médicis dieron a esas abadías donde se concentraba el saber de la época.

Aquí, las villas de familias riquísimas venidas a menos ahora acogen a estudiantes y profesores venidos de todo el mundo. No sólo del IUE; hay en Florencia más de 30 pequeños campus de universidades americanas, reflejo de la fascinación que esta ciudad ejerce en EE UU, asociada al recuerdo de los muchos soldados americanos que murieron en las sangrientas batallas de su liberación durante la Segunda Guerra Mundial.

Villa Salviati es uno de esos impresionantes palacios que reflejan el poder y la riqueza de la Florencia de los Médicis. Una avenida de centenarios y polvorientos cipreses, larga, de 800 metros, enmarca perfectamente el Duomo por uno de sus extremos y atraviesa un parque de 150.000 metros de jardines para desembocar en la puerta principal de la villa. Tras ella, 9.000 metros cuadrados de edificios arruinados por el tiempo y removidos por las obras de restauración que la convertirán en una nueva sede del Instituto en cuyos sótanos se guardarán los archivos históricos de la Unión Europea
Villa Salviati, residencia de una familia que dio Papas a la Iglesia y generales al Imperio, renace así de su decadencia. Sus últimos habitantes fueron tres ancianas que vivían precarias y solas recluidas en un rincón de uno de sus inmensos salones. El Estado italiano consiguió convencerlas de que debían vender la villa y abandonar el escenario de lo que fueron las épocas doradas de su juventud. Desde allí les escribiré, esperando no sucumbir al síndrome de Stendhal. •


Presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia

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