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| Nº 870 - 1 de marzo de 2010 |
Aseguran los analistas –basándose en las encuestas que en España existen unos niveles de fidelidad electoral mayores que en la inmensa mayoría de los países europeos. Quizá sea esa querencia, la de votar siempre al mismo partido, la que dota al sistema político español de una gran estabilidad, pero también arrastra tras de sí unos cuantos efectos perversos, entre los cuales destacan los dos siguientes: En primer lugar, la tendencia a la demagogia y al sectarismo en los discursos oficiales de las formaciones políticas. Demagogia y sectarismo que tienen por objeto aglutinar a los fieles antes que cualquier otra cosa. Demagogia y sectarismo consistentes en jibarizar los argumentos y sustituirlos por prédicas muy parecidas a aquella especializada en anunciar ¡¡Qué viene el lobo!! Usadas (y abusadas) tanto por el PP del "Paro, despilfarro y corrupción" como por el PSOE del "¡Que viene la derecha: adiós pensiones!". Como es obvio, si existiera una amplia franja del electorado dispuesta –sin preferencias "a priori"– a escuchar y a sopesar los argumentos, los discursos sectarios resultarían electoralmente perjudiciales y nadie se atrevería a mantener actitudes procedentes de consignas, como la tan conocida y usada de: "Al enemigo ni agua". Por otra parte, la marca sustituye a los discursos, a los programas e incluso a la calidad personal de los líderes. En otras palabras, esa hipertrofiada fidelidad electoral permite a los aparatos partidarios hacer de sus capas buenos sayos, pues lo que más cuenta son las siglas (PSOE, PP, etc.) y no lo que se supone ha de existir (convicciones, ideas, talento personal, trabajo, etc.) detrás de cual-quier formación política. Y digo yo, ¿qué interés tienen los partidos en dirigirse a un electorado más templado? Pues, la verdad, ninguno. Si no aparece desde fuera, es decir, en la opinión pública, una firme condena de ese binomio fidelidad-sectarismo, nada va a cambiar... y aquí entra de lleno la crítica de la que es merecedora la prensa, es decir, ese entramado audiovisual poblado de capitalistas, ideólogos y periodistas que consiguen hacer funcionar cada día las cadenas de televisión, las radios y los periódicos (en papel o en internet). Lo diré corto y claro: la prensa española presenta hoy un panorama sectario y desolador y no porque carezcan de valía profesional quienes fabrican los productos, sino porque el sectarismo apesta por arriba, por abajo, por la derecha y por la izquierda. El español es un periodismo de barricada. Pondré dos ejemplos, de ésos que, según Juan de Mairena, constituyen "los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa", es decir, lo que pasa en la calle... y en este caso, lo que leemos en la prensa, oímos en la radio o vemos en televisión. Me referiré en primer lugar al caso Garzón y en segundo al no menos publicitado de Aznar mostrando el dedo corazón de su mano izquierda a un grupo de energúmenos que le imprecaba en la Universidad de Oviedo, llamándole "asesino", "terrorista" y otras lindezas. El caso Garzón es interesante porque en él no intervienen directamente los partidos y son sus "peones de brega" mediáticos y sociales los que dan la cara. A Garzón se le acusa una vez más de prevaricación (dictar una disposición injusta a sabiendas de que lo es), amén de algún trapicheo económico con el Banco de Santander de por medio. Naturalmente, el diario El País se ha volcado en la defensa de Garzón y quiero pensar que lo hace en cumplimiento de la sentencia castellana que dice "de bien nacidos es ser agradecidos". Y es que Garzón les sacó a los de Prisa de un buen apuro cuando, en una operación siniestra, un grupo de taimados montó un proceso inicuo que, si no llega a intervenir Garzón como testigo, hubiera llevado a la cárcel a la dirección del Grupo. Tras la intervención garzoniana, quien se fue a la calle fue el juez Gómez de Liaño, que también quería ser estrella. Prisa –repito– es el buque insignia desplegado en defensa de Garzón, mientras que la derecha, más cauta, calla y espera a que la pera se caiga, al fin, del árbol. La prevaricación de la cual se le acusa al juez estrella tiene causa en la apertura de un proceso contra los mandamases franquistas por unos delitos que ya habían sido amnistiados (Ley de 14 de octubre de 1977). Como era de esperar, los jueces que ahora instruyen la causa contra Garzón, al no archivarla, se han convertido ipso facto en "unos fachas" y de nada les ha servido pertenecer a la asociación Jueces para la Democracia, que se proclama progresista. Entre los defensores del juez Campeador nadie quiere formular la única pregunta pertinente: ¿Prevaricó o no prevaricó Garzón? Pero antes de apresurarse a contestarla conviene saber que quien actúa, representandoa cualquier poder del Estado, creyendo que el fin justifica los medios es un prevaricador en potencia... y este juez ha ido muchas veces a la fuente de la Justicia llevando al hombro precisamente ese cántaro según el cual un fin justo se ha de alcanzar a toda costa y poco importa usar cualquier trapacería para conseguirlo. Entre los disparates predicados a tutta orchesta en defensa de Garzón destaca con luz propia el exhibido por José Saramago: "El destino de Garzón está en manos del pueblo español, no en las de los malos jueces", eso ha dicho. Quizá el escritor portugués considere que "buenos jueces" eran aquellos, tan eficientes, de los procesos de Moscú. En cualquier caso, debe quedar claro que "el pueblo español" –así, en crudo y sin mediación alguna– nada tiene que decir a este propósito. Al contrario, sobran las aclamaciones y las exclamaciones. Se trata de ver si la igualdad ante la ley es una realidad o no lo es. Y el resto, como en el Hamlet, debiera ser sólo silencio. El caso de Aznar, aunque de menor cuantía, no deja de ser significativo... y no sólo porque un ex presidente del Gobierno les haga un feocorte de mangas a un grupo de exaltados que, para más inri, se expresaban en bable, la lengua astur con la que algunos (entre los que destacan los restos de la otrora obrera Izquierda Unida) pretenden construir "la nación asturiana" para después exigir, cómo no, la independencia, pero lo más significativo han sido "las reacciones". En efecto, ante los hechos ya descritos, los políticos no echaron un tupido velo sobre la anécdota, sino que se dispusieron a tomar posición. Veamos con qué talante. "Un comportamiento (el de Aznar) que contraviene las normas básicas de respeto hacia las legítimas diferencias que existen y pueden expresarse en una democracia plural como la española", dijo Teresa Fernández de la Vega tras el Consejo de Ministros... y, la verdad, uno se queda tieso, preguntándose: ¿Cómo toda una vicepresidenta del Gobierno puede obviar en su comentario la desmesurada provocación de que fue objeto Aznar? ¿Son los insultos legítimas diferencias? ¿Puede llamarse impunemente terrorista a quien ha sido objeto de un atentado en el que no perdió la vida de milagro? En fin, abierta la espita desde la política, la red de comentaristas a sueldo, como traílla de perros tras el zorro, se puso las botas alabando o denigrando a José María Aznar, y a mí, la verdad me parece que ni Aznar se merecía los insultos ni fue una buena idea por su parte ésa de levantar el dedo corazón. ¿Por qué no fue una buena idea la del corte de mangas? Porque es de mala educación. No porque los energúmenos no se lo merecieran. De hecho, se merecían algo más. Por ejemplo, que algún fiscal les empapelara, pues han cometido un delito y lo han hecho, además, cobardemente, amparándose en la masa. Mas no veo a ese fiscal por ningún lado. Ya se sabe, en España somos muy tolerantes con las ofensas... que reciben los demás. • por Joaquín Leguina |
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