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Nº 869 - 22 de febrero de 2010

El hombre que veía amanecer

por Santiago Carrillo

Escribo estas líneas bajo los efectos de la mezcla de sorpresa e indignación sentida por numerosos ciudadanos de este país que no acaban de entender que Baltasar Garzón pueda ser separado de la carrera judicial por haber abierto un sumario sobre las consecuencias de los crímenes del franquismo. Mientras tanto siguen en las cunetas de los caminos y en las tapias de los cementerios, sin recibir todavía sepultura civil o cristiana, miles de víctimas de aquellos hechos y múltiples familias continúan impedidas de cumplir una costumbre ancestral: rendir homenaje a sus muertos, recogiéndose ante sus tumbas.

Sobre Baltasar Garzón escribió un libro hace años una gran periodista, Pilar Urbano, que se titulaba, si mal no recuerdo: El hombre que veía amanecer. Este título resaltaba ya una de las cualidades de Garzón: su enorme capacidad de trabajo, su entrega total a las funciones de justicia que ejerce que le ocupaban día y noche, sacrificando el descanso con una vocación que, si fuera más frecuente, haría menos lenta y precaria la maquinaria judicial de nuestro país.

Ese libro, que yo leí con gran interés por amistad con la autora y curiosidad por el personaje excepcional, confirmaba mi idea de que siendo un juez fuertemente comprometido con la democracia, era, sin embargo, un hombre independiente, que hacía su labor a conciencia.

Es verdad que una vez había intervenido en política y ocupó cargos de Gobierno. Tengo razones para pensar que alguien le había prometido que desde allí iba a poder poner fin a prácticas de terrorismo de Estado muy perjudiciales para el sistema democrático y absolutamenteineficaces contra el terrorismo etarra. Cuando comprobó que eso no era posible abandonó los cargos, recuperó sus funciones de magistrado y desde ellas terminó la labor de saneamiento que consideraba un deber de justicia.

Paralelamente ha conducido una de las acciones más efectivas contra el terrorismo etarra, contra el narcotráfico y otras actividades subversivas. Siempre incansable, viendo amanecer.

Su intensa actividad le ha llevado a tomar iniciativas audaces, como la causa contra el dictador Pinochet, partiendo del principio de que en este mundo globalizado un juez del país que fuese tenía el deber de intervenir en defensa de los ciudadanos de otro, impedidos de reclamar justicia por la abolición de las libertades en el suyo. Y, en el caso de Pinochet, creo que el gesto de Garzón contribuyó a estimular un proceso que puso fin a la dictadura.

Es posible que la fama adquiridapor Garzón dentro y fuera de nuestras fronteras haya despertado celos y envidias. Se le ha acusado de vanidoso, de estar a diario en la prensa. Lo cierto es que ha tenido que actuar en asuntos que a menudo tenían mucho morbo y sobre los que los medios de comunicación situaban sus focos. Vivimos en un mundo mediático en el que no nos extraña ver a diario a políticos y futbolistas y a veces otras personas que se distinguen en actividades sociales diversas. En cuanto a la vanidad y al ego, si los que los poseen volaran cubrirían el sol, y estas características acompañan a políticos, magistrados, intelectuales, empresarios, generales y hasta simples guardias municipales. Son características de las que estamos aquejados la mayor parte de los humanos.

Pero por encima de todo esto hay que reconocer que Baltasar Garzón es uno de los grandes funcionarios de la Justicia española, de los más prestigiosos y además un defensor de la democracia. Separarle de la carrera sería una vergüenza para España. Basta ver quiénes lo pretenden: Falange Española de las JONS, la ultraderechista Manos Limpias, es decir, los restos del franquismo. Si lo lograsen habría que pensar –parafraseando el título de una célebre obra de teatro–que en España sigue reinando Franco después de morir. •

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