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| Nº 869 - 22 de febrero de 2009 |
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El pacto de nunca acabar
por Miguel Ángel Aguilar EI Pleno del miércoles 17 por la mañana en el Congreso de los Diputados fue una buena prueba de la dureza del oficio político que desempeña José Luís Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno. Como dijo en su telegrama del informativo Hora 14 de la Cadena SER un buen amigo periodista, allí hubo de aguantar aguzando el oído las intervenciones de todos los portavoces –los grandes, los medianos y los minúsculos–; escucharles con los ojos, en señal de afecto, y replicarles en detalle para que se sintieran muy tenidos en cuenta. Pero quedó en claro que de pacto, nada. Ni el presidente fue capaz de identificar cuáles son los puntos de fuga de la credibilidad perdida, ni sus oponentes querían otra cosa que el elemental "quítate tú que me pongo yo". En su novela Conversación en la Catedral, Mario Vargas LLosa recoge esa incesante indagación de "¿en qué momento se jodió el Perú?, Zavalita". Pero nuestro presidente Zapatero para nada ha intentado identificar en qué momentos se jodió su credibilidad. Le resulta mucho más satisfactorio culpar a una oposición que hace permanentes ejercicios de merecimiento para serlo. Y así todo transcurre en la línea del "y tú más" sin que progresemos un milímetro hacia la meta del pacto necesario que nos aliviaría acercando el final de la crisis que todos padecemos. Hablaba el presidente en su primera intervención ateniéndose a un recopilatorio muy trillado que le exculpaba. Reiteraba lo ya conocido hasta la saciedad. Cantaba las virtudes de la economía española, de la banca, de las empresas, del sistema de protección. Señalaba la ausencia de propuestas válidas de la oposición que lidera el Partido Popular. Y al final, Zapatero anunciaba que iba a designar una Comisión encabezada por la vicepresidenta económica e integrada también por el ministro de Fomento y el ministro de Industria, Turismo y Comercio, como miembros del Gobierno directamente concern idos con las reformas, para que emprendan un diálogo y una negociación con todos los grupos representados en la Cámara. Enseguida cundieron los comentarios sobre los ausentes de la Comisión, en especial referidos al ministro de Trabajo, Celestino Corbacho. Y esa misma mañana la vicepresidenta Salgado se reunía con el portavoz del Grupo Parlamentario de Convergéncia i Unió, por el que pasan los procesamientos de responsables de su partido implicados en casos de corrupción "sin romperlo,ni mancharlo" conforme al texto del catecismo de la Doctrina Cristiana del padre Ripalda. Las intervenciones de Mariano Rajoy fueron también más de lo mismo. Centradas en la falta de confianza que inspira su antagonista. Pero nada de moción de censura, considerada una trampa que pondría al descubierto su falta de propuestas alternativas, dada la fórmula constitucional que le convertiría en candidato a ser examinado por la Cámara que debería darle la confianza e investirle como presidente. Rajoy tiene galvanizado a su grupo, que ovaciona los pasajes más crispados de sus discursos. Se confirma así el principio de que por sus aplausos los conoceréis. Prevalece el consejo del asesor aúlico Pedro de Arriola, para quien todo consiste en que siga quemándose el actual presidente del Gobierno a fuego lento para que llegue en las peores condiciones posibles a la cita electoral de 2012. Veremos.• |
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