Nº 869
22/2/2010

 

No es probable que los socialistas voten a Rajoy

Una vez más se ha oficiado en el Congreso de los Diputados la ceremonia habitual: Zapatero se explica con cara de chico bueno y aplicado, Mariano Rajoy se le lanza a la yugular, y los demás portavoces, menos el socialista, compiten en acerbas críticas y descalificaciones. Un observador inocente concluiría que el líder de la oposición saldría de allí con un billete para Moncloa.

Obviamente, las cosas no son así. Por muy severas que sean las adminiciones y descalificaciones proferidas por las oposiciones, podemos tener la seguridad de que Zapatero seguirá viviendo en Moncloa y Mariano Rajoy trabajando en Génova. Y gracias, pues en el Partido Popular empieza a calar la idea de que el gallego, a quien se le reconoce tenacidad, buena voluntad y evidentes dotes parlamentarias, nunca vencerá al Maquiavelo leonés. Ni con moción de censura ni en las urnas.

El propio Rajoy es consciente de este hecho que, supongo, atribuye a las meigas. Es lo que explica que después de una primera intervención contundente perdiera el oremus. Sólo le faltó llorar al lamentarse de que si, por él fuera, si contara con los votos precisos, los de CiU, PNV, Coalición Canaria, etc., se sentaría en el banco azul, más propio de su ideología que el rojo en el que está clavado. Constata con melancolía que no cuenta con los apoyos ni siquiera de los partidos hermanos, los de las derechas nacionalistas, más por nacionalistas que por derechas.

La Constitución dificulta el deporte nacional de derribar gobiernos al condicionar el éxito de la moción de censura a que vaya unida a la aprobación por mayoría absoluta de un candidato a la Presidencia. Semejante circunstancia le ha movido en esta ocasión a perder los nervios haciendo una propuesta surrealista: que sean los propios diputados socialistas los que le hagan el trabajo, despidiendo a su jefe de filas; incitando a una rebelión a bordo.

Rodríguez Zapatero dio, una vez más, muestra de su asombrosa capacidad para encajar golpes sin que se le mueva un pelo y de sus tretas favoritas al proponer un pacto y nombrar una comisión. Lo encajó todo: que el portavoz de los republicanos de Cataluña, Joan Ridao, le tildara de bonapartista y le elevara de la condición de bambi y de zorro a la de cocodrilo: "De boca grande para hacer proclamas y orejas pequeñas para no escuchar".  Encajó también, impasible el ademán, que los nacionalistas catalanes y vascos, los más proclives al pacto en cuestiones de economía, formularan análisis demoledores que resaltaban el aislamiento presidencial y coincidían en un diagnóstico terrible: desconfianza.

En efecto, Josep Antoni Duran i Lleida, portavoz de Convergència i Unió,  asumió el principal reproche de Mariano Rajoy: que el Gobierno, al que reconoció "voluntarismo", "no genera confianza y no será capaz de afrontar los cambios necesarios". Y Josu Erkoreka, la voz de los nacionalistas vascos, resaltó el hecho de que "en Europa no se fían de Vd”. Y añadió que “los europeos han vuelto a situar a España entre los peores de la clase, aplicándole, junto a los más díscolos del aula, los acrónimos más peyorativos: PIGS y STUPID, entre otros".

Zapatero lo encajó todo con mansedumbre reconociéndose culpable de los casi cuatro millones y medio de parados. Se acogió a la recomendación del proverbio: "Cuando no quieras o no puedas arreglar un problema, nombra una Comisión"; y aportó algo nuevo al manejarla, no como un medio, sino como un fin en sí misma. Es un genio en el arte de enfriar los problemas transformándolos en pactos, comisiones, mesas, planes o nuevos ministerios. El continente, la representación gráfica, es para él más importante que el contenido. Y así, de comisión en comisión, de mesa en mesa, de foto en foto, va tirando, en el convencimiento de que los problemas se resuelven solos o no hay quien los resuelva.

El miércoles hizo penitencia y ganó dos meses de respiro mientras Rajoy se daba golpes contra las paredes. Es interesante la composición de la troica que gestionará el pacto porque refleja el estilo del presidente. No aparecen en ella los otros vices, Teresa Fernández de la Vega ni Manuel Chaves. José Blanco lo justifica en que no se trata de conseguir pactos políticos, olvidándose de que al realizarse con los grupos parlamentarios y no con los encargados económicos de los partidos, tales pactos no pueden ser más políticos. Tampoco aparece el ministro Corbacho, que algo tendría que decir cuando el primer objetivo es crear empleo.

Los elegidos son los amigos del presidente. A la cabeza aparece Elena Salgado, que se ha manifestado como servicial secretaria de Estado de un Zapatero que asume también la tarea de la economía; el segundo, pero que en realidad será el primero, es José Blanco, su hombre de confianza, vicesecretario general del partido y previsiblemente próximo vicepresidente del Gobierno; y Miguel Sebastián, el amigo fiel. 

José García Abad


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