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Nº 868 - 15 de febrero de 2010

Una biografía de Godin recuerda el familisterio de Guise

CUANDO LA UTOPÍA SOCIALISTA SE HIZO REALIDAD

No pocos observadores de la economía mundial creen que con la presente crisis ha llegado el fin de la utopía del capitalismo de casino. Éste se presenta a menudo como la primera víctima ideológica del siglo XXI y, a día de hoy, cuando se apunta que ya llegó el ocaso del hiperindividualismo, todavía no está claro qué obra arquitectónica lo sintetiza mejor. ¿Será la recién estrenada Burj Khalifa de Dubai o las trágicamente desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York? Lo contrario ocurre con la utopía socialista que pensara Charles Fourier, hecha en parte realidad gracias al francés Jean Baptiste André Godin en el familisterio de Guise, un auténtico 'Palacio de Versalles' obrero, ahora recordado en Francia a través de una nueva biografía.

Por S.M. (París)

A dos horas y cuarto en coche al norte de París, y en una extensión de unas seis hectáreas, se extiende un complejo calificado de monumento histórico desde 1991 en el que se materializaron no pocas ideas de los socialistas utópicos. Pero en lugar de un falansterio, el edificio en que, según Fourier, habitaba cada una de las falanges en que se dividía la sociedad, en Guise, el empresario Jean Baptiste André Godin puso en marcha un familisterio en la segunda mitad del siglo XIX. El término alude a una convicción íntima del otrora hombre de negocios y líder mundial de la fabricación de electrodomésticos de hierro colado, que "defendió la idea de familia, aunque no la del matrimonio, que equiparaba a la esclavitud", declara a EL Siglo Michel Lallement, autor de una biografía sobre el industrial galo, La travail de l'utopie: Godin et le Familistére de Guise (Ed. Les Belles Lettres, 2009) —El trabajo de la utopía: Godin y el Familisterio de Guise—.

Godin nace el 26 de enero de 1817, y con once años ya trabajaba en el taller de su padre, cerrajero. Cuando podía, aprendía como autodidacta. Interesado en las ideas de Fourier, a quien no llegó a conocer personalmente, Godin se puso en contacto con la escuela fourierista del socialismo en 1854, cuando su condición social había mejorado tanto como que ya era propietario de la fábrica con la que construyó su fortuna. Ese año "puso un tercio de sus riquezas a disposición de los fourieristas para la creación de un falansterio en Estados Unidos, en Reunion, Texas, pero aquella experiencia fracasó porque el líder de la empresa, Prosper Victor Consideran, no supo gestionarla", cuenta Lallement, profesor en el Conservatorio Nacional de las Artes de París.

Ese fracaso empujó a Godin a fundar, en 1859, el familisterio de Guise, en el que llegaron a vivir más de 2.000 personas en unas condiciones que nada tenían que ver con las del resto de trabajadores del mundo industrial de esa época. El familisterio contó, en su momento de mayor esplendor, con un total de 350 apartamentos, repartidos en tres edificios, uno central y dos alas, construidos en el todavía típico ladrillo rojo del noreste de Francia. Limpios, espaciosos, luminosos, con calefacción, aquellos apartamentos contaban en cada una de las tres plantas en las que estaban repartidos, con una fuente de agua corriente y cuartos de baño públicos, además de estar provistos de un sistema de aeración natural resultante de la estructura de los tres bloques de pisos, diseñados en gran parte por el propio Godin.

El empresario galo, como otros socialistas del siglo XIX, estaba habitado por la constante preocupación de la falta de higiene que reinaba en la vida de las clases populares, pues él mismo vivió, según recoge Lallement en Le travail de l'utopie: Godin et le Familistére de Guise, en aquellas dependencias cuyo suelo era de tierra batida, en las que no había agua corriente y en el que el establo servía de habitación principal. Además de ser fiel a la familia y la higiene, Godin también trajo a la realidad la idea de Fourier de que, para transformar la sociedad, también hay que asociar el capital, el trabajo y el talento, lo que significa que los obreros han de ser propietarios de los medios de producción, extremo que en el caso de la fábrica de Godin se produjo en 1894, constituyendo "una de las primeras experiencias de autogestión" de la historia, constata Lallement.

Menos éxito tuvo Godin a la hora de poner en marcha el reconocimiento del talento, pues sus iniciativas para destacar a los empleados más talentosos acabaron fracasando. El industrial planteó votar entre los miembros de su plantilla para elegir a los mejores trabajadores, que serían remunerados con mejores sueldos, pero la mayoría de sus obreros estaban más preocupados de ser hábiles que de agudizar el ingenio. "Se votaban entre ellos, hacían alianzas o, lo que es mejor aún, votaban para que recibieran la remuneración extra los trabajadores más precarios", explica el biógrafo del empresario, que acabaría fundando la Asociación del Capital y del Trabajo para que, a través de ella, los empleados obtuvieran títulos del capital, "lo que les acabaría forzando a ser autogestores de la fábrica", mantiene Lallement.

Sustitutos de la riqueza. La gran aportación de Godin fueron los 'equivalentes de la riqueza' que dio a sus empleados. "La gran tesis de Godin es que, no es la riqueza lo que va a resolver los problemas de pobreza, con lo cual, en lugar de buscar más riqueza para los empleados, hay que darles equivalentes de la riqueza y elementos de confort para mejorar sus vidas, y entre esos elementos se encuentran los apartamentos del Familisterio", asevera el profesor especialista en la vida y obra de Godin. Los sustitutos de la riqueza son, además de los apartamentos, entre los que también se encontraba el del propio Godin, una escuela, una biblioteca, un teatro, una guardería, un economato, una piscina, una lavandería, jardines para el estudio de botánica y espacios agrícolas para cultivar legumbres. Todos esos servicios los puso en marcha el industrial en torno al familisterio, materializando una realidad que otros sólo concibieron.

De sus escuelas salieron estudiantes que acabarían siendo ingenieros, sus obreros tenían formación continua, un salario un 20 por ciento superior a los de otras fábricas, las jornadas de trabajo eran más cortas, y, en la piscina, cuya profundidad era regulable para evitar accidentes, se enseñaba a nadar para que no hubiera ahogados en el río situado a proximidad del familisterio.

Godin no era un utopista, "tenía los pies en la tierra", y prueba de ello es que el familisterio lo construyera en "un periodo de tiempo de 20 años", señala Lallement. De hecho, "al contrario que Fourier, Godin sólo empleó el término utopía en una ocasión, en sentido negativo, definiéndolo como un sueño sin la posibilidad de ser real", apunta el autor de La travail de l'utopie: Godin et le Familistére de Guise. Pero fue la propia realidad la que, poco a poco, acabó superando la aventura autogestionada que heredaron los responsables de la empresa, y, curiosamente, en 1968, año en que el mayo francés pretendía cambiar de nuevo el mundo, el proyecto de sociedad de Godin se vino abajo, al desaparecer la cooperativa que gestionaba el familisterio.

"La competencia les superó, la fábrica de Godin no se modernizó, y finalmente, se crearon élites de trabajadores, con más derechos que los empleados temporales y que no fueron capaces de mantener la competitividad de una fábrica que llegó a ser líder del mercado en su campo", asegura Lallement.

En 1981, inversores privados compraron la propiedad, vendida por los trabajadores de la fábrica para salvar un máximo de empleos. Los nuevos capitalistas se ocuparon exclusivamente de las zonas habitables, cediendo a la ciudad de Guise (6.000 habitantes) las infraestructuras que Godin llamó "equivalentes de la riqueza". En ese momento "el vínculo entre la fábrica y el 'palacio' social se rompe", dice a este semanario Frédéric Panni, conservador y encargado de desarrollar el programa de rehabilitación que sigue el Versalles de los trabajadores.

Sólo fue en 1991 cuando el conjunto arquitectural se consideró monumento y, por iniciativa del presidente del departamento de l'Aisne, Jean Pierre Balligand, un socialistas de los de ahora (PS), el familisterio está siendo rehabilitado con dinero público. El programa de rehabilitación, puesto en marcha en 2000, cuenta con un presupuesto de 42 millones de euros y establece 2015 como año de recuperación total, aunque actualmente, el familisterio ya recibe unas 30.000 visitas al año, y cuenta con un espacio de museo que no para crecer. El "objetivo son los 70.000 o 100.000 visitantes al año", añade Panni. "Hasta ahora el familisterio se había subestimado, se miraba hasta con desprecio, como si fuera un no men land ideológico", asevera Panni, cuyos objetivos de rehabilitación y de número de visitantes por alcanzar no parecen desorbitados, pues lo que queda de la obra de Godin es único. "Es inaudito que el familisterio exista, mientras que el falansterio sólo estuvo en la mente de algunos", concluye Panni. •

 
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