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| Nº 867 - 8 de febrero de 2010 |
Libertad de imprenta, pero menos Por Mauro Armiño Ahora que la Gran Esperanza Blanca, al año de mandato, se diluye y todo su encanto oratorio, que lo tiene, se queda en eso, en oratorio; y ahora que, como todo presidente estadounidense que se precie de amo y señor del mundo, Obama pretende crear democracias por decreto militar en civilizaciones distintas y antagónicas, el cenagal resultante nos engulle a todos; buen cenagal éste en el que nos ha metido para una larga ristra de años, sólo para que la Gran Esperanza Blanca tenga su guerra particular, con todas las bendiciones que se quieran de la ONU, y una el nombre de Obama a Afganistán como, por no hablar de Vietnam, los Bush padre e hijo lo han unido por los siglos de los siglos a Iraq. Vaya embrollo, porque Afganistán es una guerra que Obama no puede ganar y, paradoja, tampoco puede perder. Aquí algunos habían pensado que de fuera iban a venir las salvaciones y a sacar las castañas del fuego: así estamos, quemándonos las manos. Digo esto porque, ya que no podemos mirar fuera dado los vendavales bélicos y los abismos de la economía, he decidido empezar el año mirando hacia nuestros propios y esperpénticos adentros, no por más repetidos menos vivos: una gacetilla del 7 de enero (El Mundo) daba cuenta de algo que parece extravagante: un hombre ha sido condenado a dos años de cárcel por robar una jaula con el pájaro dentro; de lo escaso de la información se desprendía que había intentado entrar en una casa a robar, no lo había conseguido y, frustrado en su intento, supongo que de recuerdo se había llevado el pajarillo para que le cantase al albor. En esos mismos días Díaz Ferrán, patrón de empresarios, se quitaba de en medio dejando tirados en los aeropuertos a centenares de personas, no sé cuántas nóminas sin pagar de sus empresas, no sé cuántos billetes de Air Comet emitidos cuando se le había ordenado no venderlos, y un largo número de actuaciones que prensa, viajeros y trabajadores impagados calificaban de estafa; por no hablar de Gürtel, ni de lo de aquí y lo de allá de todos los días. “No pareces criminal; la justicia no te prende al menos; verdad es que la justicia no prende sino a los pequeños criminales, a los que roban con ganzúas o a los que matan con puñal”, se decía a sí mismo algo más de siglo y medio el único periodista realmente importante que tuvo nuestro siglo XIX: Mariano José de Larra. En la comedia Los enredos de Scapin, Molière ya columbraba el problema distinguiendo entre pícaros y honrados, y en la divertida y agria escena V del II Acto llega a la conclusión de que no hay nada como tener dinero para salir bien de este tipo de asuntos, porque las vueltas y revueltas de la justicia son, como los designios divinos, inescrutables; no parece que el ratero del pajarillo lo haya tenido para defenderse pagando esas vueltas y revueltas: “Ved cuántas apelaciones y grados de jurisdicción, cuántos procedimientos importunos, cuántos animales rapaces por cuyas garras tendréis que pasar, alguaciles, procuradores, abogados, escribanos, sustitutos, relatores y jueces con sus oficiales”. Como eso ocurría hace casi cuatro siglos, es de esperar que las ciencias hayan adelantado que es una barbaridad. Revelación de secretos nada secretos. Si la tesis del autor del Tartufo coincide con la maldición del gitano: pleitos tengas y los ganes, apañados van Daniel Anido y Rodolfo Irago, periodistas de la Cadena Ser a los que un juez de lo Penal de Madrid y una fiscal han empapelado sin que yo pueda colegir, por lo leído, dónde radica su crimen y delito, algo así como una “revelación de secretos” nada secretos: los nombres de militantes del PP envueltos en una operación que pretendía, mediante un enjuague de esos de listas de partido, favorecer a un partidario de Esperanza Aguirre y desfavorecer a otro del hijo de su madre, según esta bienhablá, Ruiz-Gallardón; anda por medio el urbanismo de Villaviciosa de Odón, localidad madrileña donde se produjeron los hechos; (¿por dónde no andan de por medio las licencias, las recalificaciones de terrenos, etc.?); y parece deducirse que el pecado merecedor del infierno de un año y nueve meses de cárcel (tres meses menos que al caco del pajarillo), pena dictada por el juez –item más, inhabilitación para ejercer el periodismo y cuantiosas multas–, ha sido, por lo que colijo, que esa información, verídica, contrastada y confirmada ha aparecido en la página web de la emisora. Se me disculpará que no llegue a comprender la imposibilidad legal de colgar en la página web de una radio lo que se ha dicho en la radio, porque Internet, dice la sentencia, no es un medio de comunicación social sino universal; también se han quedado cuadriculadas varias firmas que entienden más de leyes que yo, diversos políticos –no del PP, que no han dicho esta boca es mía–, y ciertos periodistas. Estas cosas y muchas más pasan por lo que pasan; a un periodista, con los papeles, noticias y hechos que tiene ante sus ojos cada día, ¿cómo se le ocurre pensar que existe la libertad de expresión? En la SER los colegas Anido e Irago no parecen haber leído lo único que debía estar inscrito en la fachada de la cacareada Facultad de Ciencias de la Información, lo que decía Fígaro: “Hartos de mantener a un oscuro preso, un día me pusieron en la calle; y como hay que comer aunque ya no esté uno en la cárcel, corto de nuevo mi pluma y pregunto a todos por la cuestión del día: me dicen que, durante mi retiro económico, en Madrid se ha establecido un sistema de libertad sobre la venta de las producciones que se extiende incluso a las de prensa; y que, con tal de que en mis escritos no hable ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de la gente con cargos, ni de los organismos oficiales, ni de la ópera, ni de los demás espectáculos, ni de las corporaciones influyentes, puedo imprimir cualquier cosa libremente bajo la inspección de dos o tres censores”. Es lo que escribía Beaumarchais, autor, entre otras obras y acciones célebres, de dos piezas de teatro, El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, éstas sí que de importancia social y mundial a un tiempo; se conocen más porque luego se convirtieron en óperas; pero no se molesten en buscar en librerías esos dos títulos en traducciones decentes; todas viejas y llenas de errores, porque el país da los editores que da. Sin embargo, cuando se leyeron y estrenaron en su corte, Luis XVI fue el primero en percibir que anunciaban tiempos nuevos y la guillotina para su real cabeza; las prohibió y, con cierto anacronismo, las calificó de la Grândola, vila morena de la Revolución Francesa; eso supusieron esos dos títulos: cortaron la cinta que separaba el Antiguo Régimen de nuestro mundo contemporáneo, pues a esa Revolución debemos no ser demasiado súbditos hoy de unos estamentos que reinaron como señores de horca y cuchillo por los siglos de los siglos. Seguimos más o menos así, en manos de estamentos –la Justicia está por rehacer de arriba abajo desde que acabó el franquismo– a los que no parece haberse encauzado por vías de sentido común y algo democráticas; digo algo por decir algo, porque “¿A quién engañamos aquí”, frase de Basilio en la ópera El barbero de Sevilla, recordada por el otro Fígaro, que así se firmaba Larra en 1836, el único al que daba “qué hacer la libertad de imprenta”; como ahora, desde la reina gobernadora hasta el gobierno todo el mundo se hacía lenguas de esa dichosa libertad, pero, “¿quién diablos impide que la establezcan?” Y se trataba de un presunto gobierno de izquierdas, el de Mendizábal, que había decretado la libertad de imprenta, pero a dos mil reales de multa y recogida de la publicación en caso de libertinaje del autor. En ese artículo, Larra sugería a los periodistas con ánimos de libertinaje –fíjense en su título: Dios nos asista–, que para casos de miseria máxima y situaciones límite deben convertir su boca en imprenta de nosotros sí, e ir diciendo por ahí y en voz muy baja, entre los corrillos, sus ideas. Perfecta solución: ahora que hay Internet podrían los periodistas ahorrarse tanto gasto en zapatos como tiene el ir de corrillo en corrillo. Pues no, porque al ser Internet un medio de comunicación no social sino universal, según sentencia, no estarían amparados por la dichosa libertad de imprenta.Por lo tanto, que a ningún periodista se le ocurra escribir la despedida de Larra, firmada un mes y dieciocho días antes de descerrajarse un tiro en la sien, y dirigida “A los redactores de El Mundo. En el mundo mismo o donde paren” (por supuesto, era otro mundo, nada que ver con el de ahora). Insolente, tras dar las señas de su domicilio, Larra remata: “Declaramos que tanto en aquella casa, que está a la disposición de ustedes, como fuera de ella, admitimos anónimos, calumnias, billetes amorosos, cartas de convite, esquelas de entierro, comunicados, desafíos, motines, puñaladas, órdenes de destierro, ministros (esto es, alguaciles, que a los otros no recibimos, aunque en el día todos prenden)”. Ni se les ocurra, porque en un santiamén van a parar entre rejas, dado que en este santo y justo país la Constitución ampara y proclama la libertad de imprenta.
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