ú ú
Internacional
Nº 867
8/2/2010
Números anteriores Buscador

Se consuma la involución democrática en Honduras con el exilio de Zelaya

LATINOAMÉRICA ENCAJA EL 'GOLPE'

Pese a los esfuerzos de una oposición interior perseguida, encarcelada y, a veces, asesinada, y de buena parte de la comunidad internacional, el retorno a la democracia no ha sido posible en Honduras. El pasado 27 de enero se consumaba el acto final del golpe de Estado perpetrado en el país el 28 de junio. El presidente electo, Manuel Zelaya, partía rumbo al exilio, sin haber sido repuesto en su cargo democrático después de siete meses —y cuatro refugiado en la embajada de Brasil en Tegucigalpa— desde su derrocamiento, mientras que los militares golpistas eran amnistiados. La preocupación crece en América Latina.

Por Antonio Sarrión

Fui derrocado hace siete meses. Encabecé una lucha por mi restitución. Y no se pudo conseguir debido al incumplimiento del Acuerdo Tegucigalpa-San José. Este esfuerzo no fue suficiente, pero deja una enseñanza: las armas no son el camino". Eran las últimas palabras pronunciadas en público, aún en territorio hondureño, por Manuel Zelaya, que partía hacia el exilio el pasado 27 de enero, paradójicamente acompañado por quien de modo ilegal le sustituye en la más alta magistratura del país, Porfirio Pepe Lobo –el candidato (y finalmente electo en unas elecciones sin las menores garantías de limpieza) de los golpistas–, y también por el presidente de la República Dominicana, Leonel Fernández, país en el que hará escala antes de su definitivo destino en México, y uno de los escasos presidentes que asistieron a la toma de posesión de Lobo.

Este adiós pone punto y seguido a uno de los capítulos más oscuros y tristes de la reciente historia del subcontinente americano, que arrancaba el pasado 28 de junio, cuando los militares detenían al presidente electo y lo expulsaban del país.

La comunidad internacional, especialmente la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea en un primermomento ponían cerco al gobierno de facto encabezado por el máximo responsable civil de la trama golpista, Roberto Micheletti, cuyo partido pertenece a la Internacional Liberal. La mayor parte de los países retiraba sus embajadores de Tegucigalpa, mientras que otros, directamente, rompían sus relaciones diplomáticas con el Estado centroamericano en el que se inspiró la expresión "República bananera".

Quienes con mayor fortaleza hacían frente a la situación de terror creada en la pequeña nación eran, en primer lugar, los partidarios de Zelaya y los defensores de la democracia en el interior. Desde fuera del país, los gobiernos de Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, Ecuador y Bolivia eran los más activos en el frente antigolpista. Hasta Estados Unidos, en contra de su práctica habitual, condenaba la asonada y exigía el regreso a una situación normalizada y la vuelta de Zelaya.

Por su parte, la mayoría de los países de la UE, principalmente a instancias de la actitud del Gobierno español, retiraban a sus embajadores de Honduras y negaban el reconocimiento al nuevo régimer dictatorial.

La audaz vuelta del propio Zelaya al país, refugiándose en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, hace cuatro meses, hacía pensar en un desenlace favorable a la democracia. Pero la traición se estaba fraguando. Con la mediación del presidente de Costa Rica, Óscar Arias, y el impulso de Estados Unidos, se impulsaba una negociación que desembocaba en la firma de los Acuerdos Tegucigalpa-San José, que implicaban, de hecho, el retorno de Zelaya a la presidencia. Sin embargo, el gobierno de facto los incumplía flagrantemente, y ahí terminaba la presión de Washington, que empezaba a apoyar la convocatoria de las elecciones como salida a la crisis, sin el requisito imprescindible de la restitución de la legalidad democrática violada.

En muchas cancillerías de América Latina comenzaban a comprender la jugada. Los gobiernos más afines a Estados Unidos en la región, Costa Rica, Panamá, Perú y Colombia, reconocían formalmente al nuevo régimen. Los mismos Estados Unidos hacían lo propio tras reconocer a Porfirio Lobo como nuevo presidente. Un nuevo aldabonazo: la primera medida del nuevo máximo mandatario era otorgar una amnistía a los militares que habían depuesto a Zelaya y habían acabado con la democracia hondureña, certificando de este modo la impunidad para acciones de este tipo, y sentando un peligrosísimo precedente en una América Latina que parecía estar despertándose de una pesadilla de décadas de sangrientos gobiernos militares.

Ahora, no sin razón, la inseguridad se ha instalado en la región, y muchos consideran que éste ha sido un movimiento en el tablero de la geoestrategia estadounidense, que podría abrir la caja de Pandora y hacer soñar a ciertos estamentos de la alta burguesía y militares con seguir los pasos de sus compañeros hondureños, dada las nulas consecuencias que ha tenido en este país perpetrar este atentado contra la democracia y los Derechos Humanos.

La teoría geoestratégica tendría su continuidad con los movimientos de Washington estableciendo siete bases militares en la dócil Colombia gobernada por Álvaro Uribe, cuyos vecinos, muy especialmente Brasil, Venezuela, Ecuador y Bolivia, consideran un paso hacia la desestabilización de la región para poner coto a la acción de los gobiernos democráticos de izquierda que han llegado al poder por vías democráticas en buena parte del subcontinente. Los primeros síntomas de esadesestabilización se están dando con la creciente tensión entre Colombia y Venezuela.

El golpe de Estado en Honduras y la incapacidad de la comunidad internacional para hacer restablecer el orden constitucional han sentado un precedente peligroso para América Latina y han enfriado las relaciones de algunos países –paradigmático el caso de Brasil– con el presidente estadounidense, Barack Obama.

"La crisis en Honduras ha dañado las relaciones de Latinoamérica con Estados Unidos", asegura Cynthia Arnson, directora del programa para América Latina del Woodrow Wilson Center, un centro privado estadounidense. "Después de que (Obama) prometiera adoptar un enfoque multilateral a los problemas de la región, Estados Unidos esencialmente decidió ir solo en las elecciones hondureñas", añade.

"Lo que Honduras deja claro es que la ideología –izquierda versus derecha– juega un papel mucho más grande en el juicio de los diferentes gobiernos, que hacen una noción abstracta de la protección de la democracia. Básicamente los gobiernos de izquierda y centroizquierda apoyaron la restitución de Zelaya. Los de derecha y centroderecha estuvieron inclinados a aceptar la legitimidad de las elecciones, sin importar si Zelaya era restituido", opina Peter Hakim, presidente de Diálogo Interamericano.

"El resultado del golpe en Honduras ha hecho muy poco para disuadir a otros que pueden intentar involucrarse en un comportamiento al estilo de un golpe como éste", remacha Cynthia Arnson.

"Volveremos, volveremos", exclamaba Manuel Zelaya instantes antes de ascender las escalerillas del avión que lo conduciría a República Dominicana, paso previo antes de su definitivo exilio en México, para incorporarse al Parlamento Centroamericano, donde le corresponde un escaño como ex presidente de su país.

Más de 10.000 de sus seguidores le hicieron de comitiva de despedida y lo vitoreaban, en contraste con abucheo masivo recibido por Porfirio Lobo en su acto de toma de posesión. Sin embargo, el golpismo ha triunfado, una vez más, y dejando una tenebrosa puerta entreabierta que ha llenado de preocupación a las cancillerías de la nueva América Latina. •

Números anteriores Buscador