Nº 867
8/2/2010

 

ZP tiene media legislatura para rectificar

según las encuestas, el PSOE retrocede en todos los frentes. La más fiable, el barómetro del CIS correspondiente a enero, asegura que el PP aventajaría al PSOE en 3,8 puntos. Las únicas buenas noticias para Zapatero es que mejora en unas décimas la confianza depositada en él, que aun así sólo alcanza el 26,3 por ciento y, lo que es más prometedor: supera a Rajoy en casi medio punto aunque la diferencia se ha acortado respecto a otros sondeos.

Hace sólo unos meses hubiera resultado una excentricidad expresar dudas sobre si es el mejor candidato para 2012. Hoy no hay una sola comparecencia de un dirigente socialista ante los medios a quien no se le requiera su opinión al respecto. Y ya no se confecciona una sola encuesta en la que no se inquiera la opinión del respetable e incluso sobre qué personajes tendrían más posibilidades de sucederle.

Zapatero, como profesional de la política, percibe como nadie la dinámica del poder, un instinto que le ha permitido mantenerse contra viento y marea desde su más tierna juventud. No se le escapará que su liderazgo está en cuestión, y no sólo desde las filas de Génova como asegura su fiel paisano José Antonio Alonso, el portavoz parlamentario.

El inquilino de Ferraz y La Moncloa escruta el horizonte en angustiosa búsqueda de brotes verdes, aunque no sean muy verdes, como única esperanza de recuperación. Mientras tanto, los compañeros le muestran su respaldo con sentido gesto de acompañarle en el sentimiento. El guerrismo ha ido en esta ocasión más lejos que Barreda y pide un gobierno de salvación nacional, brazo con brazo, con el Partido Popular. Así lo manifiesta José Félix Tezanos, editor de la revista Temas, el organillo de Alfonso Guerra; al tiempo, en el PP se acaricia la moción de censura.

El barón castellano-manchego, José María Barreda, se ha desgajado de la piña unitaria reclamando, entre protestas de lealtad bien entendida, un nuevo Gobierno, con menos ministros, más competentes y centrados en la tarea fundamental, un equipo que recupere la confianza perdida. No se limita, pues, a pedir el cese de Miguel Sebastián, el ministro de Industria de quien teme le coloque el cementerio nuclear en un lugar de La Mancha. Reclama algo más que el relevo de quien le ha humillado negando su importancia. Su pública petición formulada en una entrevista periodística significa, en una primera acepción, una enmienda a la totalidad del gabinete, y en segunda derivada, una crítica implícita a quien lo ha diseñado. En este punto coincide con la opinión general, nunca expresada en público, de la parroquia socialista que admite que el Jefe ha dado reiteradas muestras de que la selección ministerial no es su fuerte. 

Barreda ha generado críticas por no haber expresado las suyas en el Comité Federal. Es una objeción que provocará alguna sonrisa cínica entre los miembros del máximo órgano entre congresos,  donde nadie dice lo que piensa aunque se cuidan mucho de pensar lo que dicen. La ceremonia está perfectamente pautada y todos los dirigentes regionales respetan el rito rigurosamente. Toman la palabra uno a uno para pronunciar un discursito que traen preparado de casa en plan institucional, o sea, sin contenido alguno, y nadie osa aventurar discrepancias.

La última que consta en los anales es la expresada por Carlos Solchaga, quien llamó la atención sobre la gravedad de la crisis que se nos venía encima. Zapatero replicó asegurando lo mucho que respetaba al compañero pero tranquilizando a la feligresía pues no había motivos para preocuparse. Por supuesto, tras el último congreso, el ministro económico de referencia de González fue excluido del Comité.

Los ministros no tienen la culpa de serlo. Como señalaba antes, hay constancia de la incapacidad, o mejor dicho, del desinterés del presidente para formar equipos. Se permite ser caprichoso en la selección desde la mesiánica convicción de que sólo él tiene la varita mágica.  También se lamenta su incontenible propensión a crear nuevos ministerios que sólo sirven para generar nuevos focos de gasto público.

Así se ha comportado hasta ahora quien rige los destinos del país, pero de los fracasos se aprende más que de los éxitos y Zapatero, que es inteligente y está dotado de un buen olfato, probablemente comprenda que necesita  valerse de algo más que de su divina intuición. Todavía le queda media legislatura para mostrarnos que ha aprendido la lección. La situación económica es dramática y exige del esfuerzo de todos. Por cierto, no ayuda mucho que el comisario de Economía de la Unión, Joaquín Almunia, su antecesor en la Secretaría General del partido y por quien Zapatero se ha batido el cobre para conseguirle el deseado puesto de comisario de la Competencia, asocie los problemas de España con los de Grecia y Portugal. Hombre, Joaquín, una cosa es defender los intereses europeos y otra insinuar que sufrimos el “mal griego”, una enfermedad de transmisión financiera, la sífilis de la economía.

José García Abad


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