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Nº 866 - 1 de febrero de 2010

Juan Carlos Mestre, Premio Nacional de Poesía 2009

“EL POETA CARECE DE IDENTIDAD”

Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957) es poeta y artista visual. Ya ha ganado diversos premios literarios y pictóricos y acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de Poesía por la publicación del poemario La Casa Roja. En el ámbito de las artes plásticas ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de España, Europa, EE UU y Latinoamérica. En esta entrevista concedida en Madrid, Mestre revela: “La poesía tiene un proyecto espiritual. Es otra manera de estar en el mundo”.

Por Jairo Máximo

—¿Sabe quién es?
—No. El poeta es el ser con menos identidad de toda la naturaleza. Carece de identidad. Es aquel que va siempre a la búsqueda de la identidad de un otro diferente que yo. El poeta quizás sea como un taxista que lleva a los demás donde quieren ir. Y en estos viajes hacia la identidad del otro se va identificando en el camino con aquellos a los que va encontrando, con los senderos de la diferencia, con los márgenes de la razón. Nunca en el centro. Y en esta alianza uno deviene permanentemente en Otro.

—¿Siente desasosiego?
—Desasosiego, no. Desafío, sí. Un permanente estado de búsqueda. Es avanzar en un camino que no tiene fin. El mismo camino de aquellos que han elegido la intuición, el mundo de la magia, de los sueños, de las diferencias y de todos los grados de disidencia. La poesía, más allá que la literatura, tiene un proyecto espiritual. Es otra manera de estar en el mundo.     

—¿Cómo fue su infancia?
—Paradójica, contradictoria, hermosa y terrible. Nací en un medio familiar honrado y rodeado de afecto. Pero asistí a una escuela autoritaria franquista donde la negación de las expectativas de los sueños de los muchachos que abrían sus ojos al devenir del conocimiento, del amor, del deseo, estaba llena de imposiciones, prohibiciones y ortodoxias terribles. Me sentía un pájaro preso en una jaula. El primer poema que aprendí de memoria fue Romance del prisionero (anónimo). Pero pronto descubrí que lo único que me gustaba leer de los libros era algo que estaba relacionado con la delicadeza. Mi único referente en el mundo era la delicadeza de mi madre que hablaba de la luna, de la primavera, y aquí ya establecí un vínculo estético, y por lo tanto, moral con la poesía.  

—¿Orgulloso con el Premio Nacional de Poesía concedido por el Ministerio de Cultura al poemario La Casa Roja?
—Un premio no significa absolutamente nada en términos de conciencia. Diría que lo único que puede tener de positivo es la ampliación del diálogo, la posibilidad de que pueda recordar a mi maestro Rafael Pérez Estrada, y tantos otros escritores a quien debo mis palabras. Un poeta no es otra cosa que un ser encadenado en una red de comunicación, diálogo y proximidad. Bueno… Quizá un premio sea una pequeña luz que se enciende en una habitación de la oscuridad, no para que se vea más aún, y si para que se vea el proyecto de todos.

—¿Cómo nació La Casa Roja?
—La poesía es la conciencia de algo de lo que no podemos tener conciencia ninguna. Lo que cuento en un poema es la única posibilidad que tengo para decir esto. La Casa Roja es una casa con las puertas abiertas en la que los huéspedes momentáneos entran y salen sin pedir permiso. Es una voluntad de establecer un diálogo con los márgenes, con los márgenes de los lenguajes y de las personas. Me siento espiritualmente próximo a los perdedores, las víctimas. No creo en ninguno de los valores relacionados con la nobleza, la jerarquía y los poderes hereditarios clásicos.

—¿Por qué ha escrito este libro?
—Para dar voz y recuperar la sonrisa inmaculada y pura de mis muertos, de mis antepasados y también para establecer una alianza utópica en las voces que a través de la historia han estado más próximas en la literatura, en mi sensibilidad. Los surrealistas. Los experimentales. Los ebrios bebedores del anochecer que en sus buhardillas escribían libros que jamás publicaron. Los oscuros poetas de provincias que escribían páginas emocionantes de la historia, y que eran analfabetos, pero tenían en su cabeza el gran milagro del conocimiento. Los magos. Los pescadores de agua. Los que lucharon por derechos de otros sin saber que ellos mismos tenían derechos. Los que perdieron su vida sin saber o sabiendo que no había otro destino. Todo esto es lenguaje.

—¿Cómo y cuándo encuentra la poesía?
—Por la armonía establecida, y por la gran ley general que existe, la misma que hace nacer y crecer los girasoles, que es la ley del azar. Desde que tengo uso de razón me di cuenta de que la poesía era mi única posibilidad. Una opción estética y ética de sentir en el lenguaje de la poesía como la percepción de algo no racional.

—¿Por qué es poeta?
—Fíjate, mi padre que era panadero no tenía ningún problema cuando le preguntaban que hacía. Mi abuela campesina y mi tío sastre tampoco. Nunca dije que soy poeta. Eso empiezan a decirlo los demás.

—…Pero quien hace poemas es poeta. ¿O no?
—Sí. Y esto suele a veces generar pudor. Tienden a pensar que el poeta es un ser iluminado. No creo en nada de esto. La condición del poeta es exactamente la condición de cualquier persona. Él no tiene más imaginación que tiene el panadero, la campesina o el sastre. Sólo hay un grado de diferencia; no de calidad.

—¿El poeta caza la poesía o es cazado por ella?
—Creo en un camino de ida y vuelta. No creo en la aparición súbita de las revelaciones. Pienso que toda obra artística que tenga el método como conducta esta abocada al fracaso. Creo que las leyes inconmensurables del azar van construyendo el propio proyecto del pensamiento.

—¿Escribir un poema es un acto de sufrimiento?
—De sufrimiento, no; de dificultades, sí. De mucho trabajo. De una permanente reescritura. De una persistente duda. De una paradójica confusión. De un volver a escribir. De un volver a callar. De un volver a borrar. De un volver a recordar. De un esfuerzo continuo.

—¿El poeta tiene crisis?
—Permanentemente. Es el resultado de una profunda contradicción entre la razón lógica de la filosofía, del pensamiento del ser y de cuál es la razón por la que estamos en el mundo. Sabemos de la duración, de la brevedad. El poeta se enfrenta a todo eso para resistir a la muerte, para resistir a la tristeza, para imaginar que es posible un proyecto espiritual, una repoblación espiritual del mundo, frente a la abominable realidad. Creo que sigue siendo posible utilizar la imaginación y hablar de todos aquellos que levantan la vista a las estrellas y se dan cuenta de la precaria, anecdótica y triste significación que tienen las fronteras, las naciones, la patria… Aquellos que saben, en resumidas cuentas, que “Volar es el resultado de una intensa pasión; nunca del fracaso”, como decía Pérez Estrada.           

—¿Es el poeta romántico inglés John Keats su gran influencia?
—Mi proximidad con el Romanticismo en términos literarios eran las referencias heredadas de un escritor local y paisano: Enrique Gil y Carrasco. Sus versos forman parte de mis primeras lecturas. Si Keats es el gran poeta del Romanticismo inglés, Gil y Carrasco es el gran poeta del Romanticismo español. Pienso que Keats es un poeta de la misma estirpe que Walt Whitman, que es exactamente de la misma estirpe de Antonio Gomoneda. ¡Qué barbaridad! A mí me produce cercanía y encantamiento el diálogo con aquellos que han sabido borrarse de la civilización crítica del mundo para devenir en otro diferente que yo. Aquellos que han sido el reconocimiento de Otro.

—¿Y quién es este Otro?
—Es el inmortal ser humano que bajo la abstracta conciencia de las estrellas sigue permanentemente diciendo bajo la noche: “Soy inocente. Tengo derecho. No me mates”. Bueno… Esta es la alianza que yo he elegido con esos poetas, con la poesía y con las palabras. Hay una súbita calidad que el arte, la belleza, la literatura, el cine, la música, ha generado como calidad del bien.

—¿Esa es la catarsis del Arte?
—Sí. Forma parte de la salud del bien. Sólo la salud del bien merece ser amada. 

—¿Cuándo encuentra las artes visuales?    
—Son ramificaciones de una misma manera de sentir que encuentran diferentes lenguajes adecuados a cada circunstancia.

—¿Cómo se da el encuentro de la palabra y la música en su obra artística?
—Es un reciclaje de la necesidad. Es una manera de vivir con intensidad la pequeña e inocente posibilidad de expresarme.

—¿Cómo ve el nacionalismo lingüístico en España?
—El ejercicio de una lengua es uno de los más inalienables derechos espirituales del ser humano.

—¿Existe izquierda con la i mayúscula en España?
—Siempre me he sentido más próximo a la lealtad de las palabras minúsculas, y no a las mayúsculas que otorgan un grado superior a las palabras. Haciendo un juego irónico, prefiero la palabra papa a la palabra Papa. 

—¿Cuánto tiempo habla consigo mismo al día?
—Exactamente el mismo tiempo que dialogo con el Otro. 

—¿Es un hombre feliz?                                

—El mínimo servicio de dignidad me impide reflexionar en términos mínimamente honestos sobre mi felicidad sin antes tener delante el dolor del distinto, el rostro del Otro.

 
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