Juan Carlos Mestre, Premio Nacional de
Poesía 2009
“EL POETA CARECE DE IDENTIDAD”
Juan Carlos Mestre (Villafranca del
Bierzo, León, 1957) es poeta y artista visual. Ya ha ganado diversos premios
literarios y pictóricos y acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de
Poesía por la publicación del poemario La Casa Roja. En el ámbito de las artes
plásticas ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de España,
Europa, EE UU y Latinoamérica. En esta entrevista concedida en Madrid, Mestre
revela: “La poesía tiene un proyecto espiritual. Es otra manera de estar en el
mundo”.
Por Jairo Máximo
—¿Sabe quién es?
—No. El poeta es el ser con menos
identidad de toda la naturaleza. Carece de identidad. Es aquel que va siempre a
la búsqueda de la identidad de un otro diferente que yo. El poeta quizás sea
como un taxista que lleva a los demás donde quieren ir. Y en estos viajes hacia
la identidad del otro se va identificando en el camino con aquellos a los que
va encontrando, con los senderos de la diferencia, con los márgenes de la
razón. Nunca en el centro. Y en esta alianza uno deviene permanentemente en
Otro.
—¿Siente desasosiego?
—Desasosiego, no. Desafío, sí. Un
permanente estado de búsqueda. Es avanzar en un camino que no tiene fin. El
mismo camino de aquellos que han elegido la intuición, el mundo de la magia, de
los sueños, de las diferencias y de todos los grados de disidencia. La poesía,
más allá que la literatura, tiene un proyecto espiritual. Es otra manera de
estar en el mundo.
—¿Cómo fue su infancia?
—Paradójica, contradictoria, hermosa y
terrible. Nací en un medio familiar honrado y rodeado de afecto. Pero asistí a
una escuela autoritaria franquista donde la negación de las expectativas de los
sueños de los muchachos que abrían sus ojos al devenir del conocimiento, del
amor, del deseo, estaba llena de imposiciones, prohibiciones y ortodoxias
terribles. Me sentía un pájaro preso en una jaula. El primer poema que aprendí
de memoria fue Romance del prisionero (anónimo). Pero pronto descubrí que lo
único que me gustaba leer de los libros era algo que estaba relacionado con la
delicadeza. Mi único referente en el mundo era la delicadeza de mi madre que
hablaba de la luna, de la primavera, y aquí ya establecí un vínculo estético, y
por lo tanto, moral con la poesía.
—¿Orgulloso con el Premio Nacional de
Poesía concedido por el Ministerio de Cultura al poemario La Casa Roja?
—Un premio no significa absolutamente
nada en términos de conciencia. Diría que lo único que puede tener de positivo
es la ampliación del diálogo, la posibilidad de que pueda recordar a mi maestro
Rafael Pérez Estrada, y tantos otros escritores a quien debo mis palabras. Un
poeta no es otra cosa que un ser encadenado en una red de comunicación, diálogo
y proximidad. Bueno… Quizá un premio sea una pequeña luz que se enciende en una
habitación de la oscuridad, no para que se vea más aún, y si para que se vea el
proyecto de todos.
—¿Cómo nació La Casa Roja?
—La poesía es la conciencia de algo de lo
que no podemos tener conciencia ninguna. Lo que cuento en un poema es la única
posibilidad que tengo para decir esto. La Casa Roja es una casa con las puertas
abiertas en la que los huéspedes momentáneos entran y salen sin pedir permiso.
Es una voluntad de establecer un diálogo con los márgenes, con los márgenes de
los lenguajes y de las personas. Me siento espiritualmente próximo a los
perdedores, las víctimas. No creo en ninguno de los valores relacionados con la
nobleza, la jerarquía y los poderes hereditarios clásicos.
—¿Por qué ha escrito este libro?
—Para dar voz y recuperar la sonrisa
inmaculada y pura de mis muertos, de mis antepasados y también para establecer
una alianza utópica en las voces que a través de la historia han estado más
próximas en la literatura, en mi sensibilidad. Los surrealistas. Los experimentales.
Los ebrios bebedores del anochecer que en sus buhardillas escribían libros que
jamás publicaron. Los oscuros poetas de provincias que escribían páginas
emocionantes de la historia, y que eran analfabetos, pero tenían en su cabeza
el gran milagro del conocimiento. Los magos. Los pescadores de agua. Los que
lucharon por derechos de otros sin saber que ellos mismos tenían derechos. Los
que perdieron su vida sin saber o sabiendo que no había otro destino. Todo esto
es lenguaje.
—¿Cómo y cuándo encuentra la poesía?
—Por la armonía establecida, y por la
gran ley general que existe, la misma que hace nacer y crecer los girasoles,
que es la ley del azar. Desde que tengo uso de razón me di cuenta de que la
poesía era mi única posibilidad. Una opción estética y ética de sentir en el
lenguaje de la poesía como la percepción de algo no racional.
—¿Por qué es poeta?
—Fíjate, mi padre que era panadero no
tenía ningún problema cuando le preguntaban que hacía. Mi abuela campesina y mi
tío sastre tampoco. Nunca dije que soy poeta. Eso empiezan a decirlo los demás.
—…Pero quien hace poemas es poeta. ¿O no?
—Sí. Y esto suele a veces generar pudor.
Tienden a pensar que el poeta es un ser iluminado. No creo en nada de esto. La
condición del poeta es exactamente la condición de cualquier persona. Él no
tiene más imaginación que tiene el panadero, la campesina o el sastre. Sólo hay
un grado de diferencia; no de calidad.
—¿El poeta caza la poesía o es cazado por
ella?
—Creo en un camino de ida y vuelta. No
creo en la aparición súbita de las revelaciones. Pienso que toda obra artística
que tenga el método como conducta esta abocada al fracaso. Creo que las leyes
inconmensurables del azar van construyendo el propio proyecto del pensamiento.
—¿Escribir un poema es un acto de
sufrimiento?
—De sufrimiento, no; de dificultades, sí.
De mucho trabajo. De una permanente reescritura. De una persistente duda. De
una paradójica confusión. De un volver a escribir. De un volver a callar. De un
volver a borrar. De un volver a recordar. De un esfuerzo continuo.
—¿El poeta tiene crisis?
—Permanentemente. Es el resultado de una
profunda contradicción entre la razón lógica de la filosofía, del pensamiento
del ser y de cuál es la razón por la que estamos en el mundo. Sabemos de la
duración, de la brevedad. El poeta se enfrenta a todo eso para resistir a la
muerte, para resistir a la tristeza, para imaginar que es posible un proyecto
espiritual, una repoblación espiritual del mundo, frente a la abominable
realidad. Creo que sigue siendo posible utilizar la imaginación y hablar de
todos aquellos que levantan la vista a las estrellas y se dan cuenta de la
precaria, anecdótica y triste significación que tienen las fronteras, las
naciones, la patria… Aquellos que saben, en resumidas cuentas, que “Volar es el
resultado de una intensa pasión; nunca del fracaso”, como decía Pérez Estrada.
—¿Es el poeta romántico inglés John Keats
su gran influencia?
—Mi proximidad con el Romanticismo en
términos literarios eran las referencias heredadas de un escritor local y
paisano: Enrique Gil y Carrasco. Sus versos forman parte de mis primeras
lecturas. Si Keats es el gran poeta del Romanticismo inglés, Gil y Carrasco es
el gran poeta del Romanticismo español. Pienso que Keats es un poeta de la
misma estirpe que Walt Whitman, que es exactamente de la misma estirpe de
Antonio Gomoneda. ¡Qué barbaridad! A mí me produce cercanía y encantamiento el
diálogo con aquellos que han sabido borrarse de la civilización crítica del
mundo para devenir en otro diferente que yo. Aquellos que han sido el
reconocimiento de Otro.
—¿Y quién es este Otro?
—Es el inmortal ser humano que bajo la
abstracta conciencia de las estrellas sigue permanentemente diciendo bajo la
noche: “Soy inocente. Tengo derecho. No me mates”. Bueno… Esta es la alianza
que yo he elegido con esos poetas, con la poesía y con las palabras. Hay una
súbita calidad que el arte, la belleza, la literatura, el cine, la música, ha
generado como calidad del bien.
—¿Esa es la catarsis del Arte?
—Sí. Forma parte de la salud del bien.
Sólo la salud del bien merece ser amada.
—¿Cuándo encuentra las artes visuales?
—Son ramificaciones de una misma manera
de sentir que encuentran diferentes lenguajes adecuados a cada circunstancia.
—¿Cómo se da el encuentro de la palabra y
la música en su obra artística?
—Es un reciclaje de la necesidad. Es una
manera de vivir con intensidad la pequeña e inocente posibilidad de expresarme.
—¿Cómo ve el nacionalismo lingüístico en
España?
—El ejercicio de una lengua es uno de los
más inalienables derechos espirituales del ser humano.
—¿Existe izquierda con la i mayúscula en
España?
—Siempre me he sentido más próximo a la
lealtad de las palabras minúsculas, y no a las mayúsculas que otorgan un grado
superior a las palabras. Haciendo un juego irónico, prefiero la palabra papa a
la palabra Papa.
—¿Cuánto tiempo habla consigo mismo al
día?
—Exactamente el mismo tiempo que dialogo
con el Otro.
—¿Es un hombre feliz?
—El mínimo servicio de dignidad me impide
reflexionar en términos mínimamente honestos sobre mi felicidad sin antes tener
delante el dolor del distinto, el rostro del Otro. |