F abián
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Nº 866

1/2/2010

En el relato de las lenguas, gana el PP
por incomparecencia socialista

Por Joan Tardà i Coma*

En su día el PSOE negó una iniciativa republicana para que el Estado dispusiera al final de la pasada legislatura de una ley de lenguas que permitiera adecuar administraciones públicas y sociedad a su pluralidad lingüística. La añorada coyuntura de 2004 permitía dar un gran paso adelante a favor de la superación de lastres heredados de la Transición, de entre los cuales la necesidad de acabar con los conflictos en las lenguas mediante su plena normalización.

No solamente se hubiera contribuido a la modernización de nuestra sociedad sino que se hubiera arrebatado a la derecha el poder de manipular mediante la ecuación que asocia Estado y sociedad a preeminencia de la lengua castellana. Huérfanos de arma tan rentable, al nacionalismo español solamente le hubiera cabido la radicalización, y en consecuencia su marginalización, al comprobar cómo los jóvenes iban metabolizando la normalidad plurilingüe del Estado como valor democrático de nueva generación.

No obstante, la realidad ha resultado muy otra. Véase, si no, cómo el PP dinamita el proceso que debía de conducir a la lengua gallega a superar su condición de minoritaria encendiendo claustros y asociaciones de padres y madres como preámbulo del gran envite de condicionar cualquier pacto de Estado de Educación a acabar con el statu quo de los actuales procesos de inmersión lingüística escolar en CC AA con lengua propia. Obsérvese también cómo ciertos magistrados del TC se conjuran en pasar por todo menos por aceptar la obligatoriedad del conocimiento de catalán y castellano en Catalunya. Compruébese además cómo el Grupo Socialista se niega a dar luz verde al uso del euskera en el Congreso argumentando que ello debe normalizarse en la cámara territorial, en contradicción con el presidente del Senado (como vasco monolingüe confeso y empecinado nunca ha simpatizado con las otras lenguas, ni tan sólo con la de su tierra), que se escuda en la falta de voluntad de los conservadores. Y encuéntrense con suma facilidad un buen número de otros ítems que, al fin y al cabo, convergen en un escenario contrario a cultura y modernidad.

Pero hay más: la batalla ideológica del uniformismo lingüístico a caballo de un proceso de castellanización/españolización ya forma parte del marco lakoffiano de la derecha. Como si con la crisis no hubiera suficiente, el PSOE incluso ha cedido en el discurso de todo lo aparentemente colateral convirtiendo a Rajoy en beneficiario al facilitarle poder vehicular mejor su relato ganador.

Y como muestra un botón: la Generalitat, después de treinta años de democracia se enfrenta a un extraordinario hostigamiento al legislar que el 50 por ciento de las películas subtituladas o dobladas tengan que ser en catalán, dejando por supuesto fuera aquellas en versión castellana o catalana, y en el caso del doblaje sólo aquellas que se distribuyan en un número de copias superior a 16.

Que se motive con ello una campaña en medios de comunicación, incluso públicos (y prenda con éxito a nivel popular) calificando de nazi al gobierno catalán refleja hasta qué punto en la sociedad española late un virus catalanofóbico con ribetes de "odio étnico" preocupante para consigo misma. Y demoledor para la izquierda.

Mientras, la intelectualidad española y el conjunto de su academia, así como el elenco de artistas y personajes públicos que publicitan la modernidad de lo español proyectado al mundo y al siglo XXI permanecen en silencio sin querer darse cuenta como a su alrededor -y en sus casas- ya hace tiempo que germinan las condiciones necesarias para hacer posible un rebrote nacionalista.

Los fantasmas del pasado toman cuerpo ideológico, político y electoral en favor del PP en detrimento de la izquierda, que va a pagar la factura de su dejadez. •

*Diputado de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso

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