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Nº 866 - 1 de febrero de 2010
¿Dónde está el poder?

por Santiago Carrillo

Reflexionando sobre la situación de Barack Obama, tras la elección de Massachussets, uno se formula, lógicamente, una pregunta: ¿quién posee realmente el poder en las modernas democracias políticas y más precisamente en EE UU?

Al año de ser elegido triunfalmente con un ambicioso programa progresista, impulsado por un potente movimiento popular de fondo que arrasó prejuicios raciales ancestrales, Barack Obama no ha conseguido cerrar Guantánamo y se encuentra imposibilitado de llevar a cabo la reforma sanitaria. ¿Qué ha sucedido para que se produzca este parón? El Partido Demócrata sigue teniendo mayoría absoluta en el Senado y en la Cámara de Representantes, sólo ha perdido a un senador. ¿Con qué está chocando el primer presidente de color de los EE UU?

En primer término, con su propio partido, que ideológica y políticamente es muy ambiguo y que colectivamente no profesa las ideas de Obama. Aprovechó de manera oportunista el fenómeno popular de fondo que hace un año encarnaba éste para arrebatar el Gobierno al Partido Republicano. Pero la mayor parte de los diputados y senadores demócratas no dependen exclusivamente del voto ciudadano –manipulado muchas veces por los grandes medios de comunicación en manos de la derecha mayoritariamente– sino también de los empresarios que les facilitan las cuantiosas sumas de dólares necesarias para hacer la campaña electoral y obtener el escaño. Obvio es decir que esas donaciones no son desinteresadas y que de una u otra manera atan al elegido. Por cierto, ahora el Tribunal Supremo controlado por el Partido Republicano ha decidido que las empresas puedan destinar sin ninguna limitación cuanto dinero les interese dedicar a las campañas de sus patrocinados. Éstas y otras cosas indican hasta qué punto puede estar hipotecada la independencia de buena parte de los elegidos.

Pero, sobre todo, lo que aparece ahora es que los programas que defendió Obama chocan con la orientación seguida desde hace muchos años hacia la dominación mundial, hacia el Imperio –algunos lo han llamado el "liderazgo americano"–. El multilideralismo, la multipolaridad, las aperturas hacia el islam, la retirada de los ejércitos en el Próximo Oriente, la apertura hacia China y Rusia, la renuncia a las aventuras militares que había prodigado Bush eran un profundo cambio de rumbo en la orientación de la potencia norteamericana. Y ahí el voto popular ha chocado con todo el aparato de poder real existente.

Este aparato es muy fuerte y diverso. Lo compone una poderosa superestructura de Estado en la que se integra el Pentágono, convertido en una fuerza descomunal, a cuyo servicio trabajan millones de personas, entre ellas sabios que investigan la sofisticación del armamento, con un peso enorme en las decisiones políticas, continuamente entrelazado con las más importantes empresas industriales –el famoso complejo militar industrial que denunció Eisenhower–. A ese aparato se unen los 14 servicios de espionaje y policía que han alcanzado mucho poder y las empresas privadas que acompañan al Ejército en sus operaciones. Y por encima el sistema financiero que lo domina todo y que es en realidad hoy el auténtico gobierno mundial, que además es dueño de la mayoría de los grandes medios de comunicación del planeta, quienes hoy, más que los partidos políticos, son los que forman la opinión pública y la manipulan.

Ésa es la gran debilidad, la contradicción más profunda de la democracia norteamericana y el mayor peligro para las democracias políticas de hoy; que sobre el poder de los electores, sobre el pueblo del que procede legalmente la soberanía, ha crecido otro poder, el de la finanza, el del capital y el de la burocracia que se superpone y termina siendo más decisivo que el de la ciudadanía.

Esto es lo que sostiene a la derecha política, lo que frena a la izquierda y muchas veces hace fracasar a los Gobiernos de ésta.

Esta situación puede llevar los sistemas democráticos al desprestigio y abrir camino a formas de poder autoritario. Quizá ha llegado la hora de abrir una reflexión sobre cómo revitalizar la democracia y hacer que la soberanía popular sea una realidad.

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